LA DOUCE FRANCE –dos semanas de vacaciones—2006-2007
I
Salimos Brian y yo de Newark el viernes 22 de diciembre en la tarde, y llegamos a París el sábado a las 7am., frío pero con un cielo claro –que apreciamos mucho, pues no lo volveremos a ver así... Martha nos estaba esperando para desayunar. Argentina, reside en París desde 1980. Nos conocimos unos cinco años antes en la Sede de las Naciones Unidas, y después presentó el examen de traductores de la UNESCO. Hemos compartido un sinnúmero de cenas, visitas a museos y viajes, incluso al Cañón del Cobre, en México, y la Quebrada de Humahuaca, en Argentina.
Les propuse a ella y a Brian que aprovecháramos la mañana yendo al Museo Carnavalet, donde, entre otras cosas interesantes, se encuentra la recámara de Proust: la mitad de los muebles y objetos fueron donados por la hija de Celeste Albaret, ama de llaves del escritor, quien a su vez los heredó de él. Pasamos enseguida a la Sala de la Revolución, y no vimos mucho más, pues a las dos horas yo estaba lista para ir a comer, y enseguida ir a tomar una buena siesta. Sobre todo considerando que ya teníamos entradas para las 20hrs en la Opéra Bastille (nuevo e impresionante edificio de acero y vidrio, amplísimo y con excelente acústica) donde veríamos el ballet "Coppélia", con música de Delibes, y puesta en escena y escenografía de Patrice Bart, en un tratamiento moderno más psicológico y cercano del cuento original de Hoffman (Der Sandmann) que de la versión alfeñicada que se conoce de este ballet. Nos pareció sumamente logrado, y salimos encantados, encaminándonos a la Brasserie Bofinger, a una cuadra de la Plaza, donde habíamos reservado de antemano una mesa debajo de la hermosa cúpula de vidrio emplomado. Compartimos un "Mareyeur" variado (ostras, las muy populares Fines de Claires, caracoles de mar, langostinos, cangrejo, mejillones). -Pour deux?, preguntó el maĩtre d’ en un tono medio altanero; -Non, pour trois, fue nuestra firme respuesta, y de postre, una tarta de peras à l’ Armagnac…
Agradable sorpresa, y gran alivio, la interdiction de fumer en la gran mayoría de los restaurantes y lugares públicos.
El 24 fuimos al Petit Palais, a ver su colección permanente de arte de los siglos XIX y XX –además de esculturas y vasos de cerámica vidriada, óleos como el retrato de Sara Bernhardt, la famosa Berma de En busca del tiempo perdido. Y, para que no pierda mi contacto con el autor, Brian me compró, en la linda librería del Museo, uno de mis regalos de Navidad (el otro fue un reloj de bolsillo, con brújula): Le Paris retrouvé de Marcel Proust (y de Martha recibí esa noche Les Plaisirs et les Jours… de Proust). Después de almorzar en la agradable cafetería, salimos a caminar por los Champs Elysées hasta la pirámide del Louvre, y luego por la rue de Rivoli hasta el café Nemours, para calentarnos un poco.
Cenamos en casa, con una amiga de Martha, también argentina (Aurora Bernárdez, quien fue la primera mujer de Cortázar, y a sus 86, sana y lúcida, sigue ocupándose de revisar traducciones de la obra del escritor o tesis que se escriben sobre él) lo que por lo visto es tradicional: empezando con Fines de Claires, que la anfitriona había ido a recoger esa misma mañana al mercado cerca de su casa, sobre la rue Cambronne (en el 15e arrondissement,. no lejos de l'Ecole Militaire y la UNESCO) con champán; luego una crema de calabaza, y tabla de quesos (brebis, chèvre y el Comté de Noël, delicioso) con un Chardonnay. De postre, la "Bûche de Noël" de la famosa pastelería Lenôtre que había llevado Aurora. La fuimos a acompañar a su departamento, a dos cuadras ¡a las 2am!
El 25 anduvimos por Montmartre, animado pese al tiempo, no tanto frío como húmedo y neblinoso. Por la rue des Abbesses hasta la linda iglesita de St Pierre de Montmartre, del s. XII, y luego a la terraza de la Basílica, desde donde sólo se distinguía la parte inferior de la Torre Eiffel.
II
El martes 26 madrugamos para salir a oscuras a tomar el bus 88 que nos llevaría a la estación de Montparnasse, donde abordaríamos el tren rápido (TGV) de las 9.10 rumbo a Tours, la linda Tours acunada entre el Loira y el Cher. En la Place de la Gare, bajo un cielo gris plomo y con un aire helado, recogimos el coche.
Pasamos dos noches en Tours, y dos días en el “Valle de los Reyes”. Tras dejar el equipaje en el Hotel Rabelais, partimos en dirección de Saumour para llegar a la Abadía Real de Fontevraud (s.XII), una verdadera ciudad monástica regida en su momento por una abadesa –con salones, refectorio, cocina romana de plano octogonal, jardines de ornato y hortalizas-, en el centro de cuya nave desnuda pueden verse las tumbas de piedra con esculturas yacentes de: Leonor de Aquitania* (1122-1204) , casada primero con Luis VII, rey de Francia, y después con Enrique II Plantagenet, rey de Inglaterra, quien yace a su lado, así como uno de sus hijos: Ricardo Corazón de León, e Isabel de Angulema, casada con Juan Sin Tierra y muerta en Fontevraud (o Fontevrault) en 1246. Fue por el apoyo que dio Leonor a la difusión de la poesía trovadoresca, tanto en la Francia de Oïl como en Inglaterra y sus dominios, por lo que Brian se interesó en este viaje a Tours, aunque ya en el verano de 1972 habíamos estado en la zona, visitando los castillos bajo cielos más luminosos y temperatura más clemente, salvo esta abadía, de la que no sabíamos nada. Nos detuvimos a comer en el pequeño y agradable pueblito de Montsoreau, en altura, con vista de la confluencia del Loira y el Vienne.
*Los párpados bajos y una expresión plácida y medio sonriente, coronada la cabeza encima de la toca ceñida por las mejillas y el mentón, con los codos apoyados en lecho de piedra, la reina sostiene en las manos un libro abierto, que según algunos es una Biblia. La almohadilla y la saya entera de muchos pliegues, con gran nudo en la cintura, llovida de florecillas doradas de cuatro pétalos sobre los restos de pintura azul. Así, pienso, me gustaría que me enterraran, debajo de una lápida que sirviera de lecho a una yacente con mi rostro, los párpados entrecerrados, sosteniendo un libro, por haber amado la literatura y promovido en una mínima medida la lectura. Si fuera posible, pediría a mis herederos que, como a los pies de otras reinas el escultor anónimo ha colocado un perrito, símbolo de fidelidad femenina, en mi regazo de piedra se haga labrar un gato enroscado.
…
De ahí fuimos a visitar lo poco que queda de un Chinon derruido, a saber, la Torre del Reloj, donde se exhibe parafernalia relacionada con Juana de Arco. Luego al hermoso castillo real de Blois, con sus diversos estilos, uno al lado del otro: el ala gótica de la Edad Media; el ala Luis XII, de estilo gótico flamígero; la de Francisco I, Renacimiento, y el ala Gastón de Orleáns, clásica. Ahí se encuentra la habitación real donde fue asesinado el duque de Guisa, por órdenes de Enrique III, a quien habría querido deponer el duque mediante un golpe de estado. Para ilustración del visitante se muestra un vídeo de una cinta del cine mudo.
Al día siguiente, pasamos a los encantadores castillos de Amboise y Clos de Lucé (la mansión que Francisco I regaló a Leonardo da Vinci para que trabajara ahí los tres últimos años de su vida), a cuyo recorrido dedicamos toda la mañana. Después de la comida, ya no pudimos abarcar más, pese a nuestras ambiciosas intenciones. Llegamos a Chambord cuando ya estaba por cerrar, pero nos tocó verlo iluminado, como de cuento de hadas (Disneyworld…).
En Tours cenamos en La Chope, marisquería, las dos noches.
El jueves 28 temprano devolvimos el coche, y a las 8am abordamos el tren a París. De Montparnasse llegamos en taxi a la Gare de Lyon, para tomar ahí el tren a Avignon. Habiendo planeado previamente todo esto, sabíamos que contábamos con un margen de dos horas entre la llegada a una estación y la salida de la otra. Yo me había ocupado de reservar desde aquí los hoteles (como para España), Brian de reservar el coche, y Martha de comprar los pasajes de tren. Estuvo bien la combinación, ya que el tren nos permitió descansar, y el coche recorrer distancias cortas muy a gusto.
A casi 300 kms por hora, el viaje en tren ocasiona al principio una sensación de sordera semejante a lo que ocurre en un vuelo. En el camino, y cuando faltaba menos de una hora para llegar, nos sorprendió un paisaje de “cerezos en flor”, dijo Martha primero, pero que resultó ser escarcha sobre árboles y campos: una visión hermosa, si bien un poco inquietante…
Sin embargo, al llegar dos horas y 45 minutos más tarde, fuimos recibidos gratamente por un Avignon bañado de sol. Saliendo de la muy moderna estación del TGV encontramos las oficinas de Europcar , donde debíamos recoger nuestro coche, esta vez un Renault Clio. El joven agente, simpático y políglota, nos recomendó para esa noche un restaurante: "Au tout petit", llamado así con razón. Ahí, después de contemplar iluminada la Plaza y el Palacio de los Papas, cenamos temprano, muy bien atendidos por el chef, quien nos dijo que para año nuevo pensaba cerrar y mudarse a otro lugar de la Provenza. Pasamos sólo una noche en Avignon, para regresar tres días después.
III
Del 29 al 1o de enero, estuvimos en Aix-en Provence: pequeña, encantadora, llena de historia, y también, oh, maravilla del Mediterráneo, de sol. Hermosas mansiones (hôtels), de los siglos XVI a XVIII, monumentos (la torre del reloj, la catedral), fuentes romanas, medievales, renacentistas (¡no menos de 40!), plazas, museos. Tiene universidad, y un ambiente estudiantil muy simpático, con cines de arte (Cézanne, Renoir), muchos cafés y restaurantes a lo largo de su Cours Mirabeau*. Como era Navidad, toda la ciudad estaba muy acicalada con luces de colores, arbolitos decorados, ferias para los niños con bellos carruseles de dos pisos. En uno de esos cines vimos “La flauta mágica” en una versión poco original y no poco desagradable dirigida por Kenneth Branagh. Como escribiera uno de los críticos, “para disfrutar la música, podía haberme quedado en la sala de mi casa”…
*ver más adelante en la parte sobre el Castillo de If.
Recorremos a nuestras anchas la imponente Catedral del San Salvador, con visita guiada del ameno claustro cerrado. En el interior de la catedral, nos sentamos a ver un video explicativo del famoso tríptico de Nicolas Froment: “La zarza ardiente”, del s. XV, en el que se aprecia la increíble minuciosidad en los detalles de la pintura, el tratamiento de los metales (reflejo de parte de un rostro en el hombro de la armadura de un caballero, por ejemplo), los tapices, etc. La catedral fue erigida en el lugar donde se alzaba un pino del que los católicos colgaron a los hugonotes…
También en Aix (derivado del antiguo latín correspondiente a aguas) se encuentra el Museo de los Tapices, en el antiguo palacio episcopal, entre los que destaca la serie tejida en lana y seda en Beauvais en el s. XVIII, con escenas de las aventuras de Don Quijote y Sancho. En las calles, nos sorprenden los letreros en provenzal: Antiguo Carriero… Plaço…
En una simpática librería de viejo encuentro el libro que andaba buscando: La Place, de Annie Ernaux, que leeremos en el curso “En torno a Proust”, dentro de dos meses, y descubro una grabación en casete de “Un coeur simple” de Flaubert, leído por Fabrice Lucchini.
Lamentablemente, el Museo Granet donde esperábamos ver algunos Cezanne está cerrado. A cambio, visitamos el taller del artista, que ocupa todo el segundo piso de una casa de campo, con gran ventanal abierto al jardín y la montaña Ste Victoire que tanto le sirvió de inspiración. Ahí pueden verse su bata y su abrigo colgados junto con su boina y su bastón, la mesa con los objetos que pintaba en sus naturalezas muertas, el caballete, la escalera gigantesca de madera a la que se trepaba para tener una mejor perspectiva del cuadro en el que estaba trabajando, colocado en el piso. Regresamos al estacionamiento para ir en coche a Vauvenargues, donde se encuentra el castillo –cerrado al público- que se compró Picasso, y donde está enterrado.
El 30 nos dirigimos a Marsella, a sólo media hora de carretera. Hermoso y pujante puerto, es la segunda ciudad francesa en importancia, con una rica historia desde que fue colonizada por los griegos. Cuenta con universidad, red de metro e innumerables monumentos y museos. Nos tocó verla en un día soleado y tibio: el mercado de pescado, el Viejo Puerto convertido en elegante marina para yates. Nos dirigimos a los muelles para embarcarnos rumbo a la isla de If (Iphea griega), donde hicimos una visita guiada del castillo-prisión en el que estuvieron encarcelados personajes célebres, reales -como Honoré Gabriel Riqueti, Conde de Mirabeau (1749-1791), famoso escritor, orador y estadista, quien de joven fue calavera y a quien el propio padre, por dudas de juego o de honor, hizo encarcelar aquí (aunque en otras partes se dice que fue en la Isla de Ré), si bien en condiciones de lujo, para enseñarle una lección. O imaginarios, como el Conde de Montecristo. Nos enteramos del origen del nombre Montecristo: es un lugar de la República Dominicana donde nació el padre de Alejandro Dumas, de madre negra. Otro dato curioso: como en Cuba era tradicional que los trabajadores de las cigarreras tuvieran un lector de obras literarias, tras meses de escuchar la novela de Dumas se decidió bautizar con el nombre del Conde los famosos habanos. Otro preso célebre… fue
el rinoceronte que conocemos por el grabado de Durero. Esta es la historia: “En 1513, el rey Guzarat ofrece a Manuel el Magnifico, rey de Portugal, un rinoceronte de Asia (sic). El rey de Portugal, a su vez, desea regalarlo al Papa León X. Se envía, entonces, a la bestia de Lisboa para ir a Roma, y hace escala en Marsella, en la Isla de If, en 1516. Totalmente desconocido entonces en Europa, el animal suscita la curiosidad de los habitantes de la ciudad, y la de Francisco I, que a su regreso de Marignan viene a admirarlo. Alberto Durero realizó entonces el célebre grabado en madera del rinoceronte, a partir de un esbozo. El rinoceronte permaneció /en cuarentena/ algunas semanas en la Isla de If, para salir de nuevo rumbo a Roma. Pero una violenta tempestad arrojó el navío contra los arrecifes en el golfo de Génova. Se encontró su cadáver en la costa. El Papa lo recibió disecado.”
Desde la terraza del castillo se podía apreciar bien la extensión del puerto de Marsella.
De vuelta en la ciudad, subiendo por la Canebière, avenida central que arranca del Vieux Port, hasta el Cours St. Louis, llegamos a Touniou donde se sirven, desde hace más de cuarenta años, según el recetario que el cliente puede llevarse de recuerdo, “des quantités monstrueuses de coquillages et de crustacés”, de los que pedimos un platón variado, además de un erizo de mar que Brian pide expresamente, “para probar”). Bajamos después al puerto a tomar une noisette, que sería el equivalente del cortado y el macchiato, y ahí decidimos tomar el trenecito turístico de la Bonne Mère para subir por las calles muy empinadas hasta la basílica de Notre Dame de la Garde, otro pastelón feo como el Sacré Coeur de Montmartre, pero desde cuya terraza, en una colina a unos 147 metros sobre el nivel del mar, se tiene una estupenda vista del puerto, que ha recibido recientemente una inyección de recursos financieros para embellecerse. Volvimos a Aix, después de una merienda por demás mediocre. Brian, como siempre, un as del volante, cauteloso, orientado, esta vez con la ayuda de su GPS… Eso no significa que la devoción ciega de mi marido a su recién estrenado aparato no nos haya obligado a pasar horas muertas, grises, opacas –de exasperación apenas contenida- estacionados al margen de la carretera, o junto a un puente, en general después de la cena, cuando ya apenas podíamos ver el camino, leer los letreros, coordinar nuestros pensamientos, y en lugar de empezar por basarnos en un mapa de papel común y corriente, o preguntar en una estación de gasolina, veíamos mi amiga y yo a Brian inclinado sobre la pantalla del dispositivo electrónico, tratando de descifrar la orientación, la dirección y la mejor manera de llegar a nuestro destino, es decir el hotel, para llegar a la conclusión, 30 o 45 interminables minutos después, de que tendríamos que ir a la gasolinería más cercana para bajarme yo y preguntar. Al menos en una ciudad –no recuerdo si fue Avignon o Aix-en-Provence- terminamos haciendo lo mismo dos veces, es decir ¡pidiendo yo las mismas indicaciones al dependiente de la misma estación! Como decía mi abuela: “nunca falta un pelo en la sopa”…
En Provenza nos alojamos en hoteles de la cadena Campanile, en las afueras de las ciudades, con cuartos de dimensiones algo exiguas, servicios regulares, y desayunos variados y abundantes, tipo buffet. La peor experiencia fue con el Court’Inn (en el poblado de Courtine, Avignon), a donde llegamos poco antes de las 19hrs para encontrar la oficina cerrada y vacía. Tuvimos que esperar la media hora que le llevó al encargado regresar de cenar. A la mañana siguiente, hubo que ir a buscar en persona el desayuno prometido “dans la chambre”. En cambio, el Hotel Rabelais de Tours resultó satisfactorio.
IV
Al salir de Aix el 1o de enero rumbo a Avignon, nos detuvimos en Salon de Provence (sospecho que esta terminación en on, como la de Avignon, tiene que ver con la lengua provenzal, y el nombre citado nada que ver con la palabra “salón”). Aunque anunciada por la guía Let’s go, fue una grata sorpresa: interesante castillo del siglo XIII, la Colegiata de San Lorenzo, donde estuvo Nostradamus, otra iglesia románica del XIII en buen estado, y el Hôtel de Ville del XVIII. Después, Arles, y Nîmes, dos preciosas ciudades (la primera algo descuidada y sucia, la segunda con más "personalidad". En ambas, monumentos romanos admirables, en particular los anfiteatros que todavía se utilizan para corridas de toros. La sorpresa agradable en Nîmes fue, pese a ser día feriado, pudimos visitar las Arenas, admirar la Casa Cuadrada, entrar a la Catedral de Nuestra Señora.
En Avignon nos quedamos dos días más, insuficientes para ver ni siquiera una quinta parte de sus sitios de interés, sus no menos de nueve museos, pero bastante para recorrer el Palais des Papes, que son en realidad varios palacios, pues cada nuevo pontífice le hacía ampliaciones al anterior… El Puente de Saint Benezet, semidestruido varias veces por la fuerza del Ródano, y al final dejado a la mitad, como “museo”; objeto de la canción popular, que al parecer originalmente no era “Sur”, sino “Sous le Pont d’Avignon). Y al otro lado del Ródano, nuestro último día en el sur, visitamos el pueblito de Villeneuve lez (sic) Avignon*, con una torre medieval, las ruinas de una cartuja benedictina de enormes dimensiones, y un museo interesante: Pierre de Luxembourg, en el que se expone, entre otros, la "Coronación de la Virgen" otra pintura muy historiada del s. XV (de Enguerrand Quarton).
V
*Hablando de "pelos en la sopa", fue en este tranquilo poblado donde fui víctima, ese miércoles 3, a las 14.25hrs, unas dos horas antes de nuestro tren a París, de un "vol à l'arrachée" **, después de que Brian, en un descuido excepcional e imperdonable –según él mismo lo juzgaría posteriormente-, contrario a todas sus precauciones habituales, se estacionó sin ton ni son en un paraje desolado, por el ansia de querer visitar después de la comida un último monumento medieval, la Torre St André. Se adelantó a grandes zancadas, mientras Martha y yo subíamos la colina a paso lento. El atracador me llegó por detrás, y yo sólo sentí que alguien alzaba con ambas manos la correa de la bolsa de cuero que traía en bandolera. Aunque hecha en China, no creo que se haya roto, sino más bien que mi asaltante, con mucha 'sotileza', como diría Cervantes, la cortó de tajo, para enseguida dar un tirón al que opuse una resistencia tardía y no muy vigorosa. Al volverme, lo vi de espaldas, alto y ágil, alejándose a todo correr con su botín hacia el coche en el que su cómplice lo esperaba al volante, para arrancar de inmediato colina abajo. Brian acudió a mis gritos y los de Martha, y pudo al menos tomar parte del número de la placa.
Mientras yo hacía la declaración en la comisaría, Martha llamó a la estación de tren para avisar que no podríamos tomar el de las 16hrs, y Brian a la Embajada de los EU para averiguar lo que teníamos que hacer para poder salir, el domingo, de un país y entrar al otro sin la green card. Debo decir que todo mundo nos trató muy bien… Pero nunca recuperé nada. En la bolsa llevaba no sólo los 200 euros que acababa de cambiar sino, mucho más importante, nuestros pasaportes y tarjetas de residentes, que, también excepcional e imperdonablemente, no me había colgado al cuello como de costumbre, sino guardado, dentro de sus carteritas con correa, en la misma bolsa que me arrancaron… ¡Lo que es haber bajado la guardia, confiados en que estábamos en un "país del primer mundo"! Además, una tarjeta de crédito, otra para cajero automático, mi libreta de direcciones, la bolsita de cosméticos que me hizo mi mamá de un bonito lamé, y otras cosas de menos importancia. De las oficinas de Europcar nos permitieron hacer llamadas a las Embajadas de Australia y México en París, para dar cuenta de lo sucedido y pedir cita para el día siguiente.
** No puedo resistir la tentación de copiar aquí parte de lo que encontré en Internet sobre este tipo de robo:
« DÉFINITION :
Vol avec violence perpétré par un ou plusieurs individus. Action d'arracher en force, des mains de la victime, un objet convoité (sac à main, téléphone portable, carte bleue, lunettes de marque, etc)
Les "arracheurs" peuvent être à pied ou motorisés (moto, scooter)
Ne pensez pas que ce genre d'individus ne s'attaqueront pas à vous si vous n'êtes pas une personne âgée ou si vous êtes en pleine journée dans une rue très fréquentée.
Il est vrai qu'une majorité s'en prennent à des personnes âgées qui sont pour eux des proies faciles, mais ce n'est pas une généralité. Ils s'attaquent à toutes personnes susceptibles d'avoir quelque chose qui peut les intéresser.
CONSEILS :
C'est un peu idiot à dire, mais il vaut mieux garder votre argent dans une poche de pantalon que dans son sac à main. Idem pour les choses de valeur (carte bleue, chéquier, téléphone, etc). Si vous vous faite voler votre sac, vous me remercierez par la suite. Privilégiez les poches avant, pour évitez également les pique-pockets.
Ce conseil, je le donne surtout aux personnes âgées, parce que j'en ai vu trop finir leur jours à l'hôpital pour un simple sac à main. Je ne leur conseil pas de nouer leur sac autour de la taille en pensant qu'un éventuel voleur ne pourra pas leur arracher. Erreur, si la lanière ne casse pas, les voleurs n'hésiteront pas un seul instant à vous traîner sur plusieurs mètres. C'est avant le vol qu'il faut tenter un échappatoire. Au moment où on vous l'arrache, c'est trop tard, il faut laisser faire sans opposer de résistance. Pensez que ce n'est qu'un bien matériel et que de toute façon, vos voleurs sont déterminés. J'ai vu le cas parmi tant d'autres, d'une femme âgée de 92 ans, qui s'était fait traînée sur cinq mètres et rouée de coups par trois jeunes de 15 ans, parce qu'elle ne voulait pas lâcher son sac à main. Nous avons eu la chance d'interpeller un des voleurs, porteur du sac à main, mais cela n'a pas empêché la victime de finir à l'hôpital avec un traumatisme crânien très grave. (…) »
De modo que debo agradecer el no haber terminado “traînée sur cinq mètres et rouée de coups » ! Cuando Martha le relata la historia a una amiga francesa, ésta le comenta que tanto en Avignon como en su vecino Villeneuve hay mucho desempleo…
…
De vuelta en la Gare de Lyon, helada, lo primero que hicimos fue dejar a Martha, tan sacudida como nosotros por la desventura, en un café con el equipaje, para ir a sacar dinero de un cajero, y en seguida tomarnos las fotos necesarias para los pasaportes del día siguiente. También llamamos de una vez al banco para cancelar la tarjeta de crédito (estaba yo tan nerviosa que no atinaba a recordar mi número de cuenta; afortunadamente, es una que tengo junto con Brian, y él pudo continuar la declaración –y desafortunadamente, porque entonces tuvo que hacer cancelar también la suya. Pero traía otra de reserva. Asimismo llamamos a Ian para que me hiciera el favor de buscar unos papeles para cancelar la tarjeta del cajero automático, y dejara el mensaje en la contestadora del departamento, cosa que hizo puntualmente.
Una vez concluidos esos trámites, agotados, decidimos no irnos a la cama sin cenar, sino subir a Le Train Bleu y relajarnos bajo los candiles y decoraciones barroquísimas de la Belle Epoque, cenando algo ligero y delicioso, acompañado de una copita de vino rosado que nos cayó francamente muy bien….
Dentro de todo, fue “afortunado” (ya voy a hablar como el Dr. Pangloss…), primero, que el atraco no me haya causado ninguna lesión, y segundo, que haya ocurrido casi al final del placentero viaje, pero no demasiado cerca de la fecha de nuestro vuelo de regreso… Dedicamos Brian y yo todo el jueves y la parte de la mañana del viernes a gestionar sendos pasaportes de emergencia y la carta (transportation letter) de re-entrada a los EU. Esto significó ir y venir de tres embajadas. La de Australia queda en la calle Jean Rey, en un edificio enorme, sobre cuya pared lateral se anunciaba una exposición de hermosos cuadros aborígenes.
La de México –trasladada desde mis tiempos de estudiante en París …- en la calle de Notre Dame des Victoires, no lejos del metro Bourse, y a un lado de la placita y la basílica menor homónima, que esa tarde, en lo que hacíamos tiempo para recoger mi pasaporte, Brian y yo entramos a visitar. De frailes agustinos, sus paredes están tapizadas con exvotos. En dos placas se hace referencia a la “odiosa profanación” que sufrió a manos de los miembros de la Comuna.
La de los EU, por último, ocupa el elegante Hôtel Tayllerand, en la Rue des Florentins a un lado de la Plaza de la Concordia, y para entrar en ella, después de anunciar nuestro asunto al guardia filipino, hay que pasar por un mecanismo de seguridad semejante al de los aeropuertos de hoy en día.
VI
El viernes a las 11hrs teníamos cita en el Grand Palais, para ver la exposición –muy mal organizada- de arte egipcio en ciudades sumergidas (Alejandría, Herakleión, Canopa), con mi amigo Bernard y su familia. Pudimos acudir en cuanto concluimos un trámite preliminar en la Embajada de los EU, a la que tendríamos que regresar después de la comida. Conocí a Bernard en 1968 en Burdeos, donde todavía vive, cuando llegué a trabajar como auxiliar de español en el liceo de niñas. El caso es que a lo largo de los años nos hemos seguido escribiendo, dos o tres veces por año, y hemos seguido nuestras vidas a grandes rasgos. Es la segunda vez que, sabiendo que iba yo a París, me propone encontrarnos ahí. La primera fue en 1988, cuando viajamos con Alan, Ian y tía Bertha, de Australia, y él llegó con su mujer y su niña de seis.
Nos volvimos a dar cita para el sábado en la mañana, a la entrada del Institut du Monde Arabe, un gran edificio moderno, a orillas del Sena, donde se exhibía: “Venecia y el Oriente”, muy interesante (co-organizada por el Institut y el Metropolitan, estará en éste a partir de marzo. Ellos debían tomar su tren de vuelta a Burdeos esa tarde, y nos despedimos cerca de Notre Dame. Entonces, ya con nuestro papeles en la mano, y mucho más tranquilos, Brian me hizo el favor de acompañarme a la tienda de velas muy especiales y perfumadas (Dypthique), de la que mi prima me encargó una para su cumpleaños, y yo a mi vez lo acompañé a hacer la visita guiada del Museo de las Alcantarillas de París (¡!). No tan “emocionante” como él esperaba, aunque, dentro de todo, interesante. Después dimos una vuelta por el Barrio Latino, para ubicar la mínima rue Serpente, que desemboca en el Blvd. St. Michel, y en ella el Hotel Fleur de Lys, donde pasamos nuestra luna de miel –en pie, renovada la entrada, atendido por un chino.
VII
París nos pareció tan bella como siempre, o tal vez más ahora, con sus fachadas limpias, las vistas siempre sorprendentes desde los puentes del Sena, que serpentea graciosamente a través de su “amante”, como dice la canción, y ahora su iluminación navideña. Además de sus luces nocturnas, la Torre Eiffel, como la Grande Dame de París, lucía durante un minuto cada hora entre las 19 y las 23, resplandores como “estrellas que titilan a lo lejos”… Se habla ya de que la epidemia de obesidad está llegando a Francia, supongo que merced a los omnipresentes e insufribles McDonald’s. No obstante, vimos que las mujeres siguen siendo esbeltas y elegantes (con estilo; había jovencitas con botas hasta la rodilla, medias negras, y hot pants de tweed; encima, una chaqueta blanca de lana, con cinturón, por ejemplo). Y la comida, deliciosa… El 6 de enero vimos a multitudes pasar a las pastelerías a recoger su “galette de Rois”, una confección de pasta hojaldrada con base de frangipan, es decir, una crema de almendras, que nos dimos el gusto de saborear, pues Aurora gentilmente nos invitó de despedida a tomar una copa de champán, y Martha le llevó una. En mi porción encontré un muñequito, pero no el niño Dios como cabía esperar, sino ¡un busto dorado de Schumann!
De modo que todavía extraño simplemente las baguettes: doradas por fuera y blanquísimas por dentro, los croissants, y hasta el café-au-lait.
Otro placer grande fue escuchar hablar en francés, siempre con mucha corrección, aun en boca del joven encargado de controlar que los pasajeros del metro salgan con su boleto marcado, que al verme sin el mío me impuso una multa… de 25 euros. Eso fue el viernes por la tarde, y como le dije a Brian, “ya sólo falta que me orine un perro, o me atropelle un coche”. A sabiendas de que existe ese control, y de que hay que guardar el boleto usado, como había sacado del bolsillo del abrigo uno del día anterior, decidí deshacerme de él, y sin pensarlo, boté los dos al mismo tiempo a la basura. De todos los viajes que hicimos en metro en esos días, me tenía que tocar el control la vez que no conservé mi boleto. Para colmo, no podía mostrar mi pasaporte ni ninguna otra identificación, pues también por descuidada –el resfrío que venía arrastrando desde Avignon y la tensión de los últimos días pueden haber contribuido a una cierta fatiga mental…-, había dejado esa mañana en el departamento la fotocopia del pasaporte, que por cierto me salvó de que fueran más complicados los trámites para obtener el nuevo. Aun así, más que rabia, me inspiró respeto el que se hiciera cumplir la ley, sin excusas ni pretextos.
En suma, pese a los enojosos incidentes, regresamos felices. Volamos de Charles de Gaulle el domingo 7 a las 14hrs, para llegar a Newark a las 16…
Irene Prieto- febrero de 2007
Pd. De regreso, nos hemos dedicado a tramitar la reposición de nuestros documentos permanentes. Un consuelo fue que de nuestro seguro obtuvimos el reembolso del 80% de las sumas para nada risibles que tuvimos que desembolsar para los servicios consulares, tanto en París como en Nueva York.
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Wednesday, February 21, 2007
La Douce France- a two-week holiday
-LA DOUCE FRANCE –a two-week holiday
I
We left from Newark on Friday 22nd December and arrived in Paris’ Charles de Gaulle airport on Saturday morning, a cold but sunny one, which we appreciated. Martha was waiting for us to have breakfast. We decide to go to a museum, the Carnavalet, for instance, before lunch and nap time. In that elegant XVIIIc. Hotel we saw, among other interesting thigs, Marcel Proust’s bedroom, the pieces of furniture and other objects donated by Celeste Alberet’s daughter. These her mother, as Proust’s housekeeper for years, had inherited from him. Then we went on to the Revolution Rooms, and two hours later, we were out looking for a bistrot. We had to go back to the apartment to take a nap and change, for we had tickets to an 8pm ballet at Opéra Bastille. It is a new and beautiful building in glass and iron, the largest opera in the world, with excellent acoustics. There we saw "Coppélia", with music by Delibes, and direction and scenographie by Patrice Bart, who has given it back the more psychological and sinister tone of the original Hoffman’s tale: Der Sandmann. The main ballerina was magnificent; and this Ballet de l’Opera claims to be the youngest: the average age of the dancers is 25 years. We loved it and left very satisfied; then walked two blocks around the Place Bastille to have dinner at the Brasserie Bofinger, where we had already reserved a table under the gorgeous painted class dome. We shared a seafood sampler, called "Mareyeur" (oysters, sea snails, crab, mussels…“Pour deux?”, the maĩtre d’ asked in a haughty tone; “Non, pour trois”, was our assertived response; for dessert, a pear tarte à l’ Armagnac…
The 24, already grey and damp, we went to the restaured Petit Palais, to see its permanent art collection from the 19th & 20th centuries: besides glazed ceramic sculptures, oil paintings like the portrait of Sara Bernhardt, the famous “Berma” of In search of lost time. And, so that I don’t lose my connection with Proust, Brian bought for me, at the charming bookstore: Le Paris retrouvé de Marcel Proust, with beautiful illustrations . After lunch in the cafeteria, we took a walk along the Champs Elysées all the way to the Louvre pyramid, and then on rue de Rivoli to the Café Nemours, so as to warm ourselves up.
We had dinner at home, with a dear friend of Martha’s, an Argentinian too (Aurora Bernárdez, who was Julio Cortázar’s first wife and at 86 keeps herself in good physical and mental health, and still revises translations of the writer’s work, or thesis written about it). We started with what seems to be traditional here, on this date, fresh oysters (Fines de Claire), which Martha had gone out to pick in the morning, from the market around her place, on the rue Cambronne (15e arrondissement, not far from l'Ecole Militaire and UNESCO) with champagne, a pumpking cream, and a selection of cheeses with baguette (brebis, chevre and Conté de Noël, all of them delicious) with Chardonnay. For dessert, the "Bûche de Noël" from the famous Lenôtre bakery, brought by Aurora, who proved to be a great conversationalist! We walked her home, two blocks away, at 2am!
On Xmas Day, we went to Montmartre, full of tourist despite the weather, not so much cold as damp and foggy. Along the rue des Abbesses to the charming little St Pierre’s church, from the 12th c. And then on to the huge and rather ugly Basilica, from where we could only distinguish the lower part of the Eiffel Tower.
II
Tuesday 26 we woke up early to leave in darkness and take the # 88 to Montparnasse train station, where we would borrad the 9.10 fast train (TGV) to Tours, charming Tours nested between the Loire and Cher rivers. At the Place de la Gare, Ander a lead sky and erigid air, we picked up the car from the rental agency.
We spent two nights in Tours and two days in the Kings Valley. After leaving our luggage at the Hotel Rabelais, we took off towards Saumour, and stopped at the Royal Abbey of Fontevraud (12th c), an authentic monastic city, governed in its day by an abbess. Large halls, dining room, a Roman kitchen of octogonal plane, gardens and orchards. In the center of its naked church we found the stone tombs with laying sculptures: Elinor of Aquitaine (1122-1204) was entombed there beside her second husband Henry II Plantagenet and son Richard. Her tomb effigy shows her reading a Bible and is decorated with magnificent jewelry. She was the patroness of trouvadour poetry both in the Oïl language France and in England.
From there we went on to the remains of a destroyed Chinon, that is the Clock Toweer, where materials about Jeanne d’Arc’s life are depicted. On to the handsome Blois royal castle, with a variety of styles, side by side: Medieval gothic; the Flaming gothic Louis 12th wing; Renaissance Francis I, and the Classic Gaston of Orleáns. To the latter belongs the Royal chamber where Duc of Guisa was murdered, under Henry III’s orders, who suspected him of an attempt at coup d’etat. The visitors can see a video of a silent movie depicting the drama.
We devote the following half day, to visit the charming Amboise and Clos de Lucé castles (the latter given by Francis 1st to Leonardo da Vinci so that he could work there the last three years of his life). After lunch, we hurry to Chambord, but arrive too late. So we can only see it from the outside, but gorgeously lit.
Thursday 28th, early in the morning, after returning the car, we board the 8am train to Paris. From Montparnasse we took a taxi to the Gare de Lyon where we boarded the train to Avignon. Having planned all this before hand, we knew ewe had a two-hour margin between stations. I took care of booking the hotels, Brian, the cars, and Martha, the train tickets. It was a good combination, as the train allowed us to rest, and the car to pleasantly cover short distances.
At almost 300 kms/hour, the train causes in the beginning a deafness feeling similar to what happens when one flies. On the way, when we were about two hours from our destination, Martha thought she saw “cherry blossoms”, but it was in fact a white and shiny frost over fields and trees…
However, on arrival, Avignon received us bathed in sunlight. We picked up the car, drove to town, booked in the hotel, took a walk in the city after the museums were closed, and had dinner at "Au tout petit", a tiny restaurant recommended by the Europcar agent, which we liked a lot. We spent only one night in Avignon, where we would come back three days later.
III
From the 29th to January 1st we stayed in Aix-en Provence, a small, charming city, full of history, and to our delight, also of Mediterranean sun!. Handsome mansions (hôtels), from the 16th to the 17th centuries; Medieval monuments (the clock tower, the cathedral), fountains all over the place (no less than forty!): Roman, Medieval, Renaissance; squares, museums. It has University, art cinemas, many restaurants and cafés along Cours Mirabeau (see below, Marseilles). Being Christmas, the city was full of light and animation.
We visit at leisure the imponent Cathedral of Our Saviour, including a guided visit of the closed cloister, and watch a video on the famous triptych “The burning bush”, by Nicholas Froment (15th cent.), where it’s possible to appreciate the fine details of the painting: how, for instance, part of a man’s face is reflected on the armoured shoulder of a knight… The cathedral was built on the spot where a pine tree stood, and where the Catholics used to hang Huguenotes.
Also in Aix (word derived from Old Latin meaning waters) there is the Tapestries Museum, in the old bishop’s palace. The guide highlights for us the wool and silk tapestries made in Beauvais in the 18th century, with scenes of Don Quixote and Sancho’s adventures.
Unfortunately, the Granet Museum is closed, where we were hoping to see some Cezannes. In exchange, we go to the artist’s workshop, on the second floor of a country house, walking-distance from the city.
On the 30th we drive to Marseilles, only half an hour away. It’s a beautiful and energetic port city, the second in importance in France, with a rich history since the time when it was colonized by the Greeks. It is proud of its university, subway system, innumerable monuments and museums. We were lucky to visit it on a sunny and warm day: its fish market, the Old Port which has become an elegant yatch marina.
Brian wanted to visit the Chateu d’If, and so we boarded the Noon ferry to the Isle of If (Greeek Iphea), where famous and infamous, real and imaginary men were held often until their death. Among the first, Mirabeau (1749-1791), writer, orador, statesman, who in his youth was such a rascal his own father had him imprisoned for a limited time (and in the best possible conditions) so as to teach him a lesson . Among the imaginary, there is the not-less famous Count of Montecristo… and in quarantine the rhinoc éros immortalized by Durer… So goes the story: “In 1513, King Guzarat offers Manuel the Magnificent, King of Portugal, a rhinoceros from Asia (sic). The King wants himself to offer it to Pope Leo X. The beast is then sent to Lisbonne to go to Rome, with a compulsory stopover at Marseilles, on the Ile of If, en 1516. Altogether unknown in Europe, the rhino awakens the city inhabitants’ curiosity, and also the King’s who, on his way back from Marignan stops to admire it. Albrecht Dürer made then the famous engraving on wood, from a draft. The animal remained a few weeks in If and then was sent to Rome. But a violent store threw the ship against the reefs in the Gulf of Genoa. The rhino was found dead on the coast. The Pope received its stuffed corpse.”
We also learnt the origin of the not very French name Montecristo: it’s a place in the Dominican Republic where Alexandre’s Dumas father was born, of a Black mother. Another trivia: as in Cuba it was traditional that the cigar-makers had a reader while working, alter months of listening to Dumas’ novel, it was decided to give the famous Habana cigars the Count’s name.
From the castle terrace one has an impressive view of Marseille harbor.
Back in the city, walking up the Canebière, central avenue staring at the Vieux
Port, we arrive at Cours St. Louis, where we find Touniou, an excellent seafood restaurant, with its own stalls outside on the street. Later, we went back to the port, to have a coffee (une noisette is the equivalent of a macchiato in Italy, a cortado in Spain), and we decide to take the tour of the city in the Bonne Mère tourist train which goes up the very sep streets, to the Notre Dame de la Garde basílica, another unattractive big cake like Montmartre’s Sacré Coeur , but from the terrace of which over a hill some 147 metres above sea level, one has a very fine view of the port city which has recently received an injection of euros to beautify itself.
We return to Aix by car, always in the good, prudent hands of Brian, who this time has the help of his beloved GPS…
In Provence we stayed in hotels belonging to a Chain: Campanile, in the outskirts of cities, in rooms not always very large, with modest services and abundant breakfasts. The worst experience was the Court’Inn (in the village of Courtine, Avignon), where having arrived some time befote 7pm, we found the office closed and empty, and had to wait for the attendant to finish his dinner and come to open half an hour later… This time, though, we had a suite. Hotel Rabelais in Tours was quite satisfactory.
IV
Leaving Aix on January 1st, on our way to Avignon we stopped at Salon de Provence , recommended by the Let’s go guide. It was a pleasant surprise: its XIII century castle, Saint Lawrence Collegiate, where Nostradamus worked, and the XVII century Hotel de Ville. From then, on to Arles and Nîmes, two beautiful cities (the former somewhat neglected, dirty, the latter more stately and elegant. Both of them are proud of their admirable Roman monuments, specially the Amphitheaters, still used for bullfights. Being a festive day, most places are closed in Arles (Van Gogh’s house, among others), but in Nîmes we can see the Square House, enter the Cathedral of Notre Dame and visit at our leisure the magnificent Arènes, a real museum of old Gladiator’s glory.
Every day in the south we enjoyed sunny days and warm temperatures.
Our next two days in Avignon were not enough to see even a fifth of its interest sites, irs no less than nine museums, but enough to walk inside the Palais des Papes, which is in fact several palaces, as each new pontifice would add to the previous one. Fascinating, this history of war and intrigue, for the period that the Pope resided here, his authority in Rome challenged by various kingdoms. We walk the Saint Benezet bridge, the half of it that remains alter several destructions by the flooding of the Rhone river. It is now a museum, where among other things one learns this is the subject of the folk song “Sur le Pont d’Avignon- originally “Sous”, under). On the other side, our last day, we visit the small town of Villeneuve lez (sic) Avignon*, with is Medieval tower, the ruins of a very large Carthusian monastery and a non less interesting museum: the Pierre de Luxembourg, where one can appreciate, among other, “The Crowning of Virgin" a very detailed painting commissioned to Enguerrand Quarton in the 1400s
V
*It was in this peaceful town where I fell victim , that Wednesday January 3rd, at 2.25pm, just two hours befote our departure by train to Paris, to a bag-snatcher (vol a l'arrachée **), after Brian, in an exceptional and in his own judgement unforgivable gesture, contrary to all his customary precautions, parked thoughtlessly in an isolated and empty area, and after locking the car ran uphill towards the entrance to the Tower, while Martha and I followed at our leisurely pace –we had just had lunch with wine! The snatcher came from behind and all I felt was two hands picking my bag strap, which I had crossed over my chest. Although a cheap one, made in China, I doubt it could have been torn apart; it’s more likely that the guy used a blade to cut it, so that I almost didn’t feel the pull, but by the time I half turned to hold it against me, it was gone! When I turned around all I could see was the back of a tall, agile man, running downhill to where his accomplice, in a small white car, was waiting for him, before pressing the gas. Brian ran back to our screams, and managed to get the plate number, or part f it. With help one of the museums employees, we arrived to the police station to declare the theft. From there, Martha called the train station to change the time of our departure, and Brian, the US Embassy in Paris to report the theft and inquire about the requirements to get a letter which would allow us to fly back home. Resides 200 euros I had just got that morning from an ATM, I had in my pocketbook both our passports and green cards, as in a similarly exceptional and unforgivable way, I was not carrying them in their pocket around my neck… This is what happens when one lowers the guard, under the assumption that one is safely traveling in a “first world country”. My VISA card, my address book, my make-up little bag, hand-made by my mother from a very nice golden fabric, and other minor items. From the Europcar offices, they allowed us to make phone calls to the Mexico and Australia embassies in Paris, to get an appointment for the following day.
** I can’t resist the tempation to copy here what I found in Internet about this kind of theft:
DÉFINITION :
Vol avec violence perpétré par un ou plusieurs individus. Action d'arracher en force, des mains de la victime, un objet convoité (sac à main, téléphone portable, carte bleue, lunettes de marque, etc)
Les "arracheurs" peuvent être à pied ou motorisés (moto, scooter)
Ne pensez pas que ce genre d'individus ne s'attaqueront pas à vous si vous n'êtes pas une personne âgée ou si vous êtes en pleine journée dans une rue très fréquentée.
…
(CONSEILS)
C'est un peu idiot à dire, mais il vaut mieux garder votre argent dans une poche de pantalon que dans son sac à main. Idem pour les choses de valeur (carte bleue, chéquier, téléphone, etc). Si vous vous faite voler votre sac, vous me remercierez par la suite. Privilégiez les poches avant, pour évitez également les pique-pockets.
Ce conseil, je le donne surtout aux personnes âgées, parce que j'en ai vu trop finir leur jours à l'hôpital pour un simple sac à main. Je ne leur conseil pas de nouer leur sac autour de la taille en pensant qu'un éventuel voleur ne pourra pas leur arracher. Erreur, si la lanière ne casse pas, les voleurs n'hésiteront pas un seul instant à vous traîner sur plusieurs mètres. C'est avant le vol qu'il faut tenter un échappatoire. Au moment où on vous l'arrache, c'est trop tard, il faut laisser faire sans opposer de résistance. Pensez que ce n'est qu'un bien matériel et que de toute façon, vos voleurs sont déterminés. J'ai vu le cas parmi tant d'autres, d'une femme âgée de 92 ans, qui s'était fait traînée sur cinq mètres et rouée de coups par trois jeunes de 15 ans, parce qu'elle ne voulait pas lâcher son sac à main. Nous avons eu la chance d'interpeller un des voleurs, porteur du sac à main, mais cela n'a pas empêché la victime de finir à l'hôpital avec un traumatisme crânien très grave. (…) »
So that I have to be thankful I didn’t end up, “dragged for about 12 feet and beaten up » ! When Martha tells the story to a French friend, she responds that both in Avignon and its neighbor Villeneuve, the unemployement rate is high.
…
Back in freezing cold Gare de Lyon, the first thing we do is leave Martha in charge of our luggage, sitting in a café, while we get money from an ATM with Brian’s card, and take our passport photos. We also call the bank in NY to report our lost cards (Brian and I share the VISA) and Ian, to look for my cash card number.
We take care of all this, and exhausted, but not resigned to go to bed without dinner, we decide to go upstairs to the elegant Le Train Bleu .There, under bright chandeliers and surrounded by Belle Epoque décor, we eat and have a glass of a delicious rose wine….
As Dr. Pangloss would say, we were, after all, lucky… that none of us was hurt in any way, that the unhappy incident came to happen almost at the end of our very enjoyable trip, but not so near to our departure date that we couldn’t take care of our documents replacement on time. On Thursday, we devoted the whole day to goings and comings to the three embassies. And by Friday afternoon we had each a new, temporary passport and two “letters of transportation” from the US, one for the airline at the De Gaulle airport, and another for the Immigration authorities at JFK.
VI
That same Friday we had an appointement at the Grand Palais, to see the exhibit on Sunken Cities (Alexandria, Herakleion, Canopa), with my friend Bernard and his family. I had met him in 1968 in Bordeaux, where he still lives, when I arrived to give Spanish conversation at the young girls lycee. Throughout the years, we have kept in touch, by letter, and have followed our lives. This was the second time that, knowing I was going to be in Paris, he organized the trip north with wife and daughter. The first time had been in 1988, when we were there with the boys and aunt Bertha from de Australia. He came with Danielle, his wife, and Joelle, a little girl of six.
The show was interesting, but very badly organized. After lunch across the street, in the Petit Palais, we gave each other rendez-vous for the following day, at the Institut du Munde Arabe, a beautiful, ultramodern building on the Seine, to see: “Venice and the Near East”, which will be coming to the Metropolitan Museum in March. Then we parted, on their way to Notre Dame, till next time…
Releived from the tension of the past 24 hours, Brian agreed to accompany me to the Dypthique candle shop, on Boulevard St Germain, and from there to the nearby rue Serpente, to look for our honeymoon Hotel Fleur de Lys, which we found, its lobby renovated, a Chinese man at the reception.
—Brian can tell you about our visit to the Sewers Museum…
VII
Paris was looking as beautiful as ever, maybe more, under its Christmas lights, its clean buildings, the always surprising vistas from the bridges on the Seine, which graciously meanders thru its “lover”, as the song says.
Maybe obesity is spilling over France, as they say, thru the ever-present MacDonald’s, but one can still admire the Parisian women’s svelte figure, stylishly dressed.
On January 6th, we saw people hurrying to the nearest bakery to pick up their galette de Rois, a confection of millefeuille pastry over an almond paste, inside which one can find a little doll, not necessary the baby Jesus, but even a gilded bust of Schumann!
Irene Prieto--- February 2007
I
We left from Newark on Friday 22nd December and arrived in Paris’ Charles de Gaulle airport on Saturday morning, a cold but sunny one, which we appreciated. Martha was waiting for us to have breakfast. We decide to go to a museum, the Carnavalet, for instance, before lunch and nap time. In that elegant XVIIIc. Hotel we saw, among other interesting thigs, Marcel Proust’s bedroom, the pieces of furniture and other objects donated by Celeste Alberet’s daughter. These her mother, as Proust’s housekeeper for years, had inherited from him. Then we went on to the Revolution Rooms, and two hours later, we were out looking for a bistrot. We had to go back to the apartment to take a nap and change, for we had tickets to an 8pm ballet at Opéra Bastille. It is a new and beautiful building in glass and iron, the largest opera in the world, with excellent acoustics. There we saw "Coppélia", with music by Delibes, and direction and scenographie by Patrice Bart, who has given it back the more psychological and sinister tone of the original Hoffman’s tale: Der Sandmann. The main ballerina was magnificent; and this Ballet de l’Opera claims to be the youngest: the average age of the dancers is 25 years. We loved it and left very satisfied; then walked two blocks around the Place Bastille to have dinner at the Brasserie Bofinger, where we had already reserved a table under the gorgeous painted class dome. We shared a seafood sampler, called "Mareyeur" (oysters, sea snails, crab, mussels…“Pour deux?”, the maĩtre d’ asked in a haughty tone; “Non, pour trois”, was our assertived response; for dessert, a pear tarte à l’ Armagnac…
The 24, already grey and damp, we went to the restaured Petit Palais, to see its permanent art collection from the 19th & 20th centuries: besides glazed ceramic sculptures, oil paintings like the portrait of Sara Bernhardt, the famous “Berma” of In search of lost time. And, so that I don’t lose my connection with Proust, Brian bought for me, at the charming bookstore: Le Paris retrouvé de Marcel Proust, with beautiful illustrations . After lunch in the cafeteria, we took a walk along the Champs Elysées all the way to the Louvre pyramid, and then on rue de Rivoli to the Café Nemours, so as to warm ourselves up.
We had dinner at home, with a dear friend of Martha’s, an Argentinian too (Aurora Bernárdez, who was Julio Cortázar’s first wife and at 86 keeps herself in good physical and mental health, and still revises translations of the writer’s work, or thesis written about it). We started with what seems to be traditional here, on this date, fresh oysters (Fines de Claire), which Martha had gone out to pick in the morning, from the market around her place, on the rue Cambronne (15e arrondissement, not far from l'Ecole Militaire and UNESCO) with champagne, a pumpking cream, and a selection of cheeses with baguette (brebis, chevre and Conté de Noël, all of them delicious) with Chardonnay. For dessert, the "Bûche de Noël" from the famous Lenôtre bakery, brought by Aurora, who proved to be a great conversationalist! We walked her home, two blocks away, at 2am!
On Xmas Day, we went to Montmartre, full of tourist despite the weather, not so much cold as damp and foggy. Along the rue des Abbesses to the charming little St Pierre’s church, from the 12th c. And then on to the huge and rather ugly Basilica, from where we could only distinguish the lower part of the Eiffel Tower.
II
Tuesday 26 we woke up early to leave in darkness and take the # 88 to Montparnasse train station, where we would borrad the 9.10 fast train (TGV) to Tours, charming Tours nested between the Loire and Cher rivers. At the Place de la Gare, Ander a lead sky and erigid air, we picked up the car from the rental agency.
We spent two nights in Tours and two days in the Kings Valley. After leaving our luggage at the Hotel Rabelais, we took off towards Saumour, and stopped at the Royal Abbey of Fontevraud (12th c), an authentic monastic city, governed in its day by an abbess. Large halls, dining room, a Roman kitchen of octogonal plane, gardens and orchards. In the center of its naked church we found the stone tombs with laying sculptures: Elinor of Aquitaine (1122-1204) was entombed there beside her second husband Henry II Plantagenet and son Richard. Her tomb effigy shows her reading a Bible and is decorated with magnificent jewelry. She was the patroness of trouvadour poetry both in the Oïl language France and in England.
From there we went on to the remains of a destroyed Chinon, that is the Clock Toweer, where materials about Jeanne d’Arc’s life are depicted. On to the handsome Blois royal castle, with a variety of styles, side by side: Medieval gothic; the Flaming gothic Louis 12th wing; Renaissance Francis I, and the Classic Gaston of Orleáns. To the latter belongs the Royal chamber where Duc of Guisa was murdered, under Henry III’s orders, who suspected him of an attempt at coup d’etat. The visitors can see a video of a silent movie depicting the drama.
We devote the following half day, to visit the charming Amboise and Clos de Lucé castles (the latter given by Francis 1st to Leonardo da Vinci so that he could work there the last three years of his life). After lunch, we hurry to Chambord, but arrive too late. So we can only see it from the outside, but gorgeously lit.
Thursday 28th, early in the morning, after returning the car, we board the 8am train to Paris. From Montparnasse we took a taxi to the Gare de Lyon where we boarded the train to Avignon. Having planned all this before hand, we knew ewe had a two-hour margin between stations. I took care of booking the hotels, Brian, the cars, and Martha, the train tickets. It was a good combination, as the train allowed us to rest, and the car to pleasantly cover short distances.
At almost 300 kms/hour, the train causes in the beginning a deafness feeling similar to what happens when one flies. On the way, when we were about two hours from our destination, Martha thought she saw “cherry blossoms”, but it was in fact a white and shiny frost over fields and trees…
However, on arrival, Avignon received us bathed in sunlight. We picked up the car, drove to town, booked in the hotel, took a walk in the city after the museums were closed, and had dinner at "Au tout petit", a tiny restaurant recommended by the Europcar agent, which we liked a lot. We spent only one night in Avignon, where we would come back three days later.
III
From the 29th to January 1st we stayed in Aix-en Provence, a small, charming city, full of history, and to our delight, also of Mediterranean sun!. Handsome mansions (hôtels), from the 16th to the 17th centuries; Medieval monuments (the clock tower, the cathedral), fountains all over the place (no less than forty!): Roman, Medieval, Renaissance; squares, museums. It has University, art cinemas, many restaurants and cafés along Cours Mirabeau (see below, Marseilles). Being Christmas, the city was full of light and animation.
We visit at leisure the imponent Cathedral of Our Saviour, including a guided visit of the closed cloister, and watch a video on the famous triptych “The burning bush”, by Nicholas Froment (15th cent.), where it’s possible to appreciate the fine details of the painting: how, for instance, part of a man’s face is reflected on the armoured shoulder of a knight… The cathedral was built on the spot where a pine tree stood, and where the Catholics used to hang Huguenotes.
Also in Aix (word derived from Old Latin meaning waters) there is the Tapestries Museum, in the old bishop’s palace. The guide highlights for us the wool and silk tapestries made in Beauvais in the 18th century, with scenes of Don Quixote and Sancho’s adventures.
Unfortunately, the Granet Museum is closed, where we were hoping to see some Cezannes. In exchange, we go to the artist’s workshop, on the second floor of a country house, walking-distance from the city.
On the 30th we drive to Marseilles, only half an hour away. It’s a beautiful and energetic port city, the second in importance in France, with a rich history since the time when it was colonized by the Greeks. It is proud of its university, subway system, innumerable monuments and museums. We were lucky to visit it on a sunny and warm day: its fish market, the Old Port which has become an elegant yatch marina.
Brian wanted to visit the Chateu d’If, and so we boarded the Noon ferry to the Isle of If (Greeek Iphea), where famous and infamous, real and imaginary men were held often until their death. Among the first, Mirabeau (1749-1791), writer, orador, statesman, who in his youth was such a rascal his own father had him imprisoned for a limited time (and in the best possible conditions) so as to teach him a lesson . Among the imaginary, there is the not-less famous Count of Montecristo… and in quarantine the rhinoc éros immortalized by Durer… So goes the story: “In 1513, King Guzarat offers Manuel the Magnificent, King of Portugal, a rhinoceros from Asia (sic). The King wants himself to offer it to Pope Leo X. The beast is then sent to Lisbonne to go to Rome, with a compulsory stopover at Marseilles, on the Ile of If, en 1516. Altogether unknown in Europe, the rhino awakens the city inhabitants’ curiosity, and also the King’s who, on his way back from Marignan stops to admire it. Albrecht Dürer made then the famous engraving on wood, from a draft. The animal remained a few weeks in If and then was sent to Rome. But a violent store threw the ship against the reefs in the Gulf of Genoa. The rhino was found dead on the coast. The Pope received its stuffed corpse.”
We also learnt the origin of the not very French name Montecristo: it’s a place in the Dominican Republic where Alexandre’s Dumas father was born, of a Black mother. Another trivia: as in Cuba it was traditional that the cigar-makers had a reader while working, alter months of listening to Dumas’ novel, it was decided to give the famous Habana cigars the Count’s name.
From the castle terrace one has an impressive view of Marseille harbor.
Back in the city, walking up the Canebière, central avenue staring at the Vieux
Port, we arrive at Cours St. Louis, where we find Touniou, an excellent seafood restaurant, with its own stalls outside on the street. Later, we went back to the port, to have a coffee (une noisette is the equivalent of a macchiato in Italy, a cortado in Spain), and we decide to take the tour of the city in the Bonne Mère tourist train which goes up the very sep streets, to the Notre Dame de la Garde basílica, another unattractive big cake like Montmartre’s Sacré Coeur , but from the terrace of which over a hill some 147 metres above sea level, one has a very fine view of the port city which has recently received an injection of euros to beautify itself.
We return to Aix by car, always in the good, prudent hands of Brian, who this time has the help of his beloved GPS…
In Provence we stayed in hotels belonging to a Chain: Campanile, in the outskirts of cities, in rooms not always very large, with modest services and abundant breakfasts. The worst experience was the Court’Inn (in the village of Courtine, Avignon), where having arrived some time befote 7pm, we found the office closed and empty, and had to wait for the attendant to finish his dinner and come to open half an hour later… This time, though, we had a suite. Hotel Rabelais in Tours was quite satisfactory.
IV
Leaving Aix on January 1st, on our way to Avignon we stopped at Salon de Provence , recommended by the Let’s go guide. It was a pleasant surprise: its XIII century castle, Saint Lawrence Collegiate, where Nostradamus worked, and the XVII century Hotel de Ville. From then, on to Arles and Nîmes, two beautiful cities (the former somewhat neglected, dirty, the latter more stately and elegant. Both of them are proud of their admirable Roman monuments, specially the Amphitheaters, still used for bullfights. Being a festive day, most places are closed in Arles (Van Gogh’s house, among others), but in Nîmes we can see the Square House, enter the Cathedral of Notre Dame and visit at our leisure the magnificent Arènes, a real museum of old Gladiator’s glory.
Every day in the south we enjoyed sunny days and warm temperatures.
Our next two days in Avignon were not enough to see even a fifth of its interest sites, irs no less than nine museums, but enough to walk inside the Palais des Papes, which is in fact several palaces, as each new pontifice would add to the previous one. Fascinating, this history of war and intrigue, for the period that the Pope resided here, his authority in Rome challenged by various kingdoms. We walk the Saint Benezet bridge, the half of it that remains alter several destructions by the flooding of the Rhone river. It is now a museum, where among other things one learns this is the subject of the folk song “Sur le Pont d’Avignon- originally “Sous”, under). On the other side, our last day, we visit the small town of Villeneuve lez (sic) Avignon*, with is Medieval tower, the ruins of a very large Carthusian monastery and a non less interesting museum: the Pierre de Luxembourg, where one can appreciate, among other, “The Crowning of Virgin" a very detailed painting commissioned to Enguerrand Quarton in the 1400s
V
*It was in this peaceful town where I fell victim , that Wednesday January 3rd, at 2.25pm, just two hours befote our departure by train to Paris, to a bag-snatcher (vol a l'arrachée **), after Brian, in an exceptional and in his own judgement unforgivable gesture, contrary to all his customary precautions, parked thoughtlessly in an isolated and empty area, and after locking the car ran uphill towards the entrance to the Tower, while Martha and I followed at our leisurely pace –we had just had lunch with wine! The snatcher came from behind and all I felt was two hands picking my bag strap, which I had crossed over my chest. Although a cheap one, made in China, I doubt it could have been torn apart; it’s more likely that the guy used a blade to cut it, so that I almost didn’t feel the pull, but by the time I half turned to hold it against me, it was gone! When I turned around all I could see was the back of a tall, agile man, running downhill to where his accomplice, in a small white car, was waiting for him, before pressing the gas. Brian ran back to our screams, and managed to get the plate number, or part f it. With help one of the museums employees, we arrived to the police station to declare the theft. From there, Martha called the train station to change the time of our departure, and Brian, the US Embassy in Paris to report the theft and inquire about the requirements to get a letter which would allow us to fly back home. Resides 200 euros I had just got that morning from an ATM, I had in my pocketbook both our passports and green cards, as in a similarly exceptional and unforgivable way, I was not carrying them in their pocket around my neck… This is what happens when one lowers the guard, under the assumption that one is safely traveling in a “first world country”. My VISA card, my address book, my make-up little bag, hand-made by my mother from a very nice golden fabric, and other minor items. From the Europcar offices, they allowed us to make phone calls to the Mexico and Australia embassies in Paris, to get an appointment for the following day.
** I can’t resist the tempation to copy here what I found in Internet about this kind of theft:
DÉFINITION :
Vol avec violence perpétré par un ou plusieurs individus. Action d'arracher en force, des mains de la victime, un objet convoité (sac à main, téléphone portable, carte bleue, lunettes de marque, etc)
Les "arracheurs" peuvent être à pied ou motorisés (moto, scooter)
Ne pensez pas que ce genre d'individus ne s'attaqueront pas à vous si vous n'êtes pas une personne âgée ou si vous êtes en pleine journée dans une rue très fréquentée.
…
(CONSEILS)
C'est un peu idiot à dire, mais il vaut mieux garder votre argent dans une poche de pantalon que dans son sac à main. Idem pour les choses de valeur (carte bleue, chéquier, téléphone, etc). Si vous vous faite voler votre sac, vous me remercierez par la suite. Privilégiez les poches avant, pour évitez également les pique-pockets.
Ce conseil, je le donne surtout aux personnes âgées, parce que j'en ai vu trop finir leur jours à l'hôpital pour un simple sac à main. Je ne leur conseil pas de nouer leur sac autour de la taille en pensant qu'un éventuel voleur ne pourra pas leur arracher. Erreur, si la lanière ne casse pas, les voleurs n'hésiteront pas un seul instant à vous traîner sur plusieurs mètres. C'est avant le vol qu'il faut tenter un échappatoire. Au moment où on vous l'arrache, c'est trop tard, il faut laisser faire sans opposer de résistance. Pensez que ce n'est qu'un bien matériel et que de toute façon, vos voleurs sont déterminés. J'ai vu le cas parmi tant d'autres, d'une femme âgée de 92 ans, qui s'était fait traînée sur cinq mètres et rouée de coups par trois jeunes de 15 ans, parce qu'elle ne voulait pas lâcher son sac à main. Nous avons eu la chance d'interpeller un des voleurs, porteur du sac à main, mais cela n'a pas empêché la victime de finir à l'hôpital avec un traumatisme crânien très grave. (…) »
So that I have to be thankful I didn’t end up, “dragged for about 12 feet and beaten up » ! When Martha tells the story to a French friend, she responds that both in Avignon and its neighbor Villeneuve, the unemployement rate is high.
…
Back in freezing cold Gare de Lyon, the first thing we do is leave Martha in charge of our luggage, sitting in a café, while we get money from an ATM with Brian’s card, and take our passport photos. We also call the bank in NY to report our lost cards (Brian and I share the VISA) and Ian, to look for my cash card number.
We take care of all this, and exhausted, but not resigned to go to bed without dinner, we decide to go upstairs to the elegant Le Train Bleu .There, under bright chandeliers and surrounded by Belle Epoque décor, we eat and have a glass of a delicious rose wine….
As Dr. Pangloss would say, we were, after all, lucky… that none of us was hurt in any way, that the unhappy incident came to happen almost at the end of our very enjoyable trip, but not so near to our departure date that we couldn’t take care of our documents replacement on time. On Thursday, we devoted the whole day to goings and comings to the three embassies. And by Friday afternoon we had each a new, temporary passport and two “letters of transportation” from the US, one for the airline at the De Gaulle airport, and another for the Immigration authorities at JFK.
VI
That same Friday we had an appointement at the Grand Palais, to see the exhibit on Sunken Cities (Alexandria, Herakleion, Canopa), with my friend Bernard and his family. I had met him in 1968 in Bordeaux, where he still lives, when I arrived to give Spanish conversation at the young girls lycee. Throughout the years, we have kept in touch, by letter, and have followed our lives. This was the second time that, knowing I was going to be in Paris, he organized the trip north with wife and daughter. The first time had been in 1988, when we were there with the boys and aunt Bertha from de Australia. He came with Danielle, his wife, and Joelle, a little girl of six.
The show was interesting, but very badly organized. After lunch across the street, in the Petit Palais, we gave each other rendez-vous for the following day, at the Institut du Munde Arabe, a beautiful, ultramodern building on the Seine, to see: “Venice and the Near East”, which will be coming to the Metropolitan Museum in March. Then we parted, on their way to Notre Dame, till next time…
Releived from the tension of the past 24 hours, Brian agreed to accompany me to the Dypthique candle shop, on Boulevard St Germain, and from there to the nearby rue Serpente, to look for our honeymoon Hotel Fleur de Lys, which we found, its lobby renovated, a Chinese man at the reception.
—Brian can tell you about our visit to the Sewers Museum…
VII
Paris was looking as beautiful as ever, maybe more, under its Christmas lights, its clean buildings, the always surprising vistas from the bridges on the Seine, which graciously meanders thru its “lover”, as the song says.
Maybe obesity is spilling over France, as they say, thru the ever-present MacDonald’s, but one can still admire the Parisian women’s svelte figure, stylishly dressed.
On January 6th, we saw people hurrying to the nearest bakery to pick up their galette de Rois, a confection of millefeuille pastry over an almond paste, inside which one can find a little doll, not necessary the baby Jesus, but even a gilded bust of Schumann!
Irene Prieto--- February 2007
Saturday, February 17, 2007
Panama y Costa Rica- Ecuador
PANAMA Y COSTA RICA.............. (agosto de 2004)
SI no hubiera sido porque Madeleine, nuestra agente, sugirió que voláramos a Panamá en vista de que las tarifas eran más económicas que para Costa Rica, y que de ahí, con el coche alquilado, cruzáramos la frontera para visitar los famosos parques de esta última, nunca se nos habría ocurrido visitar el país del Canal, del que no sabíamos nada más, principalmente por un prejuicio –tal vez mayor entre los latinoamericanos-, contra un país que “se había sometido” a la voluntad de los EU, precisamente en lo tocante a ese Canal, como si fuera el único país del continente en el que fuera flagrante la presencia del “Coloso del Norte”…; como si la base de Guantánamo no existiera, o no se supiera de los espías de la CIA en las distintas universidades latinoamericanas... Pero el prejuicio estaba ahí. Yo sólo había conocido a dos panameños en mi vida, los dos mulatos, los dos muy agradables personas: una en Burdeos, otro, traductor, en las Naciones Unidas. Pensábamos que era un país sin atractivos, porque nunca habíamos leído guías turísticas, o hablado con alguien que hubiera estado allá (“el que no sabe –es decir el que no lee- es como el que no ve”). De hecho, cuando mi hermana regresó de una visita a la ciudad de Panamá, donde vivía su hija, escuché sus comentarios elogiosos sin mucho interés.
Ya en la ciudad, con guía en mano y una idea general de lo que merecía verse, nos dedicamos a recorrer los puntos de interés los dos primeros días. No nos decepcionó en absoluto, al contrario, la encontramos agradable, ordenada y limpia –el agua es potable, salvo en la costa del Caribe-Atlántico.
Yolanda, la recepcionista del Hotel Marparaíso (dos estrellas), no lejos del Malecón, pese a su cabello rizado artificialmente y a las sombras color turquesa que teñían, también artificialmente, sus párpados, resultó inusitadamente atenta, eficiente y amable, dispuesta a resolvernos la menor duda o problema, y así nos ofreció, para que nos llevara a recorrer parte del Canal, los servicios del chofer del hotel que nos había recogido la noche anterior en el aeropuerto, sanos y salvos. Sólo que sin equipaje ya que, por los efectos del huracán ... en Miami, nuestro vuelo llegó con retraso y perdimos la conexión. Brian armó un discreto alboroto y logró que nos pusieran en un vuelo de Iberia. Lo que tuvimos que hacer al día siguiente, fue ir a las oficinas de American Airlines en la ciudad, y por último, ya que ninguna de las dos líneas nos daba una respuesta satisfactoria, al aeropuerto al caer la tarde, con el mismo chofer del hotel.
Allá vimos las esclusas de Miraflores a la hora en que se abrían para dar paso a los buques, escuchando las esplicaciones de un guía. Impresionan las dimensiones de la estructura, de los buques mismos; la tecnología que permite el subibaja del nivel del agua.
Otro día recorrimos el Casco Viejo de la ciudad, vigilado por patrullas en bicicleta. Y, pasando por el Barrio Chino, comimos en el Mercado de Mariscos, en una zona que nos advirtieron podía ser peligrosa. Otra tarde, en taxi, a las ruinas de la ciudad antigua, antes de terminar en una de las pocas librerías de la ciudad: bien provista, de libros en inglés y en español, pero en general caros. Por la noche, a falta de algo mejor, acudimos a uno de los Cineplex, o Cinemark, a ver una de Hollywood.
Todo es muy barato, la gente es muy amable, honrada. Muchos hablan bien en español, y algunos cuantos hablan inglés. Asimismo, muchos quisieran tener aun ahi a los norteamericanos de la Zona del Canal, que les daban oportunidades de empleo; pero muchos también sospechan que siguen ahí, clandestinamente, para vigilar que nada amenace sus intereses.
Por lo demás, tanto en la ciudad como en carretera manejan con cuidado, respetando las señales, y según nos vamos enterando, al igual que Costa Rica, el nivel de los servicios de educación y de salud es más elevado que en el resto de América Latina.
...
El jueves 6 salimos de ‘Panama City’ en el Nissan 4X4 alquilado, con rumbo a la frontera con Costa Rica, por la Panamericana. Primero llegamos a Santiago, donde pasamos una noche, y luego, monte arriba, a Santa Fe, donde según la Lonely Planet había que visitar la colección de orquídeas de la señora Bertha (futura alcaldesa del lugar), quien nos recibió muy amablemente en su hermoso jardín, donde pintaba pájaros en madera . Hizo que nos trajeran un sabroso café caliente, y después de charlar un rato nos llevó a mostar las orquídeas miniatura y, aunque acababa de pasar la temporada, muchas otras, que ha recogido del monte. Ha fundado una asociación, y el próximo fin de semana tendrá lugar en Santa Fe la VIII feria de las orquídeas y las aves de Panamá. Es un alivio el aire del monte, templado, despues de los dias en la costa, con un calor humedo exagerado.
Comemos en el restaurante de la Cooperativa (arroz con pollo, frijoles y ensalada, con agua de fruta, por dos dólares!). En el mercado de artesanías compro un sombrero de paja, no finísimo, pero bastante bueno y muy barato. Antes de ir a dormir, en el Hotel Santa Fe, disfrutamos contemplando un cielo sin nubes y cuajado de estrellas.
Quedamos con la señora Bertha en que nos mandaría a la mañana siguiente a un guía para subir a Alto de Piedra, un cerro en donde se pueden ver pájaros. Así pues, poco antes de las seis estábamos recogiendo en el coche a Manuel, quien esperaba en la plaza. Un ascenso de casi media hora por terreno escabroso y luego una caminata de otra media por terreno pedregoso y mojado, en busca de los pájaros perdidos... Todos se escapaban –según el guía. Entramos en la selva misma: intrincada red de troncos y lianas, sobre terreno húmedo y desigual. Por fin, habiendo perdido ya toda esperanza y muy cansados (al menos yo), pudimos divisar, gracias al ojo avizor de Manuel, en un claro, allá a lo lejos y en lo alto, posado en una rama, un tucán (con binoculares vimos su perfil característico, que movía de un lado a otro, como para lucirse más): el llamativo contraste entre el picote amarillo y el plumaje negro. Encantados con al menos ese hallazgo, emprendimos el regreso.
Desayunamos en el hotel. Le dicen “hojaldre” a un tipo de buñuelo sin miel, y tortilla de maíz a una tortita hecha, no con masa de maíz cachuazintle cocido en cal (como la mexicana), sino con harina de maíz. Huevos revueltos con frijoles, café con leche muy rico.
En Santa Fe se vende café del Cerro Tute, y bordados, o más bien, los diseños de colores brillantes aplicados de los indios Cuna.
…
De regreso, nos detenemos en San Francisco para ver la –según el libro- bella iglesia estilo barroco. Pero, oh decepción, lleva un año cerrada por obras de restauración. Huelga decir que, en este país ítsmico, las distancias en todas direcciones son cortas. De modo que subimos de la costa a mil metros sobre el nivel del mar en un santiamén.
Desde Santiago seguimos en dirección poniente, rumbo a David, segunda ciudad en importancia comercial, muy poco atractiva. Tiene su gran centro comercial: "Mall Chiriquí" –nombre de la provincia-, típico hoy en día en toda América Latina: concentración comercial fuera del centro urbano, sin conexiones de transporte público y por lo tanto, destinado a una minoría de clase media que llega en coche propio y, una vez en el “mol”, puede pagar los juegos para niños y adolescentes, los productos de marcas norteamericanas fabricados en Taiwan, Hong Kong, México... La otra minoría, aun más reducida y exquisita, no tiene por qué venir al mol Chiriquí, puesto que puede permitirse el de New Jersey.
Ya venimos enterados de que no podremos cruzar la frontera con coche alquilado, y hemos preguntado previamente en el Hotel Castilla de David, donde pasaremos una noche, si podemos dejar el coche en el estacionamiento, y nuestras dos maletas, en lo que pasamos a Costa Rica.
Llevaremos sólo mochilas grandes a la espalda, con lo necesario para cuatro días de intenso calor húmedo, además de las botas que consideramos necesarias para internarnos en la selva.
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A Costa Rica
El lunes 9 vamos a la terminal de autobuses de David a tomar el de las 6.30am para Paso Canoas, en la frontera con Costa Rica. Dos horas más tarde, pasamos migración, y abordamos otro que nos lleva a Golfito, ya en Costa Rica, donde pasamos la aduana. En ambos casos, a juzgar por las colas, el trámite de salida es mucho más rápido que el de entrada. En Golfito cambiamos los dólares de EU que pueden usarse en Panamá (aunque los precios se dan en balboas) por colones (440 por 1 dl.), y desayunamos, antes de ir al muelle a esperar el transbordador, que debe llegar a las 11. Son las 9.30, de modo que cuando un capitán de panga o taxi colectivo nos ofrece llevarnos de inmediato, con otros siete pasajeros, por 5 dls cada uno, aceptamos. En una hora estamos en Puerto Jiménez.
Caminamos unas nueve cuadras hasta la oficina de turismo, para confirmar nuestro alojamiento en el campamento “La Leona”, pero nos encontramos con la mala noticia de que NO hay lugar para nosotros...¡pese a que habíamos reservado desde Nueva York, tres semanas atrás! El agente pretende que pasemos la noche en Puerto Jiménez y comencemos nuestra excursión selvática apenas al día siguiente. Brian se muestra ferozmente inflexible, defensor de nuestros derechos. Exige hablar con el administrador, y para darse tiempo de arreglar el lío, el agente nos pide que esperemos en el café de al lado, donde, en efecto, comemos un sanduich con un jugo de fruta en lo que llega la camioneta que ha de trasladarnos a Carate después de que el muchacho pasa a avisarnos que se respetará nuestra reservación.
Dos horas después, estamos en la playa, a casi tres kilómetros, que hemos de recorrer a pie para llegar al campamento, en el Parque Nacional Corcovado (Península de Osa), entre el oceáno y la selva.
…
Desde el momento en que, en Nueva York, Brian me da a leer las instrucciones sobre cómo llegar al famoso campamento, muero de pensar en esa caminata sobre la playa, con mochila pesada a la espalda. Pero, me “condiciono”: respiro profundamente y no pienso en tres kilómetros, sino en distancias mucho más cortas, hasta llegar a la que separa un paso, con rodillas flexionadas, del siguiente (pensamiento budista). Además, me ayudo imaginando que soy una china vieja y menudita, de esas que recorren enormes distancias en el monte, caminando como yo, a saltitos...
Le pido a Brian que cargue mis botas; pues tenemos que cruzar una o dos veces vados . Para nuestra gran sorpresa, llegamos, yo sin quejarme una sola vez, y en los cuarenta minutos previstos!
Al llegar, a eso de las 16hrs, nos recibió muy atentamente el dueño, un costarricense que, segun nos cuenta, al terminar la preparatoria se puso a trabajar y se relacionó con gente de hotelería. Entonces, en lugar de entrar a la universidad, decidió proponerle a sus padres, propietarios del terreno, la idea de un albergue ecoturístico. De eso hará tres años. Enterado de que somos los que tuvimos que pelear en Puerto Jiménez, nos anuncia que tenemos, no sólo tienda, sino la mejor del conjunto: en un promontorio desde el cual se tiene una vista privilegiada del mar, con la selva detrás.
...
Después del desayuno a eso de las siete, preparamos la mochila (agua, kleenex, binoculares, protector solar, impermeable y sandalias de hule), y nuestra vestimenta: pantalones, playera, zapatos tenis, para iniciar a las 7.30 la caminata desde la entrada al parque.
Con autorización del guía, que no aceptó nuestra oferta de pago, nos sumamos al grupo que se dirige a “La Sirena”, otro campamento. Se trata de los holandeses que llegaron ayer, poco después que nosotros, y por quienes estuvimos a punto de perder nuestro alojamiento aquí la primera noche.
Empezamos, pues, la caminata por el sendero selvático, teniendo al poniente, abajo, el mar bravío. Nos topamos con una familia de pisotes (coatí o mapache de nariz blanca), monos araña, papagayos bandera (vuelan siempre en pareja); un trogón, bellísimo pájaro pariente del quetzal: de cabeza verde tornasolado. Varios anolis rayados, muchos cangrejos ermitaños, alguna que otra mariposa enorme (la Morpho).
Cruzamos el vado del río Madrigal. Emprendemos el regreso por la playa, y cuando empieza a golpear el sol del mediodía, de nuevo por el sendero.
Volvemos al albergue sudados y sedientos, tras cuatro horas de caminata. Tomamos un jugo, descansamos en las hamacas. Decidí meterme un rato en el refrescante chapoteadero, y luego seguir leyendo Cena con amigos de Donald Margulies, habiendo visto hace poco en Nueva York otra obra suya, muy buena: “Sight unseen”.
Comimos pollo con cilantro y apio, arroz blanco, fijoles, ensalada. Jugo de sandía. Todo fresco y sabroso. Una infusión, y luego siesta de una hora.
Madrugada tormentosa; ya desde el crepúsculo nos tocó ver uno o dos relámpagos, detrás de las nubes. En la mañana seguía lloviendo. Desayunamos y nos entretuvimos platicando con un maestro belga y un estudiante inglés (curioso, muy simpático), de ciudades, cultura, educación. Brian, el inglés y yo comentamos que tuvimos sueños muy intensos, vívidos, ¿debido a la tormenta? Los míos, uno tras otro, se desarrollaban interesantes y placenteros. Al día siguiente no los recuerdo, sólo la sensación.
Más tarde recuerdo uno: Alguien decidía dejar sus excrementos en la playa. Y enseguida, otra persona hacía toda una disquisición acerca del simbolismo de tal gesto: ¿dejar huella? En la vigilia, analizo: ¿es eso lo que pienso de mis escritos (mi forma de dejar huella): que son mierda? -¿a qué se debió la sensación de placer? ¿a que no parecía haber conflicto?).
A la hora de la cena, conversamos con varios de los compañeros de aventuras. Una familia de la India nos convence de ir a Bocas del Toro, en el Golfo: atractivo, dicen, y no peligroso, como creíamos –o como creía Brian, tal vez pensando más bien en San Blas, también en la costa del Atlantico, pero más del lado del Darién, ése sí peligrosísimo.
...
A poco de internarse en la selva, a una española (“vasca!”, me corrige, como si en su pasaporte no dijera “España”!), ¡la picó un alacrán azul! Fuera de la hinchazón de la mano, sólo sufrió el susto. Corrió a buscar a uno de los encargados del hotel: “Está todavía viva... Dése de santos... malo que hubiera sido uno negro...”
…
En la selva, la vida es intensa, promiscua, a diferencia de lo que ocurre en la sabana, de enormes espacios llanos, claros, con uno que otro matorral, acacias espinosas, y donde las manadas de gacelas, cebras, forman apenas manchas oscuras en la inmensidad dorada, o a orillas de un raro ojo de agua. En el bosque tropical, en cambio, no hay espacio sin vida, no un milímetro cuadrado sin una agitación vital, aunque no sea visible. También, a diferencia de los tonos apagados, del verde claro al amarillo claro de la sabana, la naturaleza aquí es multicolor, abigarrada: colores que van del café oscuro de un tronco u hoja mojada, al naranja y amarillo de la hoja seca, el verde intenso de muchas plantas, el verde claro de los helechos, el escarlata o azul de algunas florecillas, y el dorado de unos frutos. Plantas, lianas, enredaderas abrazadas a los troncos gigantescos, raíces que forman escaleras, muros. Cangrejos rojos, mariposas azules y amarillas, saltamontes, hormigas arrieras, infatigables, escorpiones, gusanos, culebras, y arriba, entre el follaje, sobre las ramas, monos y guacamayas. La fragancia de la selva: de frutos caídos y semicomidos, de flores, hojas, hongos. Almendros de la India, teca, cocoteros, plátanos, aguacate.
Al anochecer, nos rodean los aullidos de los monos, el vuelo circular y rápido de los murciélagos, y el permanente rumor del mar.—Flores vistas durante este viaje: orquídeas, flor de nochebuena, buganvilia por todas partes, floripondios blancos y rosados, llamarada (flamboyán), novio. Arboles: higuerón (ceiba), eucaliptos, pinos, cedros, teca (hoja grande, floración blanca), y miles de plantas más, de monte y de selva.
Brian tuvo la buena idea de traer casi diez bolsitas de plástico, con cierre hermético, para proteger de la arena, del agua, etc., la cámara, los binoculares, su GPS manual.
Por la mañana hacemos una caminata de dos horas; y después de la comida y el descanso, una más larga, de cuatro, por el sendero que sube detrás del campamento. En el monte, un rugido como de motor de avión, o aullidos de perro en celo, nos hiela la sangre; intermitente, cada cuatro o seis segundos. Llegamos a la conclusión de que se trata del oleaje, del viento y el mar. Pero más tarde nos enteraremos de que eran los monos aulladores. Allá arriba vemos a un mono araña: desde el otro lado, colgado de la cola, se acomoda en una rama, y parece que, con su cara que parece que lleva anteojeras blancas, nos hace carantoñas.
Volvemos casi sin aliento. Nos cambiamos y decidimos probar el mar: hasta media pierna solamente, pues aunque es deliciosa la temperatura, hermoso el color, intenso el aroma, la corriente de fondo es tremendamente fuerte, y nos da miedo. Las brillantes guacamayas, en pareja, cruzan rozando el mar. Refrescados, felices, nos secamos con el sol de la tarde.
Creo que para el último día sólo nos queda una muda de ropa seca: el resto nunca se ha secado, entre el sudor, la humedad ambiente y el agua de ríos, mar y lluvia... Eso sí, diario nos hemos podido bañar: hay cuatro excusados y regaderas para las doce tiendas del campamento: todo muy limpio.
Al cabo de tres días, salimos del campamento, de la misma manera en que llegamos, pero con mejor conocimiento de causa. Cuando estamos esperando en Carate con otros turistas la camioneta que llegue a recogernos, Brian me señala en silencio algo sobre su cabeza, en una de las ramas fuertes de un árbol no muy alto, de follaje escaso: enrollada, duerme pacíficamente, indiferente a nuestra presencia, una boa constrictor verde claro...
…
Al llegar a Puerto Jiménez decidimos pernoctar ahí. Antes, pasamos a la agencia de turismo a ver qué pueden ofrecernos para esa tarde –ya no es hora de ver
pájaros . Paseo por los manglares, en canoa . El taxi nos lleva al negocio de Alberto, quien fabrica sus propios kayaks, muy ligeros y boyantes. Le decimos que somos inexpertos. –No se preocupen, dice. Y nos enseña, de pie en el patio de su casa, a sostener y mover los remos. Es todo. Nos coloca en una canoa a Brian y a mí –yo adelante, llevando el ritmo del remo. El, en la suya. No nos parece muy difícil, pero sin duda exige concentración y buen ritmo; de todos modos, por inexpertos, levantamos demasiado el extremo y nos empapamos cada vez que lo sacamos del agua.
Recorrer así los manglares, prácticamente en silencio –sin motor- es una delicia. Vemos los mangles negro, rojo y blanco, y los cangrejitos rojos que viven en ellos; escuchamos, junto al chapoteo de los remos en el agua, el castañetear de las almejas que, nos dice Alberto, escupen con ese ruido lo que no necesitan para alimentarse. Aparecen uno o dos hermosos martines pescadores. Llegamos a una playa; los hombres sacan las canoas y las arrastran un trecho al otro lado: el mar. El guía corta con su machete el coco y la piña que cargó consigo, para que nos refresquemos. Y ahora, ¡al mar con las canoas! Cerca de la orilla, pero igual, hay que cabalgar las olas. Yo voy con mucho miedo, y al mismo tiempo, disfrutando la experiencia.
...
De vuelta en Panamá
El cruce en Frontera (Costa Rica) a Puerto Canoas (Panamá) es agitado. El autobús llega a Panamá, y a continuación hay que caminar unos cien metros de vuelta para pasar migración en Costa Rica. De vuelta a Paso Canoas, acudir a una oficina del otro lado de de la carretera para mostrar el pasaporte, pasaje de avión y tarjeta de crédito, y obtener, mediando el pago de cinco dólares, una tarjeta de turista.
El sábado 14 nos preparamos para salir de David rumbo a Boquete(paso entre cordilleras). Este poblado encantador se encuentra a unos mil metros sobre el nivel del mar, en la provincia de Chiriquí, cerca del volcán Barú y el Parque Nacional de la Amistad, que comparten Panamá y Costa Rica. La temperatura es agradable, la vegetación variada: flores de ornato, cafetales, bosques.
Tenemos reservaciones en el Hostal Boquete, a orillas del rumoroso río Caldera. De inmediato contratamos al guía Feliciano, un hombre de unos cincuenta, enjuto, de piernas musculosas, cabello medio cano, mirada aguda y hasta algo sardónica: habrá visto mucho, en sus años. Nos lleva, en su auto, a las aguas termales del volcán, a 40oC, donde nos remojamos un rato, y luego, para refrescarnos, en las del río.
Al día siguiente, exploramos en coche parte del monte, y comemos en el rico restaurante El Explorador, con extensos jardines que vale la pena recorrer. Una trucha deliciosa, del lugar. El turismo de Boquete es de panameños con dinero (reloj caro y camioneta de lujo, güeritas con celular...) que tienen aquí su casa de verano. Muchos extranjeros residentes, dueños de hoteles y restaurancitos: “Pizzeria la Volcánica”, “Bistrot Boquete”. Hay jardines hermosos, y cafetales extensos, los de la Cafetera Sitton (de judíos llegados en 1921, de Europa o de Palestina), hoy de fama mundial.
Otro día comemos igualmente bien en la terracita del “Mozart”, de una peruano-alemana: ají de gallina, jugo de moras, “duro” (helado) de lo mismo, frescas del monte. La florecita llamada “novio” (impatience, en inglés) de todos colores, cubre el monte.
Desde el comienzo de este viaje –cosa rara en mí- me han devorado los insectos, y tengo enronchados ambos tobillos y parte de las piernas. Pero, para Brian y yo, ni un solo malestar digestivo, ni mareo ni dolor de cabeza.
Caminatas diarias de cuatro o cinco horas, la segunda al parque nacional Volcán Barú, donde el único pájaro que vemos es el grajo...
El martes temprano salimos rumbo a Almirante (aquí todos los nombres se refieren a Colón), en la Bahía de Bocas, a un lado del Golfo de los Mosquitos. Feo, sucio, caótico, es el único lugar en el que nos sentimos incómodos, por la presencia hostigante de jóvenes en bicicleta que insisten en “guiarnos a la terminal”. Subimos al transbordador que ha de cruzar la Laguna de Chiriquí para llevarnos a Bocas del Toro. La misma paz y belleza que en la Laguna de Catemaco de México, o en el Lago Baringo, de Kenya.
Esa tarde, tomamos una lancha-taxi para ir a cenar en “El Pargo Rojo”, en la islita de Carenero, donde el chef –¿y dueño?- es un iraní sesentón, atractivo, pretencioso como su comida: pescados aderezados con salsas demasiado pesada, que matan el sabor del pescado. El regreso, bajo el cielo estrellado, fue agradable.
A la mañana siguiente, después del desayuno (no recuerdo el nombre de la casa de huéspedes a la que llegamos, una entre muchas en esa calle mal pavimentada, donde nos dieron un cuerto cómodo en la planta alta, con balcón y hamaca), hicimos averiguaciones sobre la excursión para ver a los voluntarios trabajar con las tortugas en la playa, y quedamos de encontrarnos con ellos y seguirlos en su caminata, de las 20 a las 24hrs. Pero esa noche nadie se presentó y, decepcionados, regresamos al hotel cerca de las 21.
El miércoles tomamos una linda excursión en lancha a Cray Island para ver delfines, nadar entre peces, comer ahí, y pasar a la tarde al parque marino de la Isla Bastimentos, cercana a los manglares, para ver la rana roja. Que encontramos, camino a la playa, más pequeñita aún que una arborícola, de un rojo brillante; y de regreso, una color naranja, como pintada a mano, esmaltada. El guía nos indicó que se podían tocar con la mano, siempre y cuando no se tuviera ninguna lesión en la piel, en cuyo caso podía entrar por ahí el veneno de la ranita. Semanas atrás, en el Museo de Historia Natural de Nueva York, habíamos visitado la exhibición de ranas, doscientas ellas, en terrarios, desde esta miniaturas, venenosas, hasta las gigantes, como una que vimos de noche en La Leona, del Parque Corcovado (Costa Rica)
Noche tormentosa –no olvidemos que estamos en agosto. Por suerte no nos ha tocado ningún huracán. Insomne, abriendo la puerta metálica y las ventilas de madera, me asomé a la terraza. Caía el agua sobre los techos de palma y de lámina, sobre el follaje tropical, sobre la tierra, sobre los charcos. En la terraza, techada, con piso de madera, hay una mesita, una silla, un sillón y una hamaca, en la que me eché, y en la que me hubiera quedado dormida con el arrullo del agua y el viento, de no haber sido por la luz de un farol que me daba directamente en el ojo. Además, temía los mosquitos. Me han picado bien y bonito bichos de toda laya, y tomo el Malarone, pero nadie ha confirmado la advertencia de la OMS sobre posible paludismo en esta región. Volví a la cama, donde Brian dormía -como suele, a pierna suelta-, pero no sin antes de apagar el incómodo abanico.
En el desayuno nos servimos delicioso mango, mamón (lichi), plátano; medio bollo y
café con leche. Salimos rumbo a Boca del Drago (¿por el pirata Drake? No recuerdo ya), en el otro extremo de la isla Colón. Al llegar, encargamos en el restaurante “Yasminiria” un dorado y un mixto de mariscos, en lo que vamos a dar una vuelta. La muchacha argentina (porteña, para más señas), que vende al aire libre joyas de semilla de tagua , nos da una recomendaci ón excelente: A veinte minutos de aquí, nos dice, por la playa, llegarán a un lugar donde pueden ver estrellas de mar en cantidad... Hacemos el recorrido, por arena y matorral. Cuando, unos veinte minutos después, estamos por dar marcha atrás, descorazonados, vemos a unos metros un pequeño grupo de turistas, que con el agua a la rodilla, en traje de baño y cámara en mano, examinan atentamente el agua. Ahí están, sobre la arena, claramente visibles bajo el agua transparente, magníficas estrellas de mar anaranjadas y rojas, del tamaño de un palmo o más grandes: dos, tres, ¡hasta cinco juntas! Uno de los panameños saca una y me la coloca en la palma –me pica levemente-, para que Brian saque una foto. Encantados, regresamos a comer con mucho apetito.
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Con tanta caminata, tanto sol, tanto placer en lo que vemos, hacemos, comemos, me siento joven, llena de energía. Camino, es decir, levanto un pie del suelo, lo pongo delante, a una cierta distancia y en un ángulo determinado respecto del otro: punta, talón, sin prisa; encuentro apoyo, siento el equilibrio antes de levantar el otro, vuelvo a sentir la grata sensación de equilibrio, de manera que puedo sostener esta postura por unos diez o treinta segundos. No dar un paso antes de tener firmemente apoyado el otro; pensar fugazmente en la distancia que hay que recorrer, en el punto final de la caminata, en la distancia que separa un paso del siguiente, en la pierna que sostiene el pie, en el tronco ligeramente inclinado hacia adelante. El terreno puede ser misterioso, indescernible, escabroso. Por ello es necesario avanzar lentamente, buscar con la punta del pie, más que con los ojos, el obstáculo, evitarlo, pasando por encima o a su lado. Todo esto no significa que haya que decir “no” a la aventura, y negarser por principio a tomar el sendero desconocido. Los ojos sirven para ver a la distancia, prever el peligro, o la posibilidad de placer. Sin negarse a esa posibilidad, entonces, hay que mantenerse alerta, capaz de dejar volar la imaginación, sin perder pie; cuidarse a sí mismo, como cuidaría uno de un niño, dándole información, enseñándole a confiar en sus sentidos, a no tomar riesgos innecesarios, ni a cerrarse a la aventura, a mantener viva la curiosidad en el mundo y sus bellezas.
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Tomamos, poco antes de Chiriquí Grande, la carretera que baja a la Finca La Suiza –en la Reserva Forestal La Fortuna- donde pasaremos dos noches. A medio camino, se suelta un aguacero cegador, luego se levanta una neblina que tiene el mismo efecto: el saldo es al menos un coche volcado, varios camiones o “mulas” parados. Tras un ascenso aparatoso en la oscuridad, por terreno escarpadísimo, llegamos a las mismas puertas del comedor de la Finca, a las 8.15pm
El suizo sale a recibirnos con muchos aspavientos, pues sin saber ni querer, impulsados por la fuerza del motor, y las ganas de llegar hasta las luces de la casita, hemos pasado una zanja y aterrizado en su prado... A la mañana siguiente habrá que arreglar el desperfecto, que más bien se produjo cuando Brian –yo ya me había bajado- se vio obligado a retroceder a oscuras, dirigirse de nuevo hacia la zanja, en bajada, despacio, como le indicara el suizo, para quedar ahí atorado el coche. El pobre de Brian pasa parte de la noche insomne (¡!) pensando en como salir de ésta, sin dañar el Nissan alquilado.
Durante la cena, comentamos que nos hemos sentido muy a gusto en Panamá: la gente es amable, cortés, simpática; no encontramos mendigos, ni tenemos malas experiencias con gente deshonesta. Claro que el auge turístico, aunado a la relativa depresión económica, se presta a chicanas. Como sucede en los hotelitos de dos estrellas donde piden pago en efectivo pero no dan recibo, o sea que no declaran ingresos al fisco. De todos modos, dice el suizo, la mayoría de los panameños (y, vale decir, de los latinoamericanos) pobres o ricos, no pagan sus impuestos. Por lo que uno –que viene de los EU donde, al menos en apariencia, sólo los más ricos evaden esa declaración- se pregunta, ¿cómo se sostiene entonces la economía? También aquí hay pobreza, dice el suizo. Pero hemos visto el transporte público en buen estado, los niños uniformados camino a la escuela (salvo, tal vez, los guaraníes); los teléfonos públicos funcionan, las calles están limpias, los panameños no manejan ni en la ciudad ni en la carretera como cafres, y nadie ha tratado de engañarnos con el cambio...
Al día siguiente emprenderemos una excursión por los senderos abiertos en el hermoso bosque de niebla: más mariposas Morpho (de alas azul plateado), trino de aves, todo tipo de vegetación.
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Otro sueño, el viernes 20, en La Finca – madrugada de viento que golpeaba los postigos de las ventanas, el perro bravo que ladraba:
“A decide que ya no va a tomar la levodopa, lo cual causa ansiedad general en la familia. Digo a C que vendré a cuidarla tan seguido como pueda. Con una voz y una expresión que le conozco, me responde: ‘No te molestes. Lo puedo hacer yo sola.’ Me siento mal. D anda por ahí. Sonriente, mi amiga me entrega una nota o telegrama para mi papá, en donde le da la mala noticia sobre A, y firma: ‘sus admiradores de los diarios’. Me siento muy incómoda, pues esa noticia trastornaría a mi papá. Después recapacito, como descubriendo algo, y alegremente exclamo: ‘¡Pero mi papá está muerto!’ O sea, nada puede afectarlo ya...”
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De La Finca, donde se alojaba también otra pareja de jóvenes, Anna y Michael, a quienes damos un aventón hasta la carretera principal, seguimos camino a Aguadulce, porque según la guía hay por ahí cerca unas piscinas a orillas del mar: en efecto, son piscinas de ladrillo que se llenan con el oleaje, y en las que uno se puede remojar. Varias familias pasan ahí el día, y luego comen mariscos en uno de los comederos cercanos.
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Puedo decir que soy buena viajera; adaptable e interesada en descubrir las diferencias, y encontrar las semejanzas de costumbres, de paisajes. Creo que se aprenden nuevas maneras de ver y de entender las palabras; de saborear la comida, y apreciar los colores de las aves, de las telas bordadas. No me importa cambiar de cuarto de hotel, de cama y almohada cada tercer día. Me molesta a veces –igual que en mi casa- que Brian encienda la televisión a todo volumen y controle los cambios de canales, aunque casi nunca hay nada que ver, y el aire condicionado, que me congela. Aparte de eso, lo único que realmente puede llegar a desesperarme en un cuarto de hotel es que, si llego a despertar en la madrugada, no pueda aislarme en otra habitación, encender la luz y ponerme a leer.
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De Aguadulce a Penonomé a El Valle, por segunda vez, en la montaña, para comprar artesanías, especialmente las molas, y animalitos de madera.
De vuelta en el Hotel Marparaíso de Panamá, a la hora del desayuno la mujer de la pareja sentada en la mesa de al lado se nos acerca a platicar. Norteamericanos jubilados, viven en Arizona y viajan mucho. Acaban de estar en San Blas, cerca del Darién. Andan con las mismas guías que nosotros: Lonely Planet, Rough Guide. Quedamos en encontrarnos para salir a cenar esa noche. Encuentro en mi libreta su dirección de correo electrónico, que había olvidado por completo que tenía.
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El penúltimo día Brian y yo vamos al Jardín Botánico, a la entrada del Parque Nacional Soberanía (reserva que se extiende a lo ancho del Istmo).
Hemos visto un cementerio con el nombre de “Jardín del Reposo”, una Funeraria “Resurrección”, una prisión penitenciaria “Renacer”. ¡Le habría encantado a Nikito!
Cenamos en Las Tinajas –restaurante con espectáculo folclórico-, el delicioso sancocho panameño, y disfrutamos del espectáculo de danzas. Pero ya estamos cansados, y dispuestos a emprender el regreso a casa.
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Sept.2004
ECUADOR ---agosto de 1987 y junio de 2005
I
Mi amiga ecuatoriana me llama un día y me dice: “Tengo un amigo en Quito que anda buscando hacer un intercambio entre su casa de campo en las afueras de Quito y un departamento en Manhattan, para pasar un mes con su familia (mujer y tres hijos adolescentes). Antes de pedirle a Carlos que coloque el aviso en las NU, decidí hablarte de esto, sabiendo que Brian y tú son tan aventureros”.
¿Ecuador? ¿Un mes?
Brian consulta a la infalible Madeleine, pidiéndole que nos mande folletos del país, y no nos lleva mucho convencernos de que puede valer la pena pasar un mes en el pequeño país sudamericano.
En conversaciones telefónicas, el doctor Guillermo Alvarez (radiólogo originario de Guayaquil) y yo planeamos la llegada de sus hijos y nuestra partida. Así, recibimos el primero de agosto a dos adolescentes; les mostramos el departamento y les entregamos las llaves, antes de encaminarnos al aeropuerto Kennedy para el vuelo de Ecuatoriana previsto para la 1.40am. Llegamos a Guayaquil y una hora después a Quito, en cuyo aeropuerto nos esperan el dr. Alvarez y su hijo mayor.
II
El segundo viaje lo empezamos a planear Brian y yo a fines de marzo del 2005, una vez aceptada la propuesta (formulada en su tradicional tarjeta navideña) del doctor de repetir la experiencia de intercambio de casas. Invitamos a los muchachos, y en principio les habría gustado, pero cada uno ya tiene sus planes, y entre nuestras amistades a quieneds proponemos que nos acompañen para aprovechar la oportunidad de alojamiento gratuito en Quito, los aventureros acababan de regresar de Yucatán u otro lugar, y los otros no se animaban ante la perspectiva de sudar en la selva amazónica con marchas de cuatro horas, o alojarse en hoteles de 20 dólares la noche.…
Partimos, pues, el 20 de junio; llegamos allá a medianoche, nos alojamos en un hotel de Quito. A la mañana siguiente fuimos a la oficina de Hertz cerca del aeropuerto a recoger el auto, y a la una nos encontramos con el doctor frente al hotel, para seguirlo en el coche al restaurante donde nos esperaba su familia.
Brian y yo no nos medimos con el ceviche, la corvina y la cerveza, y esa tarde sufrimos una fuerte indigestión, considerando que no llevábamos mucho de aterrizar, y nos encontrábamos a 2,800 metros de altura sobre el nivel del mar... Nos aliviamos con Coca Cola y dieta...
A la quinta de San Antonio Pichincha le han hecho arreglos; hace casi veinte años era una especie de villa romana, con las habitaciones en torno a un patio abierto; rodeada de enormes eucaliptos. Hoy es una casa moderna convencional, agradable, pero no original. Las siguientes tres semanas las distribuímos entre Quito, Tena, Baños, Riobamba, empezando con una salida de un día y noche a Otavalo, para el festival del solsticio de verano y el mercado. Llegando, nos detuvimos a comer a orillas del Lago San Pablo, en un restaurante recomendado por el doctor, con vista a los volcanes.
En el mercado de Otavalo, Brian se muestra decepcionado; ya no es el piso de tierra, ni los toldos improvisados por donde caiga: todo está asfaltado, los límites el mercado señalados, de concreto el “toldo”. Apenas reconocemos las calles, también pavimentadas, que llevan a él. Pero, le digo, no puedes pretender que todo se inmovilice.... sobre todo si es en el retraso, la suciedad, la pobreza. Por lo demás, la población sigue siendo la misma, no creo que mucho más próspera, ni menos artista.
El viaje de media hora, por terreno pedregoso, al hotel en la montaña, vale la pena. Es un paisaje bucólico; las cabañas primitivas, como el comedor, con chimenea, donde la pareja que ha comprado el terreno prepara buenos alimentos, que sirven con vino. Al amanecer, los colibríes y otras aves hacen nuestras delicias.
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A continuación: Tena, con excursión de tres días a la selva del Oriente, la Amazonía. Esta fue una aventura tan interesantecomo la de hace casi veinte años. En aquella ocasión, con los niños, habíamos llegado a Misahuallí, para contratar una excursión con Douglas, experimentado guía - de padre americano y madre ecuatoriana-. Temprano subimos a una gran canoa de tronco, con otros seis turistas, y el hijo mayor de Douglas, que toma a su cargo Alan e Ian, y una vez que desembarcamos, los lleva de la mano a lo largo de cuatro horas de caminata a través de la selva, explicando la utilidad y los peligros de la flora y la fauna. Nosotros llegamos agotados, pero los niños, frescos como una lechuga. Allá dormiremos en colchones colocados entre dos árboles, rodeados de mosquitero, arreglo que considero preferible a las tiendas de campaña, posiblemente más calurosas.
Esta vez, sin los hijos, nos alojamos en un nuevo y agradable “pabellón de caza”, llamado Shangri-La en la ladera de un monte, mirando al río Tena. En los cuartos, las ventanas sin vidrio pero con tela de alambre dejan entrar una brisa lo suficientemente fresca como para hacer prescindible el abanico. Tampoco encontramos mosquitos. La comida, fresca y sencilla, es sabrosísima. Ahí, como en otros lugares me empeño en pedir diario pollo (con sabor) o pescado (tilapia, corvina o trucha salmonada).
Durante nuestros tres días ahí, realizamos caminatas de tres horas cada día, con botas de goma hasta la rodilla, poncho para la lluvia, por terrenos mucho más escabrosos que aquellos de 1987; resbalosos, lodosos, empinados; incluso por cañones que había que atravesar de lado, y a veces, apoyándonos en la espalda, las manos y las piernas: como arañas. En una de esas excursiones descubro a mi paso una fer de lance, de aspecto inofensivo, que indico a nuestro guía, el cual con furia le descarga encima varios golpes de machete: 'es la mas toxica de la selva!', dice, y continuacion cubre con tierra, utilizando siempre el machete, el cuerpo destrozado, pues aun muerta puede resultar venenosa...
Parecería que Brian y yo, con la edad, nos estamos haciendo más aficionados a estas locuras –ya la caminata en la playa del parque de Corcovado, en Costa Rica, había sido penosa, ¡pero esto parecía cosa de película!! El buen guía, indio de la Amazonia, resistente como los buenos, no pudo dejar de observar, al final de la caminata, que “nunca había tenido a turistas”de nuestra edad!! (Huelga decir que la gran mayoría de los otros visitantes eran jovenes mochileros, de todas partes del mundo, pero sobre todo Inglaterra y Alemania, aunque también los había españoles y franceses). Por curiosidad, volvemos a Misahuallí, donde encontramos plaza de asfalto, en la que se pasean los monos, y más hoteles y restaurantes de los que recordábamos. Buscamos a Douglas. Nos enseña con orgullo su hotelito, de dos pisos; nos dice que su hijo se hace cargo ahora de los paseos en la selva, desde el pabellón que tienen allá adentro, y que él mismo sólo está esperando poder vender el hotel para retirarse, con su mujer, a Guayaquil, a “pasar mis últimos días”, dice, añadiendo, sin el menor tono de queja, que tiene un cáncer gástrico incurable...
...
De Tena pasamos a Baños de Nuestra Señora, que apenas reconocemos, tanto la ha transformado el turismo. Cafés, restaurantes, hoteles, en todas las calles; y escuelas de español... Estamos terminando de malcomer, en la terraza de un café; el pescado no sabía a nada, las papas, mal preparadas, cuando vemos que con la mano tendida, se acerca a la mesa un viejito harapiento; me pide comida. Nada ha cambiado...
-¿Cómo le doy el pescado?- pregunto a Brian, que me mira inexpresivo, al tiempo que el anciano me tiende un contenedor de plástico, ésos en que se vende medio litro de helado. Le pongo ahí más de la mitad del pescado que no me comí, y las papas. Con vergüenza. ¡Que seamos capaces de esto los humanos! De permitir que nuestros niños, nuestros ancianos, pidan comida como limosna...
Baños se levanta a la sombra del Tungurahua, un volcán activo... A sus baños termales vamos esa misma tarde: delicioso el contraste en el cuerpo del agua caliente, con el aire fresco del crepúsculo. Después de la cena, excursión en “chiva” para ver, supuestamente, las explosiones del volcán, pero estaba muy nublado, de modo que sólo vimos desde arriba la ciudad iluminada, y para mitigar el frio, aceptamos el “canelazo” que nos ofrecieron –té de canela con “piquete” de aguardiente de caña.
Pocos meses después, el volcán hará erupción, destruyendo buena parte del pueblo.
De Baños, la siguiente escala fue Riobamba, al sur de Quito y con mayor elevación que ésta. Bella ciudad colonial, que en su momento fue capital del país, y en una de cuyas lindas casas se alojó brevemente El Libertador, donde escribió una cosa rarísima titulada “Mi delirio sobre el Chimborazo”: Yo venía envuelto con el manto de Iris...
Dicha casa es ahora la sede de la Sociedad Bolivariana, y también local de un restaurancito acogedor en el que hicimos una rica cena al calor de la chimenea. El objeto de nuestra visita a Riobamba era tomar a la mañana siguiente el tren que iba, a vuelta de rueda, por los Andes hasta una famosa formación montañosa denominada “Nariz del Diablo”.
En el interin, voy leyendo con harto gusto e interés el libro de Christopher Isherwood: 'The condor and the cows', diario de viaje sudamericano, de 1947, que Chema me dio de regalo de cumpleaños. Isherwood, el autor de "Goodbye to Berlin" -de donde salio la ya clasica "Cabaret", llego en barco, enviado por un periodico de los EU, a Cartagena de Indias, y de ahi se puso a reocrrer Sudamerica, a traves de Ecuadro, Peru y Bolivia, hasta Buenos Aires, en seis meses. En una de sus páginas, sobre Peru, dice: “The rest of central Lima resembles the duller parts of 19th century Paris; there are spacious avenues and handsome parks, but the oddness and charm of Quito are lacking.”
El Chimborazo, desde la ciudad de Riobamba, amanece radiante a la luz del sol, y luego se pone su tocado de nubes... Las caras de sus habitantes, más que chapeadas, quemadas por el sol de la cordillera.
Hemos de ser más de doscientos turistas sentados sobre cojines que hemos comprado esa mañana misma, o el día anterior, en el mercado, sobre el techo de zinc del tren antiguo, que a 50kms por hora recorrerá los Andes hacia el sur. La gran mayoría vienen de Estados Unidos y Canadá, otros son europeos, y australianos. Entre las piernas estiradas, los zapatos deportivos, los vendedores de agua, soda, galletas, tamales, chocolates, plátano fritos, palomitas, van y vienen ofreciendo su mercancía: incluso té y café. Los ecuatorianos viajan como Dios manda, dentro de los vagones. Cuando el tren arranca, a las 7 de la mañana, el airecillo frío debe hacer bajar la temperatura a 4oC. Al pasar, veo pintado a mano en una barda el siguiente mensaje amoroso: “Dejaré de amarte cuando un pintor logre pintar el sonido de una lágrima”...
Dejamos atrás campos sembrados de quinoa; bello verdor, una presa, chozas, labradores.
En San Pedro de Alausí, a donde llegamos al mediodía, se celebra un festival por el día del patrón. Ahí para el tren unos quince minutos, que todos aprovechamos para empezar a quitarnos capas de ropa, ahora que el sol atiza con fuerza. Los más prudentes trajeron protector solar, lentes oscuros y sombrero.
Llegamos a nuestro destino: la formación montañosa que sólo con mucha imaginación puede compararse con la Nariz del Diablo (pero, qué sé yo), y ahí el tren hace retroceso en la vía y regresa a Alausí, donde nos bajamos a comer, y a tomar el autobús que en la mitad de tiempo –dos horas- nos llevará de vuelta a Riobamba. Aquí visitamos el museo del Monasterio de la Inmaculada Concepción del siglo 17, muy interesante. Su lema, en el dintel de una puerta: “Si al cielo quieres ir- fielmente cada día- recuerda que a María- confiada has de acudir.”
Al día siguiente emprendemos el regreso a Quito, muy remozado su centro histórico gracias a la iniciativa de un alcalde consciente.
En las calles del Quito viejo o nuevo –da igual-, las típicas niñitas quechuas, de ocho o nueve años, que parecen de seis, llevando a la espalda al hermanito de meses. Una de ellas, sentada contra la pared, se cae de sueño, casi encima de la criatura. Dos jóvenes quiteñas se detienen, le hablan.
Poco más adelante, encontramos una hermosa iglesia católica con fachada gótica. Y nos enteramos de que el Papa Juan Pablo II dió instrucciones para que cesara la ayuda que daba el Vaticano destinada a su reconstrucción, debido a que algunas de las gárgolas representaban a animales amazónicos...
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Del diario de viaje de 1987 copio:
Archidona, martes 18 de agosto
Plaza florida, donde perfuman las madreselvas y dan color los hibiscus. Su iglesia tiene una fachada sienesa.
A media tarde estoy con los niños a orillas del río Anzu. Ellos, metidos hasta media pierna. La corriente es veloz, tras una leve crecida como resultado de la lluvia de anoche que sólo paró esta mañana. Orilla barrosa. Los archidonianos se divierten cabalgando las olas en flotadores. Nos alojamos en la Residencia Regina, muy aceptable, que ocupa lo que eran los cuarteles militares. Y encontramos en los alrededores a norteamericanos miembros de la Guardia Nacional. Aparentemente, están ayudando a reparar puentes. ¿La verdad? Protegen la zona petrolera (de esto se sabrá más en los años siguientes).
Desde el regreso de Misahuallí, empezó el fin de la luna de miel con el Suzuki. Se paró a media hora de Puerto Napo, y hubo de ser arrastrado por un mecánico–con nosotros cuatro a bordo- hasta Archidona. Llegamos, sobre todo mi marido y yo, más muertos que vivos por la tensión nerviosa, y encima, blancos de polvo.
El lunes visitamos el taller del maestro Teopanta, quien dictamina que el empaque está quemado y hay que cambiarlo. Pero sólo es posible conseguir el repuesto en Quito.
Tendré que ir yo a comprarlo donde él me indica.
Camión de las 7.30 horas, viaje de cinco, sin asiento, en el piso, en medio de las dos filas. Llego a Quito a mediodía, exhausta. Voy de un lugar a otro en taxi, consigo la pieza. Tomo de regreso el autobús de las 17hrs a Archidona. Asiento No. 19, duro y estrecho, en la última fila, entre dos matrimonios, uno de ellos fumador. Durante cinco horas, sin interrupción el chofer tuvo encendida a todo volumen la casetera
con horrores como éste: “No es mi señora...pero me adora como Dios manda...”, y otras con un trío ecuatoriano, imitadores menores de los Panchos.
-El jeep estará listo esta tarde- nos dice el maestro Teopanta.
De regreso en Quito, vamos a comprar víveres a El Bosque, centro comercial de lujo. Aprovechamos para hacer que les corten el pelo a Alan e Ian, por la mitad de lo que me cobran en la peluquería de Broadway y la 94, que ya es barata. Todos los nombres de los negocios en inglés. Por ejemplo: Baboo, con su lema bobo: “Más que un jean, una forma de vivir”. El tremendo contraste entre esto (luces, voces por altoparlantes, aterciopeladas, prendas de vestir Lacoste, camisas inglesas de tela y fabricación importada; equipo deportivo del más caro; mucha mezclilla, mucho zapato tenis), y los chiquitos harapientos que se pierden en ese laberinto de rosas y miel, pero no para sus labios...
Frente a un carrusel, una niña quechua, madrecita en miniatura, sombrero de tela sobre el cabello sucio, trata de convencer a su hermanito de que la siga. El chiquito, de unos dos años –aunque nunca se sabe con certeza, son tan pequeños en general debido a la desnutrición- está haciendo un berrinche de ésos: quiere subir a los caballitos, se arranca su propio sombrero y lo arroja al piso, las mejillas más encendidas de lo habitual.
Cuando los volvemos a ver, un cuarto de hora más tarde, el pequeño, sentado en el piso, sigue llorando desconsoladamente, sin que la hermanita pueda hacer nada por él.
-Qué le pasa- me acerco, le veo la carita cubierta de mocos.
-Quiere subirse al caballito- dice la hermana-madre- y no tengo sucres.
-¿Te quieres subir tú?
-No.
-Señorita- me dirijo a la otra quechua, “aculturada” ya, que ha mirado la escena-, cuánto cuesta la vuelta.
-Déjelo, señora- me dice, rechazando las monedas-, yo los dejo subir.
Unos pasos más adelante, me vuelvo.
La niña está de pie, sosteniéndose con una mano en la brida del caballo blanco que su hermano cabalga, y con la otra en el manubrio de una motocicleta de madera. El niño ya no llora. Da una vuelta, y lo veo de frente; tiene los ojos entrecerrados, y sonríe beatíficamente.
Yo sé que estos gestos míos, estas intenciones de limosnas, no ayudan a resolver nada.
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El domingo siguiente partimos a Ambato. En Baños hace frío y la comida es mala. Pero el zoológico nos encanta. Y la cena en un “chifa” (café de chinos) no está mal.
El lunes, al mercado. Nada extraordinario, salvo por la gente: tejedores de Otavalo, y de Salasaca (venidos de Bolivia). Luego a Riobamba. Cuando queremos seguir a Cuenca, más al sur, nuevo desperfecto del jeep: hace ruido en el cambio de velocidades. Taller. Vuelta forzosa a Quito. El martes: madrugar para ir al mec ánico; hay que cambiar algo del embrague, y esto llevará dos días. Pensamos en la posibilidad de alquilar un coche por ese tiempo, pues no tenemos ningun otro medio de salir de la casa..
La tensión me tiene agotada.
El jueves, al fascinante mercado de Saquisilí: de animales: vacas y terneras; gallinas cacareadoras, pollos piadores, pavos que gluglutean, patos que graznan; cerdos que chillan. En otra plaza: sarapes, chompas (jumpers); tejidos de Otavalo; tapices, rebozos; en otra: frutas, verduras (coles enormes, bananos, mandarinas, naranjas); granos, cereales, harinas, pastas; en otra: canastas, cuerdas, shigras (morrales multicolores de henquen). En otro puesto, comida: papas, carne de cerdo. A lo largo del pueblo, cruzado por carretas de caballos, autobuses, camiones y autos que avanzan a vuelta de rueda: el mercado de ropa de poliester y acrílico. Desde algunos coches, los merolicos, por altoparlantes, ofrecen gotas Visine para los ojos, aspirinas para el dolor de cabeza, aceite de cocina, pomada para el dolor reumático, cedazos, cacerolas...
Almorzamos en el Salón Pichincha, a una cuadra del parque y de la iglesia. Tres comidas: sopa de quinoa (el cereal de origen inca), con carne y papas, y un seco de carne (con arroz y frijoles), dos aguas minerales y una cola--- por un dólar cincuenta.
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Vuelvo al viaje más reciente: junio de 2005
Con una invitación que nos transfiere el dr. Alvarez, asistimos (después de sudar la gota gorda para encontrar el estacionamiento en esas calles empedradas que suben y bajan, en un sentido y en otro) a un concierto en el renovado y hermoso Teatro Sucre, del siglo XIX. Grieg, Bizet y Debussy, con un pianista suizo invitado.
Al día siguiente, merced a otra invitación de nuestros amables anfitriones, salimos con el grupo de Rotarios rumbo a Mindo para ver los variados, maravillosos colibríes, que se muestran indiferentes a nuestras infatigables cámaras mientras chupan el agua azucarada de los contenedores en forma de flores de colores.
En el camino al centro de la ciudad, donde se encuentra el Hotel, veo volar los siniestros pájaros negros de plástico, que aterrizan o se quedan colgados de los postes o de los árboles: ofensa para la vista y peligro para las aves de verdad. “QUITO ES SUYO, AMELO”.
Desde acá son visibles los varios volcanes que lo rodean: el Cayambe y el Intisana, nevados y activos; el Cotopaxi. Escribe un especialista: “Históricamente el Cotopaxi es el volcán más peligroso en el Ecuador pero ha permanecido relativamente quieto por algún tiempo. El Pichincha erupcionó en el 2000. El Intisana todavía esta algo activo y es la fuente local de terremotos”.
Bajamos hasta la Reserva Biólogica de Tandayapa, paraíso de colibríes (chupamirtos, chuparrosas) en la ladera del volcán Pichincha.
Dos días después, por nuestra cuenta, vamos a Mindo. El camino de cornisa es espectacular; verdor por todas partes; desde los eucaliptos hasta la vegetación tropical.
Nos levantamos a las cuatro de la mañana para salir en el coche del guía, subir a oscuras el monte casi una hora más tarde, y esperar a que aparezca, primero con gran alharaca, de gritos como de niños llorosos, y luego en la rama, al otro extremo de la lente del poderoso telescopio del guía: el extraño gallo de la roca, de brillante plumaje colorado, con un cuerno en la frente, cubierto de plumas.
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Esta vez decidimos ir a la playa de Atacames, provincia de Esmeraldas, en la costa del Pacífico. Lindo bungalow en la playa, del que nos corresponde una habitación minúscula, frente al mar. Estando en la playa oímos hablar en italiano a unas niñitas, cuya madre, ecuatoriana, lo champurrea. Evidentemente se trata de un caso semejante al de la mujer del chofer que nos había llevado del centro al aeropuerto, el primer día: mujeres que se van a Italia (no sé cómo se hacen contratar y llevar), donde trabajan como empleadas domésticas, enviando remesas a Ecuador, para el resto de la familia, esperando conseguir papeles y hacer que ésta se les pueda reunir.
Esa tarde, veo una mariposa que me llama mucho la atención. Revolotea cerca del mar, y luego aterriza en la arena. Tiene alas como las de la mariposa ‘cola de golondrina”, de un verde brillante con negro: Urania lelius, me entero más tarde, leyendo la guía de flora y fauna del Ecuador: “los machos chupan sodio y otros elementos químicos de la arena; migran de la Amazonía; son activos en días luminosos.”
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De modo que, para resumir, viajamos a lomo de tren por la sierra y contemplamos las cumbres nevadas de los volcanes; recorrimos la selva humeda, a pie, enfundado en bota de hule hasta la rodilla; nos metimos a piscinas de aguas termales al lado del Tunguragua, que poco despues haria erupcion en Banos; cmimos ceviche, tilapia, trucha salmonada, corvina; yuca y patacones fritos. Nos asoleams, nos quemamos, nos picaron los mosquitos, tomamos pastillas contra el paludismo, sufrimos diarrea, dormimos de dia, despertamos de noche, madrugamos para subir al monte y ver pajaros extranos... y como siempre, desde hace treinta y dos años, regresamos mi marido y yo con una experiencia de viaje memorable y unica.
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La 'Rough Guide' propone la siguiente bibliografía para quien quiera conocer más sobre Ecuador:
Ludwig Bemelmans, 'The Donkey Inside' (aparentemente muy polémico en su momento)
Henri Michaux, 'Ecuador'
Richard Poole, 'The Inca smiled'
Demetrio Aguilera Mata, 'Don Goyo' (1935)
Jorge Icaza, 'Huasipungo' (clásico ecuatoriano, 1934)
Luis Sepúlveda, 'El viejo que leía novelas de amor' .
SI no hubiera sido porque Madeleine, nuestra agente, sugirió que voláramos a Panamá en vista de que las tarifas eran más económicas que para Costa Rica, y que de ahí, con el coche alquilado, cruzáramos la frontera para visitar los famosos parques de esta última, nunca se nos habría ocurrido visitar el país del Canal, del que no sabíamos nada más, principalmente por un prejuicio –tal vez mayor entre los latinoamericanos-, contra un país que “se había sometido” a la voluntad de los EU, precisamente en lo tocante a ese Canal, como si fuera el único país del continente en el que fuera flagrante la presencia del “Coloso del Norte”…; como si la base de Guantánamo no existiera, o no se supiera de los espías de la CIA en las distintas universidades latinoamericanas... Pero el prejuicio estaba ahí. Yo sólo había conocido a dos panameños en mi vida, los dos mulatos, los dos muy agradables personas: una en Burdeos, otro, traductor, en las Naciones Unidas. Pensábamos que era un país sin atractivos, porque nunca habíamos leído guías turísticas, o hablado con alguien que hubiera estado allá (“el que no sabe –es decir el que no lee- es como el que no ve”). De hecho, cuando mi hermana regresó de una visita a la ciudad de Panamá, donde vivía su hija, escuché sus comentarios elogiosos sin mucho interés.
Ya en la ciudad, con guía en mano y una idea general de lo que merecía verse, nos dedicamos a recorrer los puntos de interés los dos primeros días. No nos decepcionó en absoluto, al contrario, la encontramos agradable, ordenada y limpia –el agua es potable, salvo en la costa del Caribe-Atlántico.
Yolanda, la recepcionista del Hotel Marparaíso (dos estrellas), no lejos del Malecón, pese a su cabello rizado artificialmente y a las sombras color turquesa que teñían, también artificialmente, sus párpados, resultó inusitadamente atenta, eficiente y amable, dispuesta a resolvernos la menor duda o problema, y así nos ofreció, para que nos llevara a recorrer parte del Canal, los servicios del chofer del hotel que nos había recogido la noche anterior en el aeropuerto, sanos y salvos. Sólo que sin equipaje ya que, por los efectos del huracán ... en Miami, nuestro vuelo llegó con retraso y perdimos la conexión. Brian armó un discreto alboroto y logró que nos pusieran en un vuelo de Iberia. Lo que tuvimos que hacer al día siguiente, fue ir a las oficinas de American Airlines en la ciudad, y por último, ya que ninguna de las dos líneas nos daba una respuesta satisfactoria, al aeropuerto al caer la tarde, con el mismo chofer del hotel.
Allá vimos las esclusas de Miraflores a la hora en que se abrían para dar paso a los buques, escuchando las esplicaciones de un guía. Impresionan las dimensiones de la estructura, de los buques mismos; la tecnología que permite el subibaja del nivel del agua.
Otro día recorrimos el Casco Viejo de la ciudad, vigilado por patrullas en bicicleta. Y, pasando por el Barrio Chino, comimos en el Mercado de Mariscos, en una zona que nos advirtieron podía ser peligrosa. Otra tarde, en taxi, a las ruinas de la ciudad antigua, antes de terminar en una de las pocas librerías de la ciudad: bien provista, de libros en inglés y en español, pero en general caros. Por la noche, a falta de algo mejor, acudimos a uno de los Cineplex, o Cinemark, a ver una de Hollywood.
Todo es muy barato, la gente es muy amable, honrada. Muchos hablan bien en español, y algunos cuantos hablan inglés. Asimismo, muchos quisieran tener aun ahi a los norteamericanos de la Zona del Canal, que les daban oportunidades de empleo; pero muchos también sospechan que siguen ahí, clandestinamente, para vigilar que nada amenace sus intereses.
Por lo demás, tanto en la ciudad como en carretera manejan con cuidado, respetando las señales, y según nos vamos enterando, al igual que Costa Rica, el nivel de los servicios de educación y de salud es más elevado que en el resto de América Latina.
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El jueves 6 salimos de ‘Panama City’ en el Nissan 4X4 alquilado, con rumbo a la frontera con Costa Rica, por la Panamericana. Primero llegamos a Santiago, donde pasamos una noche, y luego, monte arriba, a Santa Fe, donde según la Lonely Planet había que visitar la colección de orquídeas de la señora Bertha (futura alcaldesa del lugar), quien nos recibió muy amablemente en su hermoso jardín, donde pintaba pájaros en madera . Hizo que nos trajeran un sabroso café caliente, y después de charlar un rato nos llevó a mostar las orquídeas miniatura y, aunque acababa de pasar la temporada, muchas otras, que ha recogido del monte. Ha fundado una asociación, y el próximo fin de semana tendrá lugar en Santa Fe la VIII feria de las orquídeas y las aves de Panamá. Es un alivio el aire del monte, templado, despues de los dias en la costa, con un calor humedo exagerado.
Comemos en el restaurante de la Cooperativa (arroz con pollo, frijoles y ensalada, con agua de fruta, por dos dólares!). En el mercado de artesanías compro un sombrero de paja, no finísimo, pero bastante bueno y muy barato. Antes de ir a dormir, en el Hotel Santa Fe, disfrutamos contemplando un cielo sin nubes y cuajado de estrellas.
Quedamos con la señora Bertha en que nos mandaría a la mañana siguiente a un guía para subir a Alto de Piedra, un cerro en donde se pueden ver pájaros. Así pues, poco antes de las seis estábamos recogiendo en el coche a Manuel, quien esperaba en la plaza. Un ascenso de casi media hora por terreno escabroso y luego una caminata de otra media por terreno pedregoso y mojado, en busca de los pájaros perdidos... Todos se escapaban –según el guía. Entramos en la selva misma: intrincada red de troncos y lianas, sobre terreno húmedo y desigual. Por fin, habiendo perdido ya toda esperanza y muy cansados (al menos yo), pudimos divisar, gracias al ojo avizor de Manuel, en un claro, allá a lo lejos y en lo alto, posado en una rama, un tucán (con binoculares vimos su perfil característico, que movía de un lado a otro, como para lucirse más): el llamativo contraste entre el picote amarillo y el plumaje negro. Encantados con al menos ese hallazgo, emprendimos el regreso.
Desayunamos en el hotel. Le dicen “hojaldre” a un tipo de buñuelo sin miel, y tortilla de maíz a una tortita hecha, no con masa de maíz cachuazintle cocido en cal (como la mexicana), sino con harina de maíz. Huevos revueltos con frijoles, café con leche muy rico.
En Santa Fe se vende café del Cerro Tute, y bordados, o más bien, los diseños de colores brillantes aplicados de los indios Cuna.
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De regreso, nos detenemos en San Francisco para ver la –según el libro- bella iglesia estilo barroco. Pero, oh decepción, lleva un año cerrada por obras de restauración. Huelga decir que, en este país ítsmico, las distancias en todas direcciones son cortas. De modo que subimos de la costa a mil metros sobre el nivel del mar en un santiamén.
Desde Santiago seguimos en dirección poniente, rumbo a David, segunda ciudad en importancia comercial, muy poco atractiva. Tiene su gran centro comercial: "Mall Chiriquí" –nombre de la provincia-, típico hoy en día en toda América Latina: concentración comercial fuera del centro urbano, sin conexiones de transporte público y por lo tanto, destinado a una minoría de clase media que llega en coche propio y, una vez en el “mol”, puede pagar los juegos para niños y adolescentes, los productos de marcas norteamericanas fabricados en Taiwan, Hong Kong, México... La otra minoría, aun más reducida y exquisita, no tiene por qué venir al mol Chiriquí, puesto que puede permitirse el de New Jersey.
Ya venimos enterados de que no podremos cruzar la frontera con coche alquilado, y hemos preguntado previamente en el Hotel Castilla de David, donde pasaremos una noche, si podemos dejar el coche en el estacionamiento, y nuestras dos maletas, en lo que pasamos a Costa Rica.
Llevaremos sólo mochilas grandes a la espalda, con lo necesario para cuatro días de intenso calor húmedo, además de las botas que consideramos necesarias para internarnos en la selva.
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A Costa Rica
El lunes 9 vamos a la terminal de autobuses de David a tomar el de las 6.30am para Paso Canoas, en la frontera con Costa Rica. Dos horas más tarde, pasamos migración, y abordamos otro que nos lleva a Golfito, ya en Costa Rica, donde pasamos la aduana. En ambos casos, a juzgar por las colas, el trámite de salida es mucho más rápido que el de entrada. En Golfito cambiamos los dólares de EU que pueden usarse en Panamá (aunque los precios se dan en balboas) por colones (440 por 1 dl.), y desayunamos, antes de ir al muelle a esperar el transbordador, que debe llegar a las 11. Son las 9.30, de modo que cuando un capitán de panga o taxi colectivo nos ofrece llevarnos de inmediato, con otros siete pasajeros, por 5 dls cada uno, aceptamos. En una hora estamos en Puerto Jiménez.
Caminamos unas nueve cuadras hasta la oficina de turismo, para confirmar nuestro alojamiento en el campamento “La Leona”, pero nos encontramos con la mala noticia de que NO hay lugar para nosotros...¡pese a que habíamos reservado desde Nueva York, tres semanas atrás! El agente pretende que pasemos la noche en Puerto Jiménez y comencemos nuestra excursión selvática apenas al día siguiente. Brian se muestra ferozmente inflexible, defensor de nuestros derechos. Exige hablar con el administrador, y para darse tiempo de arreglar el lío, el agente nos pide que esperemos en el café de al lado, donde, en efecto, comemos un sanduich con un jugo de fruta en lo que llega la camioneta que ha de trasladarnos a Carate después de que el muchacho pasa a avisarnos que se respetará nuestra reservación.
Dos horas después, estamos en la playa, a casi tres kilómetros, que hemos de recorrer a pie para llegar al campamento, en el Parque Nacional Corcovado (Península de Osa), entre el oceáno y la selva.
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Desde el momento en que, en Nueva York, Brian me da a leer las instrucciones sobre cómo llegar al famoso campamento, muero de pensar en esa caminata sobre la playa, con mochila pesada a la espalda. Pero, me “condiciono”: respiro profundamente y no pienso en tres kilómetros, sino en distancias mucho más cortas, hasta llegar a la que separa un paso, con rodillas flexionadas, del siguiente (pensamiento budista). Además, me ayudo imaginando que soy una china vieja y menudita, de esas que recorren enormes distancias en el monte, caminando como yo, a saltitos...
Le pido a Brian que cargue mis botas; pues tenemos que cruzar una o dos veces vados . Para nuestra gran sorpresa, llegamos, yo sin quejarme una sola vez, y en los cuarenta minutos previstos!
Al llegar, a eso de las 16hrs, nos recibió muy atentamente el dueño, un costarricense que, segun nos cuenta, al terminar la preparatoria se puso a trabajar y se relacionó con gente de hotelería. Entonces, en lugar de entrar a la universidad, decidió proponerle a sus padres, propietarios del terreno, la idea de un albergue ecoturístico. De eso hará tres años. Enterado de que somos los que tuvimos que pelear en Puerto Jiménez, nos anuncia que tenemos, no sólo tienda, sino la mejor del conjunto: en un promontorio desde el cual se tiene una vista privilegiada del mar, con la selva detrás.
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Después del desayuno a eso de las siete, preparamos la mochila (agua, kleenex, binoculares, protector solar, impermeable y sandalias de hule), y nuestra vestimenta: pantalones, playera, zapatos tenis, para iniciar a las 7.30 la caminata desde la entrada al parque.
Con autorización del guía, que no aceptó nuestra oferta de pago, nos sumamos al grupo que se dirige a “La Sirena”, otro campamento. Se trata de los holandeses que llegaron ayer, poco después que nosotros, y por quienes estuvimos a punto de perder nuestro alojamiento aquí la primera noche.
Empezamos, pues, la caminata por el sendero selvático, teniendo al poniente, abajo, el mar bravío. Nos topamos con una familia de pisotes (coatí o mapache de nariz blanca), monos araña, papagayos bandera (vuelan siempre en pareja); un trogón, bellísimo pájaro pariente del quetzal: de cabeza verde tornasolado. Varios anolis rayados, muchos cangrejos ermitaños, alguna que otra mariposa enorme (la Morpho).
Cruzamos el vado del río Madrigal. Emprendemos el regreso por la playa, y cuando empieza a golpear el sol del mediodía, de nuevo por el sendero.
Volvemos al albergue sudados y sedientos, tras cuatro horas de caminata. Tomamos un jugo, descansamos en las hamacas. Decidí meterme un rato en el refrescante chapoteadero, y luego seguir leyendo Cena con amigos de Donald Margulies, habiendo visto hace poco en Nueva York otra obra suya, muy buena: “Sight unseen”.
Comimos pollo con cilantro y apio, arroz blanco, fijoles, ensalada. Jugo de sandía. Todo fresco y sabroso. Una infusión, y luego siesta de una hora.
Madrugada tormentosa; ya desde el crepúsculo nos tocó ver uno o dos relámpagos, detrás de las nubes. En la mañana seguía lloviendo. Desayunamos y nos entretuvimos platicando con un maestro belga y un estudiante inglés (curioso, muy simpático), de ciudades, cultura, educación. Brian, el inglés y yo comentamos que tuvimos sueños muy intensos, vívidos, ¿debido a la tormenta? Los míos, uno tras otro, se desarrollaban interesantes y placenteros. Al día siguiente no los recuerdo, sólo la sensación.
Más tarde recuerdo uno: Alguien decidía dejar sus excrementos en la playa. Y enseguida, otra persona hacía toda una disquisición acerca del simbolismo de tal gesto: ¿dejar huella? En la vigilia, analizo: ¿es eso lo que pienso de mis escritos (mi forma de dejar huella): que son mierda? -¿a qué se debió la sensación de placer? ¿a que no parecía haber conflicto?).
A la hora de la cena, conversamos con varios de los compañeros de aventuras. Una familia de la India nos convence de ir a Bocas del Toro, en el Golfo: atractivo, dicen, y no peligroso, como creíamos –o como creía Brian, tal vez pensando más bien en San Blas, también en la costa del Atlantico, pero más del lado del Darién, ése sí peligrosísimo.
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A poco de internarse en la selva, a una española (“vasca!”, me corrige, como si en su pasaporte no dijera “España”!), ¡la picó un alacrán azul! Fuera de la hinchazón de la mano, sólo sufrió el susto. Corrió a buscar a uno de los encargados del hotel: “Está todavía viva... Dése de santos... malo que hubiera sido uno negro...”
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En la selva, la vida es intensa, promiscua, a diferencia de lo que ocurre en la sabana, de enormes espacios llanos, claros, con uno que otro matorral, acacias espinosas, y donde las manadas de gacelas, cebras, forman apenas manchas oscuras en la inmensidad dorada, o a orillas de un raro ojo de agua. En el bosque tropical, en cambio, no hay espacio sin vida, no un milímetro cuadrado sin una agitación vital, aunque no sea visible. También, a diferencia de los tonos apagados, del verde claro al amarillo claro de la sabana, la naturaleza aquí es multicolor, abigarrada: colores que van del café oscuro de un tronco u hoja mojada, al naranja y amarillo de la hoja seca, el verde intenso de muchas plantas, el verde claro de los helechos, el escarlata o azul de algunas florecillas, y el dorado de unos frutos. Plantas, lianas, enredaderas abrazadas a los troncos gigantescos, raíces que forman escaleras, muros. Cangrejos rojos, mariposas azules y amarillas, saltamontes, hormigas arrieras, infatigables, escorpiones, gusanos, culebras, y arriba, entre el follaje, sobre las ramas, monos y guacamayas. La fragancia de la selva: de frutos caídos y semicomidos, de flores, hojas, hongos. Almendros de la India, teca, cocoteros, plátanos, aguacate.
Al anochecer, nos rodean los aullidos de los monos, el vuelo circular y rápido de los murciélagos, y el permanente rumor del mar.—Flores vistas durante este viaje: orquídeas, flor de nochebuena, buganvilia por todas partes, floripondios blancos y rosados, llamarada (flamboyán), novio. Arboles: higuerón (ceiba), eucaliptos, pinos, cedros, teca (hoja grande, floración blanca), y miles de plantas más, de monte y de selva.
Brian tuvo la buena idea de traer casi diez bolsitas de plástico, con cierre hermético, para proteger de la arena, del agua, etc., la cámara, los binoculares, su GPS manual.
Por la mañana hacemos una caminata de dos horas; y después de la comida y el descanso, una más larga, de cuatro, por el sendero que sube detrás del campamento. En el monte, un rugido como de motor de avión, o aullidos de perro en celo, nos hiela la sangre; intermitente, cada cuatro o seis segundos. Llegamos a la conclusión de que se trata del oleaje, del viento y el mar. Pero más tarde nos enteraremos de que eran los monos aulladores. Allá arriba vemos a un mono araña: desde el otro lado, colgado de la cola, se acomoda en una rama, y parece que, con su cara que parece que lleva anteojeras blancas, nos hace carantoñas.
Volvemos casi sin aliento. Nos cambiamos y decidimos probar el mar: hasta media pierna solamente, pues aunque es deliciosa la temperatura, hermoso el color, intenso el aroma, la corriente de fondo es tremendamente fuerte, y nos da miedo. Las brillantes guacamayas, en pareja, cruzan rozando el mar. Refrescados, felices, nos secamos con el sol de la tarde.
Creo que para el último día sólo nos queda una muda de ropa seca: el resto nunca se ha secado, entre el sudor, la humedad ambiente y el agua de ríos, mar y lluvia... Eso sí, diario nos hemos podido bañar: hay cuatro excusados y regaderas para las doce tiendas del campamento: todo muy limpio.
Al cabo de tres días, salimos del campamento, de la misma manera en que llegamos, pero con mejor conocimiento de causa. Cuando estamos esperando en Carate con otros turistas la camioneta que llegue a recogernos, Brian me señala en silencio algo sobre su cabeza, en una de las ramas fuertes de un árbol no muy alto, de follaje escaso: enrollada, duerme pacíficamente, indiferente a nuestra presencia, una boa constrictor verde claro...
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Al llegar a Puerto Jiménez decidimos pernoctar ahí. Antes, pasamos a la agencia de turismo a ver qué pueden ofrecernos para esa tarde –ya no es hora de ver
pájaros . Paseo por los manglares, en canoa . El taxi nos lleva al negocio de Alberto, quien fabrica sus propios kayaks, muy ligeros y boyantes. Le decimos que somos inexpertos. –No se preocupen, dice. Y nos enseña, de pie en el patio de su casa, a sostener y mover los remos. Es todo. Nos coloca en una canoa a Brian y a mí –yo adelante, llevando el ritmo del remo. El, en la suya. No nos parece muy difícil, pero sin duda exige concentración y buen ritmo; de todos modos, por inexpertos, levantamos demasiado el extremo y nos empapamos cada vez que lo sacamos del agua.
Recorrer así los manglares, prácticamente en silencio –sin motor- es una delicia. Vemos los mangles negro, rojo y blanco, y los cangrejitos rojos que viven en ellos; escuchamos, junto al chapoteo de los remos en el agua, el castañetear de las almejas que, nos dice Alberto, escupen con ese ruido lo que no necesitan para alimentarse. Aparecen uno o dos hermosos martines pescadores. Llegamos a una playa; los hombres sacan las canoas y las arrastran un trecho al otro lado: el mar. El guía corta con su machete el coco y la piña que cargó consigo, para que nos refresquemos. Y ahora, ¡al mar con las canoas! Cerca de la orilla, pero igual, hay que cabalgar las olas. Yo voy con mucho miedo, y al mismo tiempo, disfrutando la experiencia.
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De vuelta en Panamá
El cruce en Frontera (Costa Rica) a Puerto Canoas (Panamá) es agitado. El autobús llega a Panamá, y a continuación hay que caminar unos cien metros de vuelta para pasar migración en Costa Rica. De vuelta a Paso Canoas, acudir a una oficina del otro lado de de la carretera para mostrar el pasaporte, pasaje de avión y tarjeta de crédito, y obtener, mediando el pago de cinco dólares, una tarjeta de turista.
El sábado 14 nos preparamos para salir de David rumbo a Boquete(paso entre cordilleras). Este poblado encantador se encuentra a unos mil metros sobre el nivel del mar, en la provincia de Chiriquí, cerca del volcán Barú y el Parque Nacional de la Amistad, que comparten Panamá y Costa Rica. La temperatura es agradable, la vegetación variada: flores de ornato, cafetales, bosques.
Tenemos reservaciones en el Hostal Boquete, a orillas del rumoroso río Caldera. De inmediato contratamos al guía Feliciano, un hombre de unos cincuenta, enjuto, de piernas musculosas, cabello medio cano, mirada aguda y hasta algo sardónica: habrá visto mucho, en sus años. Nos lleva, en su auto, a las aguas termales del volcán, a 40oC, donde nos remojamos un rato, y luego, para refrescarnos, en las del río.
Al día siguiente, exploramos en coche parte del monte, y comemos en el rico restaurante El Explorador, con extensos jardines que vale la pena recorrer. Una trucha deliciosa, del lugar. El turismo de Boquete es de panameños con dinero (reloj caro y camioneta de lujo, güeritas con celular...) que tienen aquí su casa de verano. Muchos extranjeros residentes, dueños de hoteles y restaurancitos: “Pizzeria la Volcánica”, “Bistrot Boquete”. Hay jardines hermosos, y cafetales extensos, los de la Cafetera Sitton (de judíos llegados en 1921, de Europa o de Palestina), hoy de fama mundial.
Otro día comemos igualmente bien en la terracita del “Mozart”, de una peruano-alemana: ají de gallina, jugo de moras, “duro” (helado) de lo mismo, frescas del monte. La florecita llamada “novio” (impatience, en inglés) de todos colores, cubre el monte.
Desde el comienzo de este viaje –cosa rara en mí- me han devorado los insectos, y tengo enronchados ambos tobillos y parte de las piernas. Pero, para Brian y yo, ni un solo malestar digestivo, ni mareo ni dolor de cabeza.
Caminatas diarias de cuatro o cinco horas, la segunda al parque nacional Volcán Barú, donde el único pájaro que vemos es el grajo...
El martes temprano salimos rumbo a Almirante (aquí todos los nombres se refieren a Colón), en la Bahía de Bocas, a un lado del Golfo de los Mosquitos. Feo, sucio, caótico, es el único lugar en el que nos sentimos incómodos, por la presencia hostigante de jóvenes en bicicleta que insisten en “guiarnos a la terminal”. Subimos al transbordador que ha de cruzar la Laguna de Chiriquí para llevarnos a Bocas del Toro. La misma paz y belleza que en la Laguna de Catemaco de México, o en el Lago Baringo, de Kenya.
Esa tarde, tomamos una lancha-taxi para ir a cenar en “El Pargo Rojo”, en la islita de Carenero, donde el chef –¿y dueño?- es un iraní sesentón, atractivo, pretencioso como su comida: pescados aderezados con salsas demasiado pesada, que matan el sabor del pescado. El regreso, bajo el cielo estrellado, fue agradable.
A la mañana siguiente, después del desayuno (no recuerdo el nombre de la casa de huéspedes a la que llegamos, una entre muchas en esa calle mal pavimentada, donde nos dieron un cuerto cómodo en la planta alta, con balcón y hamaca), hicimos averiguaciones sobre la excursión para ver a los voluntarios trabajar con las tortugas en la playa, y quedamos de encontrarnos con ellos y seguirlos en su caminata, de las 20 a las 24hrs. Pero esa noche nadie se presentó y, decepcionados, regresamos al hotel cerca de las 21.
El miércoles tomamos una linda excursión en lancha a Cray Island para ver delfines, nadar entre peces, comer ahí, y pasar a la tarde al parque marino de la Isla Bastimentos, cercana a los manglares, para ver la rana roja. Que encontramos, camino a la playa, más pequeñita aún que una arborícola, de un rojo brillante; y de regreso, una color naranja, como pintada a mano, esmaltada. El guía nos indicó que se podían tocar con la mano, siempre y cuando no se tuviera ninguna lesión en la piel, en cuyo caso podía entrar por ahí el veneno de la ranita. Semanas atrás, en el Museo de Historia Natural de Nueva York, habíamos visitado la exhibición de ranas, doscientas ellas, en terrarios, desde esta miniaturas, venenosas, hasta las gigantes, como una que vimos de noche en La Leona, del Parque Corcovado (Costa Rica)
Noche tormentosa –no olvidemos que estamos en agosto. Por suerte no nos ha tocado ningún huracán. Insomne, abriendo la puerta metálica y las ventilas de madera, me asomé a la terraza. Caía el agua sobre los techos de palma y de lámina, sobre el follaje tropical, sobre la tierra, sobre los charcos. En la terraza, techada, con piso de madera, hay una mesita, una silla, un sillón y una hamaca, en la que me eché, y en la que me hubiera quedado dormida con el arrullo del agua y el viento, de no haber sido por la luz de un farol que me daba directamente en el ojo. Además, temía los mosquitos. Me han picado bien y bonito bichos de toda laya, y tomo el Malarone, pero nadie ha confirmado la advertencia de la OMS sobre posible paludismo en esta región. Volví a la cama, donde Brian dormía -como suele, a pierna suelta-, pero no sin antes de apagar el incómodo abanico.
En el desayuno nos servimos delicioso mango, mamón (lichi), plátano; medio bollo y
café con leche. Salimos rumbo a Boca del Drago (¿por el pirata Drake? No recuerdo ya), en el otro extremo de la isla Colón. Al llegar, encargamos en el restaurante “Yasminiria” un dorado y un mixto de mariscos, en lo que vamos a dar una vuelta. La muchacha argentina (porteña, para más señas), que vende al aire libre joyas de semilla de tagua , nos da una recomendaci ón excelente: A veinte minutos de aquí, nos dice, por la playa, llegarán a un lugar donde pueden ver estrellas de mar en cantidad... Hacemos el recorrido, por arena y matorral. Cuando, unos veinte minutos después, estamos por dar marcha atrás, descorazonados, vemos a unos metros un pequeño grupo de turistas, que con el agua a la rodilla, en traje de baño y cámara en mano, examinan atentamente el agua. Ahí están, sobre la arena, claramente visibles bajo el agua transparente, magníficas estrellas de mar anaranjadas y rojas, del tamaño de un palmo o más grandes: dos, tres, ¡hasta cinco juntas! Uno de los panameños saca una y me la coloca en la palma –me pica levemente-, para que Brian saque una foto. Encantados, regresamos a comer con mucho apetito.
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Con tanta caminata, tanto sol, tanto placer en lo que vemos, hacemos, comemos, me siento joven, llena de energía. Camino, es decir, levanto un pie del suelo, lo pongo delante, a una cierta distancia y en un ángulo determinado respecto del otro: punta, talón, sin prisa; encuentro apoyo, siento el equilibrio antes de levantar el otro, vuelvo a sentir la grata sensación de equilibrio, de manera que puedo sostener esta postura por unos diez o treinta segundos. No dar un paso antes de tener firmemente apoyado el otro; pensar fugazmente en la distancia que hay que recorrer, en el punto final de la caminata, en la distancia que separa un paso del siguiente, en la pierna que sostiene el pie, en el tronco ligeramente inclinado hacia adelante. El terreno puede ser misterioso, indescernible, escabroso. Por ello es necesario avanzar lentamente, buscar con la punta del pie, más que con los ojos, el obstáculo, evitarlo, pasando por encima o a su lado. Todo esto no significa que haya que decir “no” a la aventura, y negarser por principio a tomar el sendero desconocido. Los ojos sirven para ver a la distancia, prever el peligro, o la posibilidad de placer. Sin negarse a esa posibilidad, entonces, hay que mantenerse alerta, capaz de dejar volar la imaginación, sin perder pie; cuidarse a sí mismo, como cuidaría uno de un niño, dándole información, enseñándole a confiar en sus sentidos, a no tomar riesgos innecesarios, ni a cerrarse a la aventura, a mantener viva la curiosidad en el mundo y sus bellezas.
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Tomamos, poco antes de Chiriquí Grande, la carretera que baja a la Finca La Suiza –en la Reserva Forestal La Fortuna- donde pasaremos dos noches. A medio camino, se suelta un aguacero cegador, luego se levanta una neblina que tiene el mismo efecto: el saldo es al menos un coche volcado, varios camiones o “mulas” parados. Tras un ascenso aparatoso en la oscuridad, por terreno escarpadísimo, llegamos a las mismas puertas del comedor de la Finca, a las 8.15pm
El suizo sale a recibirnos con muchos aspavientos, pues sin saber ni querer, impulsados por la fuerza del motor, y las ganas de llegar hasta las luces de la casita, hemos pasado una zanja y aterrizado en su prado... A la mañana siguiente habrá que arreglar el desperfecto, que más bien se produjo cuando Brian –yo ya me había bajado- se vio obligado a retroceder a oscuras, dirigirse de nuevo hacia la zanja, en bajada, despacio, como le indicara el suizo, para quedar ahí atorado el coche. El pobre de Brian pasa parte de la noche insomne (¡!) pensando en como salir de ésta, sin dañar el Nissan alquilado.
Durante la cena, comentamos que nos hemos sentido muy a gusto en Panamá: la gente es amable, cortés, simpática; no encontramos mendigos, ni tenemos malas experiencias con gente deshonesta. Claro que el auge turístico, aunado a la relativa depresión económica, se presta a chicanas. Como sucede en los hotelitos de dos estrellas donde piden pago en efectivo pero no dan recibo, o sea que no declaran ingresos al fisco. De todos modos, dice el suizo, la mayoría de los panameños (y, vale decir, de los latinoamericanos) pobres o ricos, no pagan sus impuestos. Por lo que uno –que viene de los EU donde, al menos en apariencia, sólo los más ricos evaden esa declaración- se pregunta, ¿cómo se sostiene entonces la economía? También aquí hay pobreza, dice el suizo. Pero hemos visto el transporte público en buen estado, los niños uniformados camino a la escuela (salvo, tal vez, los guaraníes); los teléfonos públicos funcionan, las calles están limpias, los panameños no manejan ni en la ciudad ni en la carretera como cafres, y nadie ha tratado de engañarnos con el cambio...
Al día siguiente emprenderemos una excursión por los senderos abiertos en el hermoso bosque de niebla: más mariposas Morpho (de alas azul plateado), trino de aves, todo tipo de vegetación.
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Otro sueño, el viernes 20, en La Finca – madrugada de viento que golpeaba los postigos de las ventanas, el perro bravo que ladraba:
“A decide que ya no va a tomar la levodopa, lo cual causa ansiedad general en la familia. Digo a C que vendré a cuidarla tan seguido como pueda. Con una voz y una expresión que le conozco, me responde: ‘No te molestes. Lo puedo hacer yo sola.’ Me siento mal. D anda por ahí. Sonriente, mi amiga me entrega una nota o telegrama para mi papá, en donde le da la mala noticia sobre A, y firma: ‘sus admiradores de los diarios’. Me siento muy incómoda, pues esa noticia trastornaría a mi papá. Después recapacito, como descubriendo algo, y alegremente exclamo: ‘¡Pero mi papá está muerto!’ O sea, nada puede afectarlo ya...”
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De La Finca, donde se alojaba también otra pareja de jóvenes, Anna y Michael, a quienes damos un aventón hasta la carretera principal, seguimos camino a Aguadulce, porque según la guía hay por ahí cerca unas piscinas a orillas del mar: en efecto, son piscinas de ladrillo que se llenan con el oleaje, y en las que uno se puede remojar. Varias familias pasan ahí el día, y luego comen mariscos en uno de los comederos cercanos.
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Puedo decir que soy buena viajera; adaptable e interesada en descubrir las diferencias, y encontrar las semejanzas de costumbres, de paisajes. Creo que se aprenden nuevas maneras de ver y de entender las palabras; de saborear la comida, y apreciar los colores de las aves, de las telas bordadas. No me importa cambiar de cuarto de hotel, de cama y almohada cada tercer día. Me molesta a veces –igual que en mi casa- que Brian encienda la televisión a todo volumen y controle los cambios de canales, aunque casi nunca hay nada que ver, y el aire condicionado, que me congela. Aparte de eso, lo único que realmente puede llegar a desesperarme en un cuarto de hotel es que, si llego a despertar en la madrugada, no pueda aislarme en otra habitación, encender la luz y ponerme a leer.
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De Aguadulce a Penonomé a El Valle, por segunda vez, en la montaña, para comprar artesanías, especialmente las molas, y animalitos de madera.
De vuelta en el Hotel Marparaíso de Panamá, a la hora del desayuno la mujer de la pareja sentada en la mesa de al lado se nos acerca a platicar. Norteamericanos jubilados, viven en Arizona y viajan mucho. Acaban de estar en San Blas, cerca del Darién. Andan con las mismas guías que nosotros: Lonely Planet, Rough Guide. Quedamos en encontrarnos para salir a cenar esa noche. Encuentro en mi libreta su dirección de correo electrónico, que había olvidado por completo que tenía.
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El penúltimo día Brian y yo vamos al Jardín Botánico, a la entrada del Parque Nacional Soberanía (reserva que se extiende a lo ancho del Istmo).
Hemos visto un cementerio con el nombre de “Jardín del Reposo”, una Funeraria “Resurrección”, una prisión penitenciaria “Renacer”. ¡Le habría encantado a Nikito!
Cenamos en Las Tinajas –restaurante con espectáculo folclórico-, el delicioso sancocho panameño, y disfrutamos del espectáculo de danzas. Pero ya estamos cansados, y dispuestos a emprender el regreso a casa.
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Sept.2004
ECUADOR ---agosto de 1987 y junio de 2005
I
Mi amiga ecuatoriana me llama un día y me dice: “Tengo un amigo en Quito que anda buscando hacer un intercambio entre su casa de campo en las afueras de Quito y un departamento en Manhattan, para pasar un mes con su familia (mujer y tres hijos adolescentes). Antes de pedirle a Carlos que coloque el aviso en las NU, decidí hablarte de esto, sabiendo que Brian y tú son tan aventureros”.
¿Ecuador? ¿Un mes?
Brian consulta a la infalible Madeleine, pidiéndole que nos mande folletos del país, y no nos lleva mucho convencernos de que puede valer la pena pasar un mes en el pequeño país sudamericano.
En conversaciones telefónicas, el doctor Guillermo Alvarez (radiólogo originario de Guayaquil) y yo planeamos la llegada de sus hijos y nuestra partida. Así, recibimos el primero de agosto a dos adolescentes; les mostramos el departamento y les entregamos las llaves, antes de encaminarnos al aeropuerto Kennedy para el vuelo de Ecuatoriana previsto para la 1.40am. Llegamos a Guayaquil y una hora después a Quito, en cuyo aeropuerto nos esperan el dr. Alvarez y su hijo mayor.
II
El segundo viaje lo empezamos a planear Brian y yo a fines de marzo del 2005, una vez aceptada la propuesta (formulada en su tradicional tarjeta navideña) del doctor de repetir la experiencia de intercambio de casas. Invitamos a los muchachos, y en principio les habría gustado, pero cada uno ya tiene sus planes, y entre nuestras amistades a quieneds proponemos que nos acompañen para aprovechar la oportunidad de alojamiento gratuito en Quito, los aventureros acababan de regresar de Yucatán u otro lugar, y los otros no se animaban ante la perspectiva de sudar en la selva amazónica con marchas de cuatro horas, o alojarse en hoteles de 20 dólares la noche.…
Partimos, pues, el 20 de junio; llegamos allá a medianoche, nos alojamos en un hotel de Quito. A la mañana siguiente fuimos a la oficina de Hertz cerca del aeropuerto a recoger el auto, y a la una nos encontramos con el doctor frente al hotel, para seguirlo en el coche al restaurante donde nos esperaba su familia.
Brian y yo no nos medimos con el ceviche, la corvina y la cerveza, y esa tarde sufrimos una fuerte indigestión, considerando que no llevábamos mucho de aterrizar, y nos encontrábamos a 2,800 metros de altura sobre el nivel del mar... Nos aliviamos con Coca Cola y dieta...
A la quinta de San Antonio Pichincha le han hecho arreglos; hace casi veinte años era una especie de villa romana, con las habitaciones en torno a un patio abierto; rodeada de enormes eucaliptos. Hoy es una casa moderna convencional, agradable, pero no original. Las siguientes tres semanas las distribuímos entre Quito, Tena, Baños, Riobamba, empezando con una salida de un día y noche a Otavalo, para el festival del solsticio de verano y el mercado. Llegando, nos detuvimos a comer a orillas del Lago San Pablo, en un restaurante recomendado por el doctor, con vista a los volcanes.
En el mercado de Otavalo, Brian se muestra decepcionado; ya no es el piso de tierra, ni los toldos improvisados por donde caiga: todo está asfaltado, los límites el mercado señalados, de concreto el “toldo”. Apenas reconocemos las calles, también pavimentadas, que llevan a él. Pero, le digo, no puedes pretender que todo se inmovilice.... sobre todo si es en el retraso, la suciedad, la pobreza. Por lo demás, la población sigue siendo la misma, no creo que mucho más próspera, ni menos artista.
El viaje de media hora, por terreno pedregoso, al hotel en la montaña, vale la pena. Es un paisaje bucólico; las cabañas primitivas, como el comedor, con chimenea, donde la pareja que ha comprado el terreno prepara buenos alimentos, que sirven con vino. Al amanecer, los colibríes y otras aves hacen nuestras delicias.
...
A continuación: Tena, con excursión de tres días a la selva del Oriente, la Amazonía. Esta fue una aventura tan interesantecomo la de hace casi veinte años. En aquella ocasión, con los niños, habíamos llegado a Misahuallí, para contratar una excursión con Douglas, experimentado guía - de padre americano y madre ecuatoriana-. Temprano subimos a una gran canoa de tronco, con otros seis turistas, y el hijo mayor de Douglas, que toma a su cargo Alan e Ian, y una vez que desembarcamos, los lleva de la mano a lo largo de cuatro horas de caminata a través de la selva, explicando la utilidad y los peligros de la flora y la fauna. Nosotros llegamos agotados, pero los niños, frescos como una lechuga. Allá dormiremos en colchones colocados entre dos árboles, rodeados de mosquitero, arreglo que considero preferible a las tiendas de campaña, posiblemente más calurosas.
Esta vez, sin los hijos, nos alojamos en un nuevo y agradable “pabellón de caza”, llamado Shangri-La en la ladera de un monte, mirando al río Tena. En los cuartos, las ventanas sin vidrio pero con tela de alambre dejan entrar una brisa lo suficientemente fresca como para hacer prescindible el abanico. Tampoco encontramos mosquitos. La comida, fresca y sencilla, es sabrosísima. Ahí, como en otros lugares me empeño en pedir diario pollo (con sabor) o pescado (tilapia, corvina o trucha salmonada).
Durante nuestros tres días ahí, realizamos caminatas de tres horas cada día, con botas de goma hasta la rodilla, poncho para la lluvia, por terrenos mucho más escabrosos que aquellos de 1987; resbalosos, lodosos, empinados; incluso por cañones que había que atravesar de lado, y a veces, apoyándonos en la espalda, las manos y las piernas: como arañas. En una de esas excursiones descubro a mi paso una fer de lance, de aspecto inofensivo, que indico a nuestro guía, el cual con furia le descarga encima varios golpes de machete: 'es la mas toxica de la selva!', dice, y continuacion cubre con tierra, utilizando siempre el machete, el cuerpo destrozado, pues aun muerta puede resultar venenosa...
Parecería que Brian y yo, con la edad, nos estamos haciendo más aficionados a estas locuras –ya la caminata en la playa del parque de Corcovado, en Costa Rica, había sido penosa, ¡pero esto parecía cosa de película!! El buen guía, indio de la Amazonia, resistente como los buenos, no pudo dejar de observar, al final de la caminata, que “nunca había tenido a turistas”de nuestra edad!! (Huelga decir que la gran mayoría de los otros visitantes eran jovenes mochileros, de todas partes del mundo, pero sobre todo Inglaterra y Alemania, aunque también los había españoles y franceses). Por curiosidad, volvemos a Misahuallí, donde encontramos plaza de asfalto, en la que se pasean los monos, y más hoteles y restaurantes de los que recordábamos. Buscamos a Douglas. Nos enseña con orgullo su hotelito, de dos pisos; nos dice que su hijo se hace cargo ahora de los paseos en la selva, desde el pabellón que tienen allá adentro, y que él mismo sólo está esperando poder vender el hotel para retirarse, con su mujer, a Guayaquil, a “pasar mis últimos días”, dice, añadiendo, sin el menor tono de queja, que tiene un cáncer gástrico incurable...
...
De Tena pasamos a Baños de Nuestra Señora, que apenas reconocemos, tanto la ha transformado el turismo. Cafés, restaurantes, hoteles, en todas las calles; y escuelas de español... Estamos terminando de malcomer, en la terraza de un café; el pescado no sabía a nada, las papas, mal preparadas, cuando vemos que con la mano tendida, se acerca a la mesa un viejito harapiento; me pide comida. Nada ha cambiado...
-¿Cómo le doy el pescado?- pregunto a Brian, que me mira inexpresivo, al tiempo que el anciano me tiende un contenedor de plástico, ésos en que se vende medio litro de helado. Le pongo ahí más de la mitad del pescado que no me comí, y las papas. Con vergüenza. ¡Que seamos capaces de esto los humanos! De permitir que nuestros niños, nuestros ancianos, pidan comida como limosna...
Baños se levanta a la sombra del Tungurahua, un volcán activo... A sus baños termales vamos esa misma tarde: delicioso el contraste en el cuerpo del agua caliente, con el aire fresco del crepúsculo. Después de la cena, excursión en “chiva” para ver, supuestamente, las explosiones del volcán, pero estaba muy nublado, de modo que sólo vimos desde arriba la ciudad iluminada, y para mitigar el frio, aceptamos el “canelazo” que nos ofrecieron –té de canela con “piquete” de aguardiente de caña.
Pocos meses después, el volcán hará erupción, destruyendo buena parte del pueblo.
De Baños, la siguiente escala fue Riobamba, al sur de Quito y con mayor elevación que ésta. Bella ciudad colonial, que en su momento fue capital del país, y en una de cuyas lindas casas se alojó brevemente El Libertador, donde escribió una cosa rarísima titulada “Mi delirio sobre el Chimborazo”: Yo venía envuelto con el manto de Iris...
Dicha casa es ahora la sede de la Sociedad Bolivariana, y también local de un restaurancito acogedor en el que hicimos una rica cena al calor de la chimenea. El objeto de nuestra visita a Riobamba era tomar a la mañana siguiente el tren que iba, a vuelta de rueda, por los Andes hasta una famosa formación montañosa denominada “Nariz del Diablo”.
En el interin, voy leyendo con harto gusto e interés el libro de Christopher Isherwood: 'The condor and the cows', diario de viaje sudamericano, de 1947, que Chema me dio de regalo de cumpleaños. Isherwood, el autor de "Goodbye to Berlin" -de donde salio la ya clasica "Cabaret", llego en barco, enviado por un periodico de los EU, a Cartagena de Indias, y de ahi se puso a reocrrer Sudamerica, a traves de Ecuadro, Peru y Bolivia, hasta Buenos Aires, en seis meses. En una de sus páginas, sobre Peru, dice: “The rest of central Lima resembles the duller parts of 19th century Paris; there are spacious avenues and handsome parks, but the oddness and charm of Quito are lacking.”
El Chimborazo, desde la ciudad de Riobamba, amanece radiante a la luz del sol, y luego se pone su tocado de nubes... Las caras de sus habitantes, más que chapeadas, quemadas por el sol de la cordillera.
Hemos de ser más de doscientos turistas sentados sobre cojines que hemos comprado esa mañana misma, o el día anterior, en el mercado, sobre el techo de zinc del tren antiguo, que a 50kms por hora recorrerá los Andes hacia el sur. La gran mayoría vienen de Estados Unidos y Canadá, otros son europeos, y australianos. Entre las piernas estiradas, los zapatos deportivos, los vendedores de agua, soda, galletas, tamales, chocolates, plátano fritos, palomitas, van y vienen ofreciendo su mercancía: incluso té y café. Los ecuatorianos viajan como Dios manda, dentro de los vagones. Cuando el tren arranca, a las 7 de la mañana, el airecillo frío debe hacer bajar la temperatura a 4oC. Al pasar, veo pintado a mano en una barda el siguiente mensaje amoroso: “Dejaré de amarte cuando un pintor logre pintar el sonido de una lágrima”...
Dejamos atrás campos sembrados de quinoa; bello verdor, una presa, chozas, labradores.
En San Pedro de Alausí, a donde llegamos al mediodía, se celebra un festival por el día del patrón. Ahí para el tren unos quince minutos, que todos aprovechamos para empezar a quitarnos capas de ropa, ahora que el sol atiza con fuerza. Los más prudentes trajeron protector solar, lentes oscuros y sombrero.
Llegamos a nuestro destino: la formación montañosa que sólo con mucha imaginación puede compararse con la Nariz del Diablo (pero, qué sé yo), y ahí el tren hace retroceso en la vía y regresa a Alausí, donde nos bajamos a comer, y a tomar el autobús que en la mitad de tiempo –dos horas- nos llevará de vuelta a Riobamba. Aquí visitamos el museo del Monasterio de la Inmaculada Concepción del siglo 17, muy interesante. Su lema, en el dintel de una puerta: “Si al cielo quieres ir- fielmente cada día- recuerda que a María- confiada has de acudir.”
Al día siguiente emprendemos el regreso a Quito, muy remozado su centro histórico gracias a la iniciativa de un alcalde consciente.
En las calles del Quito viejo o nuevo –da igual-, las típicas niñitas quechuas, de ocho o nueve años, que parecen de seis, llevando a la espalda al hermanito de meses. Una de ellas, sentada contra la pared, se cae de sueño, casi encima de la criatura. Dos jóvenes quiteñas se detienen, le hablan.
Poco más adelante, encontramos una hermosa iglesia católica con fachada gótica. Y nos enteramos de que el Papa Juan Pablo II dió instrucciones para que cesara la ayuda que daba el Vaticano destinada a su reconstrucción, debido a que algunas de las gárgolas representaban a animales amazónicos...
…
Del diario de viaje de 1987 copio:
Archidona, martes 18 de agosto
Plaza florida, donde perfuman las madreselvas y dan color los hibiscus. Su iglesia tiene una fachada sienesa.
A media tarde estoy con los niños a orillas del río Anzu. Ellos, metidos hasta media pierna. La corriente es veloz, tras una leve crecida como resultado de la lluvia de anoche que sólo paró esta mañana. Orilla barrosa. Los archidonianos se divierten cabalgando las olas en flotadores. Nos alojamos en la Residencia Regina, muy aceptable, que ocupa lo que eran los cuarteles militares. Y encontramos en los alrededores a norteamericanos miembros de la Guardia Nacional. Aparentemente, están ayudando a reparar puentes. ¿La verdad? Protegen la zona petrolera (de esto se sabrá más en los años siguientes).
Desde el regreso de Misahuallí, empezó el fin de la luna de miel con el Suzuki. Se paró a media hora de Puerto Napo, y hubo de ser arrastrado por un mecánico–con nosotros cuatro a bordo- hasta Archidona. Llegamos, sobre todo mi marido y yo, más muertos que vivos por la tensión nerviosa, y encima, blancos de polvo.
El lunes visitamos el taller del maestro Teopanta, quien dictamina que el empaque está quemado y hay que cambiarlo. Pero sólo es posible conseguir el repuesto en Quito.
Tendré que ir yo a comprarlo donde él me indica.
Camión de las 7.30 horas, viaje de cinco, sin asiento, en el piso, en medio de las dos filas. Llego a Quito a mediodía, exhausta. Voy de un lugar a otro en taxi, consigo la pieza. Tomo de regreso el autobús de las 17hrs a Archidona. Asiento No. 19, duro y estrecho, en la última fila, entre dos matrimonios, uno de ellos fumador. Durante cinco horas, sin interrupción el chofer tuvo encendida a todo volumen la casetera
con horrores como éste: “No es mi señora...pero me adora como Dios manda...”, y otras con un trío ecuatoriano, imitadores menores de los Panchos.
-El jeep estará listo esta tarde- nos dice el maestro Teopanta.
De regreso en Quito, vamos a comprar víveres a El Bosque, centro comercial de lujo. Aprovechamos para hacer que les corten el pelo a Alan e Ian, por la mitad de lo que me cobran en la peluquería de Broadway y la 94, que ya es barata. Todos los nombres de los negocios en inglés. Por ejemplo: Baboo, con su lema bobo: “Más que un jean, una forma de vivir”. El tremendo contraste entre esto (luces, voces por altoparlantes, aterciopeladas, prendas de vestir Lacoste, camisas inglesas de tela y fabricación importada; equipo deportivo del más caro; mucha mezclilla, mucho zapato tenis), y los chiquitos harapientos que se pierden en ese laberinto de rosas y miel, pero no para sus labios...
Frente a un carrusel, una niña quechua, madrecita en miniatura, sombrero de tela sobre el cabello sucio, trata de convencer a su hermanito de que la siga. El chiquito, de unos dos años –aunque nunca se sabe con certeza, son tan pequeños en general debido a la desnutrición- está haciendo un berrinche de ésos: quiere subir a los caballitos, se arranca su propio sombrero y lo arroja al piso, las mejillas más encendidas de lo habitual.
Cuando los volvemos a ver, un cuarto de hora más tarde, el pequeño, sentado en el piso, sigue llorando desconsoladamente, sin que la hermanita pueda hacer nada por él.
-Qué le pasa- me acerco, le veo la carita cubierta de mocos.
-Quiere subirse al caballito- dice la hermana-madre- y no tengo sucres.
-¿Te quieres subir tú?
-No.
-Señorita- me dirijo a la otra quechua, “aculturada” ya, que ha mirado la escena-, cuánto cuesta la vuelta.
-Déjelo, señora- me dice, rechazando las monedas-, yo los dejo subir.
Unos pasos más adelante, me vuelvo.
La niña está de pie, sosteniéndose con una mano en la brida del caballo blanco que su hermano cabalga, y con la otra en el manubrio de una motocicleta de madera. El niño ya no llora. Da una vuelta, y lo veo de frente; tiene los ojos entrecerrados, y sonríe beatíficamente.
Yo sé que estos gestos míos, estas intenciones de limosnas, no ayudan a resolver nada.
...
El domingo siguiente partimos a Ambato. En Baños hace frío y la comida es mala. Pero el zoológico nos encanta. Y la cena en un “chifa” (café de chinos) no está mal.
El lunes, al mercado. Nada extraordinario, salvo por la gente: tejedores de Otavalo, y de Salasaca (venidos de Bolivia). Luego a Riobamba. Cuando queremos seguir a Cuenca, más al sur, nuevo desperfecto del jeep: hace ruido en el cambio de velocidades. Taller. Vuelta forzosa a Quito. El martes: madrugar para ir al mec ánico; hay que cambiar algo del embrague, y esto llevará dos días. Pensamos en la posibilidad de alquilar un coche por ese tiempo, pues no tenemos ningun otro medio de salir de la casa..
La tensión me tiene agotada.
El jueves, al fascinante mercado de Saquisilí: de animales: vacas y terneras; gallinas cacareadoras, pollos piadores, pavos que gluglutean, patos que graznan; cerdos que chillan. En otra plaza: sarapes, chompas (jumpers); tejidos de Otavalo; tapices, rebozos; en otra: frutas, verduras (coles enormes, bananos, mandarinas, naranjas); granos, cereales, harinas, pastas; en otra: canastas, cuerdas, shigras (morrales multicolores de henquen). En otro puesto, comida: papas, carne de cerdo. A lo largo del pueblo, cruzado por carretas de caballos, autobuses, camiones y autos que avanzan a vuelta de rueda: el mercado de ropa de poliester y acrílico. Desde algunos coches, los merolicos, por altoparlantes, ofrecen gotas Visine para los ojos, aspirinas para el dolor de cabeza, aceite de cocina, pomada para el dolor reumático, cedazos, cacerolas...
Almorzamos en el Salón Pichincha, a una cuadra del parque y de la iglesia. Tres comidas: sopa de quinoa (el cereal de origen inca), con carne y papas, y un seco de carne (con arroz y frijoles), dos aguas minerales y una cola--- por un dólar cincuenta.
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Vuelvo al viaje más reciente: junio de 2005
Con una invitación que nos transfiere el dr. Alvarez, asistimos (después de sudar la gota gorda para encontrar el estacionamiento en esas calles empedradas que suben y bajan, en un sentido y en otro) a un concierto en el renovado y hermoso Teatro Sucre, del siglo XIX. Grieg, Bizet y Debussy, con un pianista suizo invitado.
Al día siguiente, merced a otra invitación de nuestros amables anfitriones, salimos con el grupo de Rotarios rumbo a Mindo para ver los variados, maravillosos colibríes, que se muestran indiferentes a nuestras infatigables cámaras mientras chupan el agua azucarada de los contenedores en forma de flores de colores.
En el camino al centro de la ciudad, donde se encuentra el Hotel, veo volar los siniestros pájaros negros de plástico, que aterrizan o se quedan colgados de los postes o de los árboles: ofensa para la vista y peligro para las aves de verdad. “QUITO ES SUYO, AMELO”.
Desde acá son visibles los varios volcanes que lo rodean: el Cayambe y el Intisana, nevados y activos; el Cotopaxi. Escribe un especialista: “Históricamente el Cotopaxi es el volcán más peligroso en el Ecuador pero ha permanecido relativamente quieto por algún tiempo. El Pichincha erupcionó en el 2000. El Intisana todavía esta algo activo y es la fuente local de terremotos”.
Bajamos hasta la Reserva Biólogica de Tandayapa, paraíso de colibríes (chupamirtos, chuparrosas) en la ladera del volcán Pichincha.
Dos días después, por nuestra cuenta, vamos a Mindo. El camino de cornisa es espectacular; verdor por todas partes; desde los eucaliptos hasta la vegetación tropical.
Nos levantamos a las cuatro de la mañana para salir en el coche del guía, subir a oscuras el monte casi una hora más tarde, y esperar a que aparezca, primero con gran alharaca, de gritos como de niños llorosos, y luego en la rama, al otro extremo de la lente del poderoso telescopio del guía: el extraño gallo de la roca, de brillante plumaje colorado, con un cuerno en la frente, cubierto de plumas.
…
Esta vez decidimos ir a la playa de Atacames, provincia de Esmeraldas, en la costa del Pacífico. Lindo bungalow en la playa, del que nos corresponde una habitación minúscula, frente al mar. Estando en la playa oímos hablar en italiano a unas niñitas, cuya madre, ecuatoriana, lo champurrea. Evidentemente se trata de un caso semejante al de la mujer del chofer que nos había llevado del centro al aeropuerto, el primer día: mujeres que se van a Italia (no sé cómo se hacen contratar y llevar), donde trabajan como empleadas domésticas, enviando remesas a Ecuador, para el resto de la familia, esperando conseguir papeles y hacer que ésta se les pueda reunir.
Esa tarde, veo una mariposa que me llama mucho la atención. Revolotea cerca del mar, y luego aterriza en la arena. Tiene alas como las de la mariposa ‘cola de golondrina”, de un verde brillante con negro: Urania lelius, me entero más tarde, leyendo la guía de flora y fauna del Ecuador: “los machos chupan sodio y otros elementos químicos de la arena; migran de la Amazonía; son activos en días luminosos.”
...
De modo que, para resumir, viajamos a lomo de tren por la sierra y contemplamos las cumbres nevadas de los volcanes; recorrimos la selva humeda, a pie, enfundado en bota de hule hasta la rodilla; nos metimos a piscinas de aguas termales al lado del Tunguragua, que poco despues haria erupcion en Banos; cmimos ceviche, tilapia, trucha salmonada, corvina; yuca y patacones fritos. Nos asoleams, nos quemamos, nos picaron los mosquitos, tomamos pastillas contra el paludismo, sufrimos diarrea, dormimos de dia, despertamos de noche, madrugamos para subir al monte y ver pajaros extranos... y como siempre, desde hace treinta y dos años, regresamos mi marido y yo con una experiencia de viaje memorable y unica.
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La 'Rough Guide' propone la siguiente bibliografía para quien quiera conocer más sobre Ecuador:
Ludwig Bemelmans, 'The Donkey Inside' (aparentemente muy polémico en su momento)
Henri Michaux, 'Ecuador'
Richard Poole, 'The Inca smiled'
Demetrio Aguilera Mata, 'Don Goyo' (1935)
Jorge Icaza, 'Huasipungo' (clásico ecuatoriano, 1934)
Luis Sepúlveda, 'El viejo que leía novelas de amor' .
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