I wonder where our words take us
the spoken and unspoken
in bitter arguments, in love letters
in dreams
Do they carry us, on their wings
to far-away lands
where we are bound to wake up
bruised and ignorant
Or are we their masters
Us, the hawks that carry them
hanging from our talons
skinless words
bleeding
starlit words
...
I wonder where this blue day
will take me
my body and soul
all one chilled thing
I wonder
...
Saturday, May 14, 2011
Domingo en el parque...
Primer domingo de mayo (y... Primero de mayo, celebrado en el resto del mundo occidental como Día del Trabajo, pero no aquí).
Pues, en respuesta a la pregunta de Alan: ¡disfruté el día a morir!!
Claro que no con playerita veraniega, sino un poco más abrigada (sudadera con caperuza y mi saco de lana de Tlaxcala); mochila con dos artículos sobre Ghandi (reseñas de una nueva biografia), cuaderno, y cámara Kodak desechable. Me fuí al parque junto al río, después de ver que había feria en Broadway.
...
Encontré, como esperaba, las nubes rosas y blancas de los cerezos, manzanos, duraznos y almendros en flor, en su apogeo; el parque lleno de gente: solitarios, parejas, familias (había una feria en el prado al lado del parquecito infantil).
Tomé fotos (las limité a seis*... pues ¡ya he tomado tantas, primavera tras primavera!; me hice tomar una, y seguí la caminata. Ciclistas, patinistas, etc. El sol, tibio tirando a cálido, el cielo azul, con nubecillas lejanas.
* a lo prehistórico: las haré imprimir, las copiaré en la compu, las mandaré por e-mail.
Entré a comer al cafe-restorán de la 79; no en el balcon del lado del río, pues habia larga cola esperando, sino en la parte de atrás, más tranquila, aunque, claro, menos linda. Hamburguesa vegetariana, copa de Pinot Grigio, agua con rebanada de limon...
Pensaba ir al Film Forum a ver una con Michelle Williams (la primera vez que la vi fue en "Brokeback Mountain"). Pero decidí regresar por el parque, en lugar de salir a la avenida; demasiado hermoso el día, ¡PRIMERO DE LA PRIMAVERA neoyorkina!
Entonces, la maravilla: por indicación de un pequeño grupo que estaba con la vista en alto, me enteré de que en un gran nido, muy arriba de un arbol, se encontraba un gavilán de cola roja . Una de las señoras me presto amablemente sus binoculares, y me informo: "Creo que tiene ahi dos polluelos; ojalá se logren; el padre murió la semana pasada, por comer una rata envenenada... lo supe por un blog..".
Y, en efecto, ahí estaba la gavilana, muy digna, oteando el horizonte.
(Dos semanas después regreso al parque: las dos cabecitas redondas, cubiertas de un vellón blanquecino, es lo unico visible en el nido).
Pues: todo un regalo al alcance de la mano y el pie, siendo que en dos salidas de fin de semana con Brian, a parques de Nueva Jersey, lo más que vimos fueron gansos canadienses, un cardenal y ¡un pajaro sargento!!!!
Ahora sí, ya medio agotada, decidí subir hacia Bway, y tomar un café, antes de volver a casa recorriendo la feria. (Desistí del cine después de bajar a la estación y darme cuenta de que NO traía mi pase con descuento de viejita!).
Con gusto encontré y compré tres cositas: dos para regalo y para mií un chal de lindo color ladrillo seudo-pashmina (a $5.oo, la etiqueta dice: seda 40%, pashmina 60%; sí , y yo soy Marilyn Monroe pero en moreno...).
Asi, pues, este domingo tan agradable. Estoy segura (al menos así lo espero) de que, tras esa caminata (94 a 79 y de regreso: dos millas?) dormiré como lirón.
Brian volvera de Wurtsboro a tiempo para que cenemos, y nos sentemos a ver la tele, a las 9pm no se que en Masterpice Theatre, y a las 10pm la continuación de la serie The Killing, copiado de una serie danesa que está bastante bien -en su género...
...
Pues, en respuesta a la pregunta de Alan: ¡disfruté el día a morir!!
Claro que no con playerita veraniega, sino un poco más abrigada (sudadera con caperuza y mi saco de lana de Tlaxcala); mochila con dos artículos sobre Ghandi (reseñas de una nueva biografia), cuaderno, y cámara Kodak desechable. Me fuí al parque junto al río, después de ver que había feria en Broadway.
...
Encontré, como esperaba, las nubes rosas y blancas de los cerezos, manzanos, duraznos y almendros en flor, en su apogeo; el parque lleno de gente: solitarios, parejas, familias (había una feria en el prado al lado del parquecito infantil).
Tomé fotos (las limité a seis*... pues ¡ya he tomado tantas, primavera tras primavera!; me hice tomar una, y seguí la caminata. Ciclistas, patinistas, etc. El sol, tibio tirando a cálido, el cielo azul, con nubecillas lejanas.
* a lo prehistórico: las haré imprimir, las copiaré en la compu, las mandaré por e-mail.
Entré a comer al cafe-restorán de la 79; no en el balcon del lado del río, pues habia larga cola esperando, sino en la parte de atrás, más tranquila, aunque, claro, menos linda. Hamburguesa vegetariana, copa de Pinot Grigio, agua con rebanada de limon...
Pensaba ir al Film Forum a ver una con Michelle Williams (la primera vez que la vi fue en "Brokeback Mountain"). Pero decidí regresar por el parque, en lugar de salir a la avenida; demasiado hermoso el día, ¡PRIMERO DE LA PRIMAVERA neoyorkina!
Entonces, la maravilla: por indicación de un pequeño grupo que estaba con la vista en alto, me enteré de que en un gran nido, muy arriba de un arbol, se encontraba un gavilán de cola roja . Una de las señoras me presto amablemente sus binoculares, y me informo: "Creo que tiene ahi dos polluelos; ojalá se logren; el padre murió la semana pasada, por comer una rata envenenada... lo supe por un blog..".
Y, en efecto, ahí estaba la gavilana, muy digna, oteando el horizonte.
(Dos semanas después regreso al parque: las dos cabecitas redondas, cubiertas de un vellón blanquecino, es lo unico visible en el nido).
Pues: todo un regalo al alcance de la mano y el pie, siendo que en dos salidas de fin de semana con Brian, a parques de Nueva Jersey, lo más que vimos fueron gansos canadienses, un cardenal y ¡un pajaro sargento!!!!
Ahora sí, ya medio agotada, decidí subir hacia Bway, y tomar un café, antes de volver a casa recorriendo la feria. (Desistí del cine después de bajar a la estación y darme cuenta de que NO traía mi pase con descuento de viejita!).
Con gusto encontré y compré tres cositas: dos para regalo y para mií un chal de lindo color ladrillo seudo-pashmina (a $5.oo, la etiqueta dice: seda 40%, pashmina 60%; sí , y yo soy Marilyn Monroe pero en moreno...).
Asi, pues, este domingo tan agradable. Estoy segura (al menos así lo espero) de que, tras esa caminata (94 a 79 y de regreso: dos millas?) dormiré como lirón.
Brian volvera de Wurtsboro a tiempo para que cenemos, y nos sentemos a ver la tele, a las 9pm no se que en Masterpice Theatre, y a las 10pm la continuación de la serie The Killing, copiado de una serie danesa que está bastante bien -en su género...
...
Monday, November 22, 2010
Mi otra voz (Homenaje)
La alacena de la memoria
Aquellas abuelas, aquellos abuelos
Angélica Prieto Inzunza *
Un mundo es el que conocemos por los padres: lo que es estrictamente la casa paterna y lo que ellos nos muestran del universo. Otra cosa es la escuela; no sólo el edificio, claro, sino también los libros, los globos terráqueos... Finalmente, y quizá sea éste el espacio que más nostalgia nos produce a la distancia, está el hogar de los abuelos, el papá y la mamá grandes o como quiera que se les llame.
Sin duda, los niños más afortunados tienen dos abuelos y dos abuelas; pero para muchos, es ya una suerte contar con al menos una pareja de ellos.
Si viajamos en el tiempo a nuestra infancia, posiblemente descubriremos que la casa de los abuelos constituía en sí una vuelta al pasado. Mirando los retratos de familia dábamos un salto a la infancia de nuestros propios padres. Más emocionante aún era hurgar entre reliquias de otro siglo que nos hacían exclamar: “Cómo, tata! Tu también tuviste papá?’
Era maravilloso confundir al bisabuelo, retratado el día en que estrenó sus polainas, con uno de los tíos. Y una delicia era acariciar la pluma de avestruz que había llevado la abuela al baile en el que conoció al abuelo. Así como sopesar la bolsita de malla de plata, herencia de la bisabuela. Nos daban ganas de ser retratados en aquellas sillas de bejuco, ante fondos de cortinas de terciopelo oscuro con ribetes dorados.
Otras imágenes que me vuelven a la memoria son las de los viajes en tranvía. Partiendo de la esquina de Morelia y Durango, en la colonia Roma, nos encaminabamos hacia la avenida Cuauhtemoc a esperar el lentísimo Primavera –llamado así por su terminal tacubayense, en el jardincillo del mismo nombre. Si era de noche, disfrutabamos la espera contemplando extasiadas el anuncio luminoso de Cartablanca: la botella se inclina hacia la copa, de la cual, con infinidad de lucecitas blancas, se derrama, una y otra vez, la espuma. Cuando finalmente llagaba el Primavera, iluminado en su interior, detectábamos de inmediato su olor tipico: siempre había algun viejito fumando puro.
Para ir al circo Atayde, una vez al año, era preciso esperar ese tranvía con mucha anticipación; de lo contrario, corríamos el peligro de no alcanzar entradas. En ese caso, los abuelos sugerirían compensar el circo con una excursión, el domingo siguiente, a Xochimilco.
Otra diversión sencilla, de las ofrecidas por los abuelos, era la matineé dominical. Tres películas al hilo, ¡ y con muéganos!La guerra de los mundos, Veinte mil leguas de viaje submarino, Tarzán en la selva, o Las aventuras de Rob Roy, en el cine Morelia o el México.
En la epoca navideña, lo que no podía faltar era el recorrido por los alrededores de la Alameda y el Zócalo, para admirar la iluminación, pegar la cara a las vitrinas de los grandes almacenes, y llegar a retratarse con Santa Clos.
Conocimos la televisión gracias a esos abuelos, cuando se mudaron a la hermosa casa de la colonia Narvarte.
Los sábados por la tarde, despues de la comida se despedía mi mamá, quien iba a casa a descansar, antes de emperifollarse para salir con mi papá a algun nuevo club nocturno. Nosotros nos quedábamos viendo las películas de Sara García y Joaquín Pardave, María Félix y Jorge Negrete, Pedro Infante y Marga Lopez, Libertad Lamarque, Niní Marshall, de las cuales tardamos mucho en enterarnos que eran argentinas.
A eso de las seis dejábamos el lugar frente al aparato al abuelo Fidel y al tío Hector, quienes con sendas cervezas se disponían a gozar de la función de box, mientras nosotras nos poníamos a jugar a las cebollitas en la elegante escalera de marmol que subía a las recamaras. Ya nos habíamos cambiado de ropa, guardando los vestidos de pique rosa y los zapatitos blancos, para ponernos los overoles de pana y las alpargatas bordadas con lentejuelas por la abuela María Ester.
...
Algunos sábados en la noche los tíos tenían fiesta en la casa. Nos tocaba repartir aceitunas, quesitos y cacahuates entre los invitados, mientras varios de ellos bailaban el mambo o el chachachá o se lucían con el baile del pingüino.
Sobre la mesa del comedor la abuela iba colocando charolas con rebanadas de pan untadas de paté y adornadas con rajitas de pimiento morrón, sin que faltara el platón con natilla o las mitades de duraznos en almíbar.
La casa de los abuelos no solamente nos dejó aromas y sabores: pastel de carne, pollo frito, chongos zamoranos; también nos dio texturas: terciopelo, brocado viejo, el chenille de las colchas...
Nos perfumábamos con la lavanda de “Sanborn’s” de la abuela, y nos polveábamos la nariz con sus polvos de arroz. Aunque nos gustaba más, con dos pares de calcetines de los tíos en cada pie, patinar en el piso de madera recién encerada.
Nuestros cinco sentidos se sentían vivos: además del singular perfume a pino, musgo y heno del enorme Nacimiento al que nos acercábamos, maravilladas de saber que los propios abuelos lo habían decorado con infinita paciencia y bondad, estaba el sabor inolvidable del rompope que nos permitían probar en esa solemne ocasión, la transparencia brillante del dulcísimo acitrón en cubitos, el suave crujir del linóleo de la casa de tía Licha, la esponjosa cabellera azul de la tía Altagracia, los membrillos de la huerta de la tía Esperanza, el cariñoso acento madrileño del tío Ricardo –tías y tíos postizos, hechos nuestros no por lazos de sangre sino por los, a veces más fuertes, a pesar de todo, los del afecto.
Y me refiero también a la percepción infantil, a la mirada de niña que hacía un entretenimiento de contar todos loscoches rojos o verdes vistos desde el balcóon del diminuto departamento de la otra abuela, la paterna, en la esquina de Barcelona y Bucareli, después de que nos habia ofrecido la infaltable Chaparrita de naranja.
Se antojan inagotables los detalles que se recuerdan de aquella epoca. Todavia me parece estar viendo al abuelo que nos enseña a esmerilar un vidrio frotandolo con otro sobre el que ha colocado arenilla rojiza. Y, ¿no jugábamos mis hermanas y yo a la comidita, con tallos de alcatraces como copas elegantes que despues nos dejaban las palmas de las manos ardidas? Corriamos con la abuela, quien las calmaba con agua de rosas preparada ella misma...
........
* mi hermana, alma gemela, quien aquí rememora igual que yo.
Aquellas abuelas, aquellos abuelos
Angélica Prieto Inzunza *
Un mundo es el que conocemos por los padres: lo que es estrictamente la casa paterna y lo que ellos nos muestran del universo. Otra cosa es la escuela; no sólo el edificio, claro, sino también los libros, los globos terráqueos... Finalmente, y quizá sea éste el espacio que más nostalgia nos produce a la distancia, está el hogar de los abuelos, el papá y la mamá grandes o como quiera que se les llame.
Sin duda, los niños más afortunados tienen dos abuelos y dos abuelas; pero para muchos, es ya una suerte contar con al menos una pareja de ellos.
Si viajamos en el tiempo a nuestra infancia, posiblemente descubriremos que la casa de los abuelos constituía en sí una vuelta al pasado. Mirando los retratos de familia dábamos un salto a la infancia de nuestros propios padres. Más emocionante aún era hurgar entre reliquias de otro siglo que nos hacían exclamar: “Cómo, tata! Tu también tuviste papá?’
Era maravilloso confundir al bisabuelo, retratado el día en que estrenó sus polainas, con uno de los tíos. Y una delicia era acariciar la pluma de avestruz que había llevado la abuela al baile en el que conoció al abuelo. Así como sopesar la bolsita de malla de plata, herencia de la bisabuela. Nos daban ganas de ser retratados en aquellas sillas de bejuco, ante fondos de cortinas de terciopelo oscuro con ribetes dorados.
Otras imágenes que me vuelven a la memoria son las de los viajes en tranvía. Partiendo de la esquina de Morelia y Durango, en la colonia Roma, nos encaminabamos hacia la avenida Cuauhtemoc a esperar el lentísimo Primavera –llamado así por su terminal tacubayense, en el jardincillo del mismo nombre. Si era de noche, disfrutabamos la espera contemplando extasiadas el anuncio luminoso de Cartablanca: la botella se inclina hacia la copa, de la cual, con infinidad de lucecitas blancas, se derrama, una y otra vez, la espuma. Cuando finalmente llagaba el Primavera, iluminado en su interior, detectábamos de inmediato su olor tipico: siempre había algun viejito fumando puro.
Para ir al circo Atayde, una vez al año, era preciso esperar ese tranvía con mucha anticipación; de lo contrario, corríamos el peligro de no alcanzar entradas. En ese caso, los abuelos sugerirían compensar el circo con una excursión, el domingo siguiente, a Xochimilco.
Otra diversión sencilla, de las ofrecidas por los abuelos, era la matineé dominical. Tres películas al hilo, ¡ y con muéganos!La guerra de los mundos, Veinte mil leguas de viaje submarino, Tarzán en la selva, o Las aventuras de Rob Roy, en el cine Morelia o el México.
En la epoca navideña, lo que no podía faltar era el recorrido por los alrededores de la Alameda y el Zócalo, para admirar la iluminación, pegar la cara a las vitrinas de los grandes almacenes, y llegar a retratarse con Santa Clos.
Conocimos la televisión gracias a esos abuelos, cuando se mudaron a la hermosa casa de la colonia Narvarte.
Los sábados por la tarde, despues de la comida se despedía mi mamá, quien iba a casa a descansar, antes de emperifollarse para salir con mi papá a algun nuevo club nocturno. Nosotros nos quedábamos viendo las películas de Sara García y Joaquín Pardave, María Félix y Jorge Negrete, Pedro Infante y Marga Lopez, Libertad Lamarque, Niní Marshall, de las cuales tardamos mucho en enterarnos que eran argentinas.
A eso de las seis dejábamos el lugar frente al aparato al abuelo Fidel y al tío Hector, quienes con sendas cervezas se disponían a gozar de la función de box, mientras nosotras nos poníamos a jugar a las cebollitas en la elegante escalera de marmol que subía a las recamaras. Ya nos habíamos cambiado de ropa, guardando los vestidos de pique rosa y los zapatitos blancos, para ponernos los overoles de pana y las alpargatas bordadas con lentejuelas por la abuela María Ester.
...
Algunos sábados en la noche los tíos tenían fiesta en la casa. Nos tocaba repartir aceitunas, quesitos y cacahuates entre los invitados, mientras varios de ellos bailaban el mambo o el chachachá o se lucían con el baile del pingüino.
Sobre la mesa del comedor la abuela iba colocando charolas con rebanadas de pan untadas de paté y adornadas con rajitas de pimiento morrón, sin que faltara el platón con natilla o las mitades de duraznos en almíbar.
La casa de los abuelos no solamente nos dejó aromas y sabores: pastel de carne, pollo frito, chongos zamoranos; también nos dio texturas: terciopelo, brocado viejo, el chenille de las colchas...
Nos perfumábamos con la lavanda de “Sanborn’s” de la abuela, y nos polveábamos la nariz con sus polvos de arroz. Aunque nos gustaba más, con dos pares de calcetines de los tíos en cada pie, patinar en el piso de madera recién encerada.
Nuestros cinco sentidos se sentían vivos: además del singular perfume a pino, musgo y heno del enorme Nacimiento al que nos acercábamos, maravilladas de saber que los propios abuelos lo habían decorado con infinita paciencia y bondad, estaba el sabor inolvidable del rompope que nos permitían probar en esa solemne ocasión, la transparencia brillante del dulcísimo acitrón en cubitos, el suave crujir del linóleo de la casa de tía Licha, la esponjosa cabellera azul de la tía Altagracia, los membrillos de la huerta de la tía Esperanza, el cariñoso acento madrileño del tío Ricardo –tías y tíos postizos, hechos nuestros no por lazos de sangre sino por los, a veces más fuertes, a pesar de todo, los del afecto.
Y me refiero también a la percepción infantil, a la mirada de niña que hacía un entretenimiento de contar todos loscoches rojos o verdes vistos desde el balcóon del diminuto departamento de la otra abuela, la paterna, en la esquina de Barcelona y Bucareli, después de que nos habia ofrecido la infaltable Chaparrita de naranja.
Se antojan inagotables los detalles que se recuerdan de aquella epoca. Todavia me parece estar viendo al abuelo que nos enseña a esmerilar un vidrio frotandolo con otro sobre el que ha colocado arenilla rojiza. Y, ¿no jugábamos mis hermanas y yo a la comidita, con tallos de alcatraces como copas elegantes que despues nos dejaban las palmas de las manos ardidas? Corriamos con la abuela, quien las calmaba con agua de rosas preparada ella misma...
........
* mi hermana, alma gemela, quien aquí rememora igual que yo.
Thursday, September 30, 2010
Viajes (vispera de)
Diario de una viajera ‘experimentada’
La adrenalina que produce mi cuerpo en vísperas de un viaje es lo que me permite ‘ponerme las pilas’ y dos días antes de la partida tener la confirmación del vuelo, la reservación del coche que me llevará al aeropuerto, y la maleta hecha y cerrada con candado.
El agotamiento ulterior, en esas últimas veinticuatro horas en que me siento más ‘allá que acá’, es lo que me lleva a olvidos y confusiones de mayor o menor monta.
Hoy, estaba con la bolsa lista para salir a las 10.10am: a) a sacar dinero del cajero, b) recoger mi Synthroid de la farmacia, c) dejar la tarjeta de la cámara digital en la Kodak, y d) partir rumbo al Lower East side a dejarle al sastre baratero mis pantalones beige y una de las batas que compré para Susi, para que los bastillara (asunto éste de no mucha urgencia puesto que, como ya he dicho, la maleta estaba hecha y cerrada y esos pantalones no pensaba llevarlos).
Salia del cajero cuando me percaté de que no llevaba en la mochila mi tarjeta de metro con descuento por edad. ¡Ni pensar en comprar una ‘normal’, cuando que necesitaría hacer no menos de tres viajes en transporte publico!
El azoro, primero, luego disgusto por no tener la tarjeta, se vio pronto reemplazado por una sensación de calma. Tener que regresar una cuadra y tomar el elevador al departamento, volver a salir, me consumiría una buena parte del tiempo que tan cuidadosamente había calculado para tanto menester.
Pues bien, cancelaría la ida al sastre (después de todo, era lo menos urgente, y lo que llevaría más tiempo, pues sólo el trayecto en dos metros, una cuadra subterránea y otras tres en la superficie, duraba 40 minutos).
Decidí entonces, francamente aliviada, subir a dejar la bolsa con la ropa, recoger la tarjeta del metro, cerciorarme de tener la revista o el libro y mi libreta en mi bolsa, así como la botella de agua, el abanico (para el calor), el chal (para el frío del transporte público) y salir de nuevo, pero esta vez para ir no más lejos de Lincoln Center, el Barnes&Noble de la 66, y el EuroPan en Columbus Ave.
...
La adrenalina que produce mi cuerpo en vísperas de un viaje es lo que me permite ‘ponerme las pilas’ y dos días antes de la partida tener la confirmación del vuelo, la reservación del coche que me llevará al aeropuerto, y la maleta hecha y cerrada con candado.
El agotamiento ulterior, en esas últimas veinticuatro horas en que me siento más ‘allá que acá’, es lo que me lleva a olvidos y confusiones de mayor o menor monta.
Hoy, estaba con la bolsa lista para salir a las 10.10am: a) a sacar dinero del cajero, b) recoger mi Synthroid de la farmacia, c) dejar la tarjeta de la cámara digital en la Kodak, y d) partir rumbo al Lower East side a dejarle al sastre baratero mis pantalones beige y una de las batas que compré para Susi, para que los bastillara (asunto éste de no mucha urgencia puesto que, como ya he dicho, la maleta estaba hecha y cerrada y esos pantalones no pensaba llevarlos).
Salia del cajero cuando me percaté de que no llevaba en la mochila mi tarjeta de metro con descuento por edad. ¡Ni pensar en comprar una ‘normal’, cuando que necesitaría hacer no menos de tres viajes en transporte publico!
El azoro, primero, luego disgusto por no tener la tarjeta, se vio pronto reemplazado por una sensación de calma. Tener que regresar una cuadra y tomar el elevador al departamento, volver a salir, me consumiría una buena parte del tiempo que tan cuidadosamente había calculado para tanto menester.
Pues bien, cancelaría la ida al sastre (después de todo, era lo menos urgente, y lo que llevaría más tiempo, pues sólo el trayecto en dos metros, una cuadra subterránea y otras tres en la superficie, duraba 40 minutos).
Decidí entonces, francamente aliviada, subir a dejar la bolsa con la ropa, recoger la tarjeta del metro, cerciorarme de tener la revista o el libro y mi libreta en mi bolsa, así como la botella de agua, el abanico (para el calor), el chal (para el frío del transporte público) y salir de nuevo, pero esta vez para ir no más lejos de Lincoln Center, el Barnes&Noble de la 66, y el EuroPan en Columbus Ave.
...
Thursday, June 10, 2010
Al atardecer
1
Hongos sin color,
blanda textura en el piso del bosque
hojas secas, tierra oscura
bajo la penumbra del follaje
el agua se encharca
solo un revoloteo mínimo delata vida
Alzo la vista
y vislumbro entre el encaje verde
una luz azul, dorada
Siento llegar la tarde
y en silencio
se diluye la ira
...
2
LO que va y viene
el oleaje
la luna en su órbita
la mano sobre el papel
dedos mecánicos,
mirada que los sigue
Objetos vagos
marcados por el uso
las puertas y ventanas de una casa
que es parte ya de nuestra piel
Creemos perder
lo que en verdad nunca hemos poseído
vagas certidumbres
deseos confusos
percepciones erróneas
que nos llevan...
Una mirada
una palabra
nos revela la náusea del vacío
la inutilidad del gesto.
3
CULTIVAR en la sombra del jardín
la locura
la amistad y su contrario
cultivar tenazmente la duda
buscar, y sin buscar, hallar
orprenderse y callar
Dejar la puerta abierta
observar
no ceder
a la provocación de la luz
Cultiva, digo
la soledad, el desamparo
imaginario o real
acostúmbrate
a hablar contigo mismo
y a guardar un silencio
como moneda
(los pensamientos te atosigarán
como avispas)
Te dolerá el corazón sin remedio
se vive solo.
4
SOŇAR nuestra muerte
no nos conduce a ella
Es posible que, en el sueño
sigilosamente la muerte nos atrape
y nos arrastre a su guarida
de la que nunca más saldremos
Simulacro de muerte
será el sueño
y sueño
la vida que vivimos.
5
UN sabor en la lengua: palabras deleitosas
Un aroma, una visión inefable
Un poema al dia.
Hongos sin color,
blanda textura en el piso del bosque
hojas secas, tierra oscura
bajo la penumbra del follaje
el agua se encharca
solo un revoloteo mínimo delata vida
Alzo la vista
y vislumbro entre el encaje verde
una luz azul, dorada
Siento llegar la tarde
y en silencio
se diluye la ira
...
2
LO que va y viene
el oleaje
la luna en su órbita
la mano sobre el papel
dedos mecánicos,
mirada que los sigue
Objetos vagos
marcados por el uso
las puertas y ventanas de una casa
que es parte ya de nuestra piel
Creemos perder
lo que en verdad nunca hemos poseído
vagas certidumbres
deseos confusos
percepciones erróneas
que nos llevan...
Una mirada
una palabra
nos revela la náusea del vacío
la inutilidad del gesto.
3
CULTIVAR en la sombra del jardín
la locura
la amistad y su contrario
cultivar tenazmente la duda
buscar, y sin buscar, hallar
orprenderse y callar
Dejar la puerta abierta
observar
no ceder
a la provocación de la luz
Cultiva, digo
la soledad, el desamparo
imaginario o real
acostúmbrate
a hablar contigo mismo
y a guardar un silencio
como moneda
(los pensamientos te atosigarán
como avispas)
Te dolerá el corazón sin remedio
se vive solo.
4
SOŇAR nuestra muerte
no nos conduce a ella
Es posible que, en el sueño
sigilosamente la muerte nos atrape
y nos arrastre a su guarida
de la que nunca más saldremos
Simulacro de muerte
será el sueño
y sueño
la vida que vivimos.
5
UN sabor en la lengua: palabras deleitosas
Un aroma, una visión inefable
Un poema al dia.
Sunday, March 1, 2009
Mujeres de palabra
¿ASEDIO A ROSARIO CASTELLANOS?
A partir de las enseñanzas de Virginia Woolf y de Simone de Beauvoir, la mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) asumió la responsabilidad, como escritora, de "ser de otro modo".
En los Estados Unidos se empezó a estudiar con mayor interés, admiración y respeto su obra que en el propio México. Y póstumamente, en lo que se ha querido hacer ver como un homenaje, algunos mexicanos han llegado a presentarla bajo una luz por demás desfavorable. Ella misma, creo yo, se habría quejado de este flaco servicio.
Me refiero concretamente a la publicación de dos libros: Rito de iniciación, contra la voluntad expresa de su autora (al respecto dijo en 1966, en “Una tentativa de autocrítica” (Juicios sumarios*, págs. 430 a 434): “A partir de Rito de iniciación, novela aún inconclusa, planteo una problemática diferente, y en consecuencia, ensayo un estilo del que aún no me siento completamente dueña”); y Declaración de fé, ambos por iniciativa de Eduardo Mejía, gran admirador suyo y a quien, según él mismo dice (ver más abajo, El Financiero), en 1987 Adolfo Castañón (...) encargó para el Fondo de Cultura Económica la compilación de las obras completas de la Castellanos.
Declaración de fe (Df), Reflexiones sobre la situación de la mujer en México (Alfaguara, México, 1977 -con otras diez ediciones simultáneas en España y América Latina) reúne cuatro ensayos: "La mujer en el mundo indígena", "La mujer en la época colonial", "La mujer en la época independiente" y "La mujer en la época actual", escritos por R. Castellanos -no se dice cuándo, ni dónde. El primero, sobre la mujer en la sociedad azteca, recuerda vagamente, en forma más extensa, uno publicado en El uso de la palabra (Up), selección de los artículos publicados por R. Castellanos en la página editorial de Excélsior y en el suplemento Diorama a lo largo de casi diez años (Ediciones de Excélsior, Crónicas, México, 1974, 313 págs.) Esta edición estuvo a cargo de José Emilio Pacheco y Danubio Torres Fierro, y el primero ya señalaba en la Advertencia (pág.5): "Para evitar duplicaciones y ofrecer una visión más amplia de lo que fue la literatura periodística de Rosario Castellanos, se decidió excluir los trabajos reunidos por su autora en Juicios sumarios, Mujer que sabe latín, así como las crónicas enviadas desde Israel en 1971 que otras personas han compilado íntegramente en un tomo de próxima aparición. El título del libro también pertenece a Rosario Castellanos."
El artículo incluido en este volumen: "Las indias caciques" (págs. 31 a 35), es reseña de un libro sobre la mujer en la sociedad prehispánica, de la historiadora Josefina Muriel, a quien R. Castellanos dedica palabras elogiosas. Es natural que nuestra autora, quien publicó, como lo señala J.E.Pacheco, un sinnúmero de artículos periodísticos, haya retomado sus temas más de una vez. Sor Juana era una figura que le interesaba mucho. Habla de ella dos veces en Juicios sumarios (Js) (Universidad veracruzana, México, 1966, 434 págs.): en los artículos titulados "Asedio a Sor Juana", y "Otra vez Sor Juana", en el que se refiere a la biografía escrita por Ludwig Pfandl ("Allí la tenemos", dice Castellanos, "diseccionada con los instrumentos del sicoanálisis gracias a la curiosidad germánica, y como germánica, concienzuda y grave...", pág. 29)
Nadie es perfecto... éste se coló en Up (un volumen de 434 páginas, no lo olvidemos, que no pretende sacar a la luz ningún texto inédito) fechado (cosa que no ocurre con los de la colección citada más arriba) el 26 de octubre de 1963. Mientras que "Asedio a Sor Juana" (Js, págs. 19 a 25) pasa a las páginas de Df, ocupando el último tercio de la sección titulada "La mujer en el mundo novohispano" (es de lamentar lo descuidado de esta edición, que, entre otras erratas, en el Indice anuncia la sección de marras como "La mujer en la época colonial"). Lo extraño de esta versión es que, a diferencia del artículo en Js , en que se transparenta el estilo único de nuestra autora, el publicado ahora presenta modificaciones que difícilmente se asocian con el original. Doy sólo algunos ejemplos:
"Versifica tan espontáneamente que ha de esforzarse por advertir que no es éste el modo común de hablar." (Js) "Piensa de modo tan espontáneo en verso que le cuesta mucho advertir que no es éste el modo de expresión." (Df)
"A los trece años es recibida (después de haber intentado, sin éxito, asistir a la Universidad)..." (Js) "A los trece años es recibida (después de haber luchado vanamente por ingresar en la Universidad)..." (Df)
"Sus actos, por originales, tenían que producir el malestar de la sorpresa, de lo que no cabe dentro de lo establecido /.../ Su peor enemigo, sin embargo, es ella misma. Su índole reflexiva es su talón de Aquiles. Se toma como objeto de meditación, se pone entre paréntesis para dilucidar si lo que constituye su personalidad es verdaderamente valioso." (Js)
"Sus actos por originales (sic) tenían que producir a los demás el malestar de la sorpresa, de lo que no cabe dentro de las formas /.../Ella misma, su índole reflexiva, es su talón de Aquiles. Y toma su yo como objeto de meditación, lo coloca entre paréntesis para examinar si realmente vale." (Df)
¿A qué obedecen las correcciones obvias, pero no para mejorar el texto? ¿Provienen de la propia autora? ¿Se trata más bien de una versión en borrador? ¿Ha sido una mano ajena la que ha buscado "mejorar" el texto, o, peor aún, hacerlo distinto del anteriormente publicado? E. Mejía habría hecho bien en ilustrarnos al respecto.
En su artículo de presentación de la novela: "Rito de iniciación, Rosario Castellanos y la antinovela que no quiso editar", aparecido en la sección cultural de El Financiero el 6 de mayo de 1997, Mejía defiende la decisión de publicarla y recuerda que un fragmento salvado de la supuesta destrucción del texto, fue "Album de familia", incluido entre los cuatro relatos que constituyen el volumen homónimo(Album de familia, Joaquín Mortiz, México, 1971, 154 págs.). No sé todavía hasta qué punto sea defendible esa tesis.
En una librería de Nueva York encuentro la bella edición de The Book of Lamentations (Marsilio Publishing, New York, 1996) que es como su traductora, Esther Allen, vertió el título difícil de Oficio de tinieblas. Recuerdo que un año antes de que apareciera esta edición, recibí una llamada de la sección de asuntos culturales del consulado de México, para preguntarme si yo podía sugerir una traducción para ese título. Me referí a la misa de difuntos, en el rito de la iglesia católica. Lo que sorprende mucho en esta edición es que no figure, precisamente, el título original.
Encuentro también: "A Rosario Castellanos Reader", una variada y abundante antología de textos en prosa y de poesía, compilada por Maureen Ahern, con traducciones de ella misma y varias otras (University of Texas Press, Austin, 1988), que incluye una útil y completa bibliografía en español.
Por decreto Núm…. del 27 de diciembre de... el Presidente de México... Echeverría declaró: "Que la ciudadana Rosario Castellanos fue auténtico exponente de la mujer mexicana de nuestro tiempo" (las cursivas son mías), para hacerle el honor de depositar sus restos mortales en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Creo sinceramente que Rosario Castellanos se habría sentido afrentada por el calificativo. Exponente, quizá, de la mujer mexicana de los años noventa. Ella fue precursora de la mujer intelectual de amplia cultura, que manejó con mano maestra todos los géneros y fue, como Sor Juana, su crítica más exigente.
Herederas suyas, conscientemente o no, en el puro hecho de plantear y desarrollar nuevos temas, de hacer la crítica de la historia y expresar un punto de vista diferente, las escritoras contemporáneas han creado ya un nuevo modo de decir.
…
REFLEXIONES SOBRE ESCRITORAS
Hasta 1960 la metáfora política no formaba parte conspicua de la narrativa femenina latinoamericana. Había, sí, una politización de los temas personales, considerados hasta entonces como "domésticos". Con sólo el hecho de tomar la pluma, la mujer en nuestro continente y en el resto del mundo, estaba haciendo ya una declaración política. Pero, en América latina, salvo contadas voces (la de Rosario Castellanos, por ejemplo, en su denuncia explícita de la explotación del indígena por el hombre blanco, de la mujer por el hombre y de la mujer indígena por el hombre y la mujer blancos), no se había dicho mucho para exponer el lado negativo de las "buenas conciencias".
En la narrativa española de la posguerra civil a la época contemporánea, se pasó del tono de denuncia y de dolor por la pérdida de toda una generación (Ana María matute, Carmen Laforet, Mercé Rodoreda), a uno de afirmación de la mujer como persona y como escritora: exploración psicológica, búsqueda de un lenguaje nuevo, tratamiento de temas ajenos a la experiencia del franquismo. De hecho, las narradoras peninsulares que empiezan a publicar a partir de 1970 apenas tocan el tema político: se exilian de la problemática nacional, o ya no la ven como tal; muchas van a vivir a otras partes de Europa, notablemente a Inglaterra. La mayoría de sus textos "se acercan más a la obra de las jóvenes /norte/americanas o inglesas..."
A la vuelta del "boom", que en cierto modo feminizó la literatura latinoamericana, liberándola de ataduras logocéntricas occidentales, con sus características de lucha por el poder y paternalismo, la narrativa de nuestro continente despertó a la realidad de las juntas militares y el terrorismo. Las escritoras respondieron nombrando esta nueva experiencia, con una voz madura, necesariamente nueva.
Herederas de Carpentier y de Cortázar, más que de Borges o de Vargas Llosa, las narradoras latinoamericanas que empiezan a publicar a fines de la década de 1960, tienen algo nuevo que decir: una verdad distinta, ego y exocéntrica a la vez, la manera en que la realidad del terror político repercute en sus vidas.
Elena Poniatowska, de México; Cristina Peri-Rossi, del Uruguay; Luisa Valenzuela, de la Argentina: voces que no podían pasar desapercibidas, por incómoda que fuera la verdad que estuvieran denunciando. Pero, desde ya hay que aclarar que no se trata en absoluto de una literatura puramente "testimonial". Por la toma de conciencia y la disponibilidad a formas nuevas, tanto por la experiencia de vida que revela, literatura explora meandros del lenguaje y no da por sentado ningún sentido preestablecido sino que, al igual que la realidad que tiene ante sí, desmentida a cada instante, pone en tela de juicio las premisas instauradas por una visión masculina y paternalista del mundo.
En "Cuarta versión", la narración más extensa de las que integran la colección Cambio de armas, Luisa Valenzuela relata la historia de la participación, gradual y como negándose al principio, de una mujer en un momento determinado de la vida política de ese "conflictuado" país (la Argentina, entre 1976 y 1984).
Por otro lado, casi desde Isabel Allende, no tanto en Casa de los espíritus como en Eva Luna, pasando por Angeles Mastretta, menos con Arráncame la vida que con Mujeres de ojos grandes, y Laura Esquivel, en Como agua para chocolate (no vale la pena mencionar la siguiente publicacion, acompanada de CD), las escritoras latinoamericanas nacidas entre 1945 y 1950, se han dedicado a hacer la apología de la mujer, en todos sus componentes: tanto la casera y dependiente, como la que trabaja y se lanza al mundo.
Hoy en día, la mayoría de las escritoras han pasado del modo confesional a la evocación del pasado nacional y mítico (Angeles Mastretta, Isabel Allende, Sandra Cisneros, Julia Alvarez.
Annie Ernaux, en Francia, describe la “pura pasión”, como antes Marie Cardinal se internaba en el tema del incesto; las inglesas se sienten más atraídas por la historia literaria, como la famosa A.S.Byatt. No se ve a mujeres en plan de EXPERIMENTAR, de explorar esas formas y esos mundos mentales que tanto interesaban, por ejemplo, a los novelistas ingleses de los años veinte, a los norteamericanos de los 40 y a los latinoamericanos de los 60. Se diría que, puesto que su conquista, no de la palabra, sino del oído público, data de fecha reciente, la escritora está por el momento más interesada en exponer sus temas, que en proponer nuevas fórmulas.
Como ha dicho Elena Poniatowska, gran admiradora de la Castellanos: “en nuestros días se ha desatado un interés por las mujeres del pasado, de las que antes ni se hablaba, y esto se traduce en el éxito de los relatos históricos".
...
A partir de las enseñanzas de Virginia Woolf y de Simone de Beauvoir, la mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) asumió la responsabilidad, como escritora, de "ser de otro modo".
En los Estados Unidos se empezó a estudiar con mayor interés, admiración y respeto su obra que en el propio México. Y póstumamente, en lo que se ha querido hacer ver como un homenaje, algunos mexicanos han llegado a presentarla bajo una luz por demás desfavorable. Ella misma, creo yo, se habría quejado de este flaco servicio.
Me refiero concretamente a la publicación de dos libros: Rito de iniciación, contra la voluntad expresa de su autora (al respecto dijo en 1966, en “Una tentativa de autocrítica” (Juicios sumarios*, págs. 430 a 434): “A partir de Rito de iniciación, novela aún inconclusa, planteo una problemática diferente, y en consecuencia, ensayo un estilo del que aún no me siento completamente dueña”); y Declaración de fé, ambos por iniciativa de Eduardo Mejía, gran admirador suyo y a quien, según él mismo dice (ver más abajo, El Financiero), en 1987 Adolfo Castañón (...) encargó para el Fondo de Cultura Económica la compilación de las obras completas de la Castellanos.
Declaración de fe (Df), Reflexiones sobre la situación de la mujer en México (Alfaguara, México, 1977 -con otras diez ediciones simultáneas en España y América Latina) reúne cuatro ensayos: "La mujer en el mundo indígena", "La mujer en la época colonial", "La mujer en la época independiente" y "La mujer en la época actual", escritos por R. Castellanos -no se dice cuándo, ni dónde. El primero, sobre la mujer en la sociedad azteca, recuerda vagamente, en forma más extensa, uno publicado en El uso de la palabra (Up), selección de los artículos publicados por R. Castellanos en la página editorial de Excélsior y en el suplemento Diorama a lo largo de casi diez años (Ediciones de Excélsior, Crónicas, México, 1974, 313 págs.) Esta edición estuvo a cargo de José Emilio Pacheco y Danubio Torres Fierro, y el primero ya señalaba en la Advertencia (pág.5): "Para evitar duplicaciones y ofrecer una visión más amplia de lo que fue la literatura periodística de Rosario Castellanos, se decidió excluir los trabajos reunidos por su autora en Juicios sumarios, Mujer que sabe latín, así como las crónicas enviadas desde Israel en 1971 que otras personas han compilado íntegramente en un tomo de próxima aparición. El título del libro también pertenece a Rosario Castellanos."
El artículo incluido en este volumen: "Las indias caciques" (págs. 31 a 35), es reseña de un libro sobre la mujer en la sociedad prehispánica, de la historiadora Josefina Muriel, a quien R. Castellanos dedica palabras elogiosas. Es natural que nuestra autora, quien publicó, como lo señala J.E.Pacheco, un sinnúmero de artículos periodísticos, haya retomado sus temas más de una vez. Sor Juana era una figura que le interesaba mucho. Habla de ella dos veces en Juicios sumarios (Js) (Universidad veracruzana, México, 1966, 434 págs.): en los artículos titulados "Asedio a Sor Juana", y "Otra vez Sor Juana", en el que se refiere a la biografía escrita por Ludwig Pfandl ("Allí la tenemos", dice Castellanos, "diseccionada con los instrumentos del sicoanálisis gracias a la curiosidad germánica, y como germánica, concienzuda y grave...", pág. 29)
Nadie es perfecto... éste se coló en Up (un volumen de 434 páginas, no lo olvidemos, que no pretende sacar a la luz ningún texto inédito) fechado (cosa que no ocurre con los de la colección citada más arriba) el 26 de octubre de 1963. Mientras que "Asedio a Sor Juana" (Js, págs. 19 a 25) pasa a las páginas de Df, ocupando el último tercio de la sección titulada "La mujer en el mundo novohispano" (es de lamentar lo descuidado de esta edición, que, entre otras erratas, en el Indice anuncia la sección de marras como "La mujer en la época colonial"). Lo extraño de esta versión es que, a diferencia del artículo en Js , en que se transparenta el estilo único de nuestra autora, el publicado ahora presenta modificaciones que difícilmente se asocian con el original. Doy sólo algunos ejemplos:
"Versifica tan espontáneamente que ha de esforzarse por advertir que no es éste el modo común de hablar." (Js) "Piensa de modo tan espontáneo en verso que le cuesta mucho advertir que no es éste el modo de expresión." (Df)
"A los trece años es recibida (después de haber intentado, sin éxito, asistir a la Universidad)..." (Js) "A los trece años es recibida (después de haber luchado vanamente por ingresar en la Universidad)..." (Df)
"Sus actos, por originales, tenían que producir el malestar de la sorpresa, de lo que no cabe dentro de lo establecido /.../ Su peor enemigo, sin embargo, es ella misma. Su índole reflexiva es su talón de Aquiles. Se toma como objeto de meditación, se pone entre paréntesis para dilucidar si lo que constituye su personalidad es verdaderamente valioso." (Js)
"Sus actos por originales (sic) tenían que producir a los demás el malestar de la sorpresa, de lo que no cabe dentro de las formas /.../Ella misma, su índole reflexiva, es su talón de Aquiles. Y toma su yo como objeto de meditación, lo coloca entre paréntesis para examinar si realmente vale." (Df)
¿A qué obedecen las correcciones obvias, pero no para mejorar el texto? ¿Provienen de la propia autora? ¿Se trata más bien de una versión en borrador? ¿Ha sido una mano ajena la que ha buscado "mejorar" el texto, o, peor aún, hacerlo distinto del anteriormente publicado? E. Mejía habría hecho bien en ilustrarnos al respecto.
En su artículo de presentación de la novela: "Rito de iniciación, Rosario Castellanos y la antinovela que no quiso editar", aparecido en la sección cultural de El Financiero el 6 de mayo de 1997, Mejía defiende la decisión de publicarla y recuerda que un fragmento salvado de la supuesta destrucción del texto, fue "Album de familia", incluido entre los cuatro relatos que constituyen el volumen homónimo(Album de familia, Joaquín Mortiz, México, 1971, 154 págs.). No sé todavía hasta qué punto sea defendible esa tesis.
En una librería de Nueva York encuentro la bella edición de The Book of Lamentations (Marsilio Publishing, New York, 1996) que es como su traductora, Esther Allen, vertió el título difícil de Oficio de tinieblas. Recuerdo que un año antes de que apareciera esta edición, recibí una llamada de la sección de asuntos culturales del consulado de México, para preguntarme si yo podía sugerir una traducción para ese título. Me referí a la misa de difuntos, en el rito de la iglesia católica. Lo que sorprende mucho en esta edición es que no figure, precisamente, el título original.
Encuentro también: "A Rosario Castellanos Reader", una variada y abundante antología de textos en prosa y de poesía, compilada por Maureen Ahern, con traducciones de ella misma y varias otras (University of Texas Press, Austin, 1988), que incluye una útil y completa bibliografía en español.
Por decreto Núm…. del 27 de diciembre de... el Presidente de México... Echeverría declaró: "Que la ciudadana Rosario Castellanos fue auténtico exponente de la mujer mexicana de nuestro tiempo" (las cursivas son mías), para hacerle el honor de depositar sus restos mortales en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Creo sinceramente que Rosario Castellanos se habría sentido afrentada por el calificativo. Exponente, quizá, de la mujer mexicana de los años noventa. Ella fue precursora de la mujer intelectual de amplia cultura, que manejó con mano maestra todos los géneros y fue, como Sor Juana, su crítica más exigente.
Herederas suyas, conscientemente o no, en el puro hecho de plantear y desarrollar nuevos temas, de hacer la crítica de la historia y expresar un punto de vista diferente, las escritoras contemporáneas han creado ya un nuevo modo de decir.
…
REFLEXIONES SOBRE ESCRITORAS
Hasta 1960 la metáfora política no formaba parte conspicua de la narrativa femenina latinoamericana. Había, sí, una politización de los temas personales, considerados hasta entonces como "domésticos". Con sólo el hecho de tomar la pluma, la mujer en nuestro continente y en el resto del mundo, estaba haciendo ya una declaración política. Pero, en América latina, salvo contadas voces (la de Rosario Castellanos, por ejemplo, en su denuncia explícita de la explotación del indígena por el hombre blanco, de la mujer por el hombre y de la mujer indígena por el hombre y la mujer blancos), no se había dicho mucho para exponer el lado negativo de las "buenas conciencias".
En la narrativa española de la posguerra civil a la época contemporánea, se pasó del tono de denuncia y de dolor por la pérdida de toda una generación (Ana María matute, Carmen Laforet, Mercé Rodoreda), a uno de afirmación de la mujer como persona y como escritora: exploración psicológica, búsqueda de un lenguaje nuevo, tratamiento de temas ajenos a la experiencia del franquismo. De hecho, las narradoras peninsulares que empiezan a publicar a partir de 1970 apenas tocan el tema político: se exilian de la problemática nacional, o ya no la ven como tal; muchas van a vivir a otras partes de Europa, notablemente a Inglaterra. La mayoría de sus textos "se acercan más a la obra de las jóvenes /norte/americanas o inglesas..."
A la vuelta del "boom", que en cierto modo feminizó la literatura latinoamericana, liberándola de ataduras logocéntricas occidentales, con sus características de lucha por el poder y paternalismo, la narrativa de nuestro continente despertó a la realidad de las juntas militares y el terrorismo. Las escritoras respondieron nombrando esta nueva experiencia, con una voz madura, necesariamente nueva.
Herederas de Carpentier y de Cortázar, más que de Borges o de Vargas Llosa, las narradoras latinoamericanas que empiezan a publicar a fines de la década de 1960, tienen algo nuevo que decir: una verdad distinta, ego y exocéntrica a la vez, la manera en que la realidad del terror político repercute en sus vidas.
Elena Poniatowska, de México; Cristina Peri-Rossi, del Uruguay; Luisa Valenzuela, de la Argentina: voces que no podían pasar desapercibidas, por incómoda que fuera la verdad que estuvieran denunciando. Pero, desde ya hay que aclarar que no se trata en absoluto de una literatura puramente "testimonial". Por la toma de conciencia y la disponibilidad a formas nuevas, tanto por la experiencia de vida que revela, literatura explora meandros del lenguaje y no da por sentado ningún sentido preestablecido sino que, al igual que la realidad que tiene ante sí, desmentida a cada instante, pone en tela de juicio las premisas instauradas por una visión masculina y paternalista del mundo.
En "Cuarta versión", la narración más extensa de las que integran la colección Cambio de armas, Luisa Valenzuela relata la historia de la participación, gradual y como negándose al principio, de una mujer en un momento determinado de la vida política de ese "conflictuado" país (la Argentina, entre 1976 y 1984).
Por otro lado, casi desde Isabel Allende, no tanto en Casa de los espíritus como en Eva Luna, pasando por Angeles Mastretta, menos con Arráncame la vida que con Mujeres de ojos grandes, y Laura Esquivel, en Como agua para chocolate (no vale la pena mencionar la siguiente publicacion, acompanada de CD), las escritoras latinoamericanas nacidas entre 1945 y 1950, se han dedicado a hacer la apología de la mujer, en todos sus componentes: tanto la casera y dependiente, como la que trabaja y se lanza al mundo.
Hoy en día, la mayoría de las escritoras han pasado del modo confesional a la evocación del pasado nacional y mítico (Angeles Mastretta, Isabel Allende, Sandra Cisneros, Julia Alvarez.
Annie Ernaux, en Francia, describe la “pura pasión”, como antes Marie Cardinal se internaba en el tema del incesto; las inglesas se sienten más atraídas por la historia literaria, como la famosa A.S.Byatt. No se ve a mujeres en plan de EXPERIMENTAR, de explorar esas formas y esos mundos mentales que tanto interesaban, por ejemplo, a los novelistas ingleses de los años veinte, a los norteamericanos de los 40 y a los latinoamericanos de los 60. Se diría que, puesto que su conquista, no de la palabra, sino del oído público, data de fecha reciente, la escritora está por el momento más interesada en exponer sus temas, que en proponer nuevas fórmulas.
Como ha dicho Elena Poniatowska, gran admiradora de la Castellanos: “en nuestros días se ha desatado un interés por las mujeres del pasado, de las que antes ni se hablaba, y esto se traduce en el éxito de los relatos históricos".
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Sunday, November 23, 2008
Poemas al vuelo
I
Hasta el álbum
de cubiertas negras, desprendidas -tiene al menos nuestra edad-
nos acercamos con tímida avidez
En blanco y negro
un registro de instantes olvidados:
opacas alegrías, rabias calladas
Varita mágica que inmoviliza
Mano invisible que clava mariposas
en un segundo
La sonrisa ingenua
o la mueca de precoz desencanto
Nos toma por sorpresa el encuentro
con una infancia ajena.
Instantáneo es el deseo
de quedar fijos para siempre
en el papel mate o lustroso.
De ser eternos cautivos de aquellos ojos
O de éstos. ------
II
-Allá tú...
Con un pie en el estribo:
lista para montar a Clavileño
Surcar el aire:
ojos cerrados, manos aferradas
a las riendas de seda
El corazón en un hilo.
Muerde el bocado
el bello corcel blanco.
Ir y venir
entre el ayer que abandonamos
y el hoy que se nos va
Desde lejos te dicen:
“Allá tú”.
-----------
...
Hasta el álbum
de cubiertas negras, desprendidas -tiene al menos nuestra edad-
nos acercamos con tímida avidez
En blanco y negro
un registro de instantes olvidados:
opacas alegrías, rabias calladas
Varita mágica que inmoviliza
Mano invisible que clava mariposas
en un segundo
La sonrisa ingenua
o la mueca de precoz desencanto
Nos toma por sorpresa el encuentro
con una infancia ajena.
Instantáneo es el deseo
de quedar fijos para siempre
en el papel mate o lustroso.
De ser eternos cautivos de aquellos ojos
O de éstos. ------
II
-Allá tú...
Con un pie en el estribo:
lista para montar a Clavileño
Surcar el aire:
ojos cerrados, manos aferradas
a las riendas de seda
El corazón en un hilo.
Muerde el bocado
el bello corcel blanco.
Ir y venir
entre el ayer que abandonamos
y el hoy que se nos va
Desde lejos te dicen:
“Allá tú”.
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