Saturday, February 25, 2012

Apuntes sobre un huracan

LLOVIO SOBRE MOJADO
2011

Agosto fue un mes particularmente lluvioso en la costa del Atlántico.
Tres de los cuatro fines de semana que Brian y yo, a veces con Alan y
Emily, pasamos fuera de la ciudad, en la montaña, nos llovió.
De modo que Irene, la tormenta tropical o huracán que llegó a visitar
dicha costa el último fin de semana del mes, encontró el l terreno ya
muy húmedo y elevado el nivel del agua en ríos y estanques de la
zona.

Cuando cancelé mi visita a mi amiga Pat en Willmington, Delaware (una
ciudad pequeña de un estado pequeñito, a dos horas y cuarto de NY en
autobús), menos por las advertencias sobre el huracán que por la
preocupación que advertí en ella cuando me llamó para preguntar si no
había cambiado de planes, nunca imaginé que, al decidir acompañar a
Brian en su viaje a los Catskills, donde nuestra amiga Catherine nos
había invitado, nuestro fin de semana sería doblemente excepcional.

Viajamos el viernes, encantados de la vida por el buen tiempo, y
llegamos a tiempo para ver los últimos preparativos de la cena que
nuestros amigos llevarían a la casa de otro matrimonio de
sicoterapeutas colegas de Catherine: costillas al horno, con arroz y
una mezcla de nabos y manzanas salteados y que, con lo que Amy
preparó (gazpacho de sandía y ensalada y pay de durazno), resultaría
pantagruélica y deliciosa.

Al regreso, cerca de la medianoche, todavía pudimos contemplar
extasiados un cielo negro , casi transparente, cuajado de estrellas y
planetas.
El sábado fue igualmente agradable: cielo despejado, y calor. Después
del desayuno pasamos al basurero municipal a tirar nuestros desechos,
y de ahí al mercado local, para comprar lechuga de hoja roja, elotes
tiernísimos, jitomates, la col alemana que descubrimos hace poco Brian
y yo…
Hacia las 7pm, como estaba previsto, el cielo terminó de cubrirse
completamente y empezó la lluvia, suave al principio, pero constante.
Cenamos, vimos una película (…). Cuando nos preparábamos para ir a
dormir, registramos que la lluvia seguía, con ráfagas intermitentes de
viento.
Todo el domingo siguió igual: lluvia incesante, ráfagas de viento de
vez en cuando. Nosotros, protegidos entre cuatro paredes con muchas
ventanas desde las cuales podíamos contemplar el paisaje: acá el
sendero por el que se llega a la casa, con los dos coches estacionados
a un lado del garaje. Allá, el estanque artificial, en el que caía a
borbotones el agua que bajaba de la montaña: en otro extremo, su
salida, igualmente ruidosa, hacia un canal por el que llega,
ultimadamente, al depósito de agua del condado. Del otro lado,
pasando los abetos, el macizo de hortensias silvestres, los helechos,
por detrás de la casa, el sendero que sube, y por el otro lado,
visible desde las ventanas de la sala y el comedor, el jardincito de
Catherine y Phil, con los nuevos geranios…

Alan llamó a la hora de la cena, y platicamos: todo estaba bien allá.
El regente de NY mandó cerrar todo el transporte público desde el
sábado en la tarde, para evitar accidentes. Como también los
aeropuertos habían cerrado, la ciudad debía ser un remanso de paz (con
visos de algo siniestro, como ocurrió el 11 de septiembre de hace diez
años, y en los días siguientes). Recibí e-mail de Ian: estaba en París
y volaría a NY hoy, lunes cuando ya se habían reabierto los
aeropuertos.

Comimos, platicamos, dormimos, vimos películas cómicas en videos que
Brian compró en una tienda de segunda mano (Sid Ceasar, Woody Allen),
preparamos la cena (Catherine y yo: un pan de calabacita; ella, salsa
de carne para el espagueti, ensalada. Phil abrió una botella de
espumante. Nos sentamos a cenar. Después, con el trozo de pan, helado
y crema, pasamos a la sala a ver la primera parte de una vieja serie
de la BBC con Michael Gambon: ¨The singing detective´, de Danny
Potter. Algo tétrica, con este detective que sufre de psoriasis
nerviosa…
Estábamos tratando de distraernos de las noticias alarmantes que desde
mediodía había encontrado Phil en Internet: Fleischmanns, la pequeña
población por la que entramos desde la carretera 28 para subir a la
casa, y Margaretville, la villa algo más grande a orillas del río
Delaware, ambas situadas en el valle al pie de los montes Catskills,
habían amanecido inundadas. En la pantalla vimos con azoro la calle
principal que tan bien conocemos, con sus pequeños negocios, inundada,
como inundado el estacionamiento delante del supermercado recién
renovado, y de la farmacia…
Estado de alerta, caminos cerrados. Una mujer muerta en un hotel que
fue golpeado por las aguas. En Fleischmanns, además de la población
estable, anglosajona, de varias generaciones, conviven en verano las
familias de judíos ortodoxos (Hasidim) que alquilan hoteles y centros
de reunión, y de mexicanos (de Guerrero, de Oaxaca) establecidos en
los últimos veinte años, y que han empezado a prosperar con sus
tiendas de abarrotes y restaurantes. En ¨Mi Lupita¨ el sábado, antes
de subir a la casa, habíamos comprado unos tamales de pollo y salsa
verde, no queriendo esperar los quince minutos que les llevaría
prepararnos las deliciosas quesadillas de flor de calabaza que
habíamos comido ahí, dos semanas atrás, Brian, Catherine y yo.

El pronóstico para el lunes, y el resto de la semana, soleado,
caluroso... No dejamos de tener ni agua ni electricidad.
En la ciudad de NY, al final, el impacto fue mínimo. No así en Long
Island, donde se supone que mi prima Barbara nos espera en su casa el
próximo sábado.—A decir, verdad, e independientemente de que ella
misma quiera cancelar, entre que es probable que Brian tenga que ir a
Deposit con Nico y Pete, a ver en qué estado quedó el terreno y la
cabaña, no tengo ganas de salir otra vez. Extraño a mi gatita!

El lunes, en efecto, entró por las ventanas de nuestra recámara,
azul y oro. La emoción de contemplar la paz reinante: los
árboles, el prado, el estanque con su ingreso de agua mucho menos
turbulento, chocaba con el sentimiento de pena por lo que había
ocurrido y estaba ocurriendo en los poblados del valle. Aquí, los
dueños privilegiados de casas de campo, con sus alacenas ,
refrigerador y cava rebosantes. Allá, los que vacacionaban por poco
dinero, con hijos y padres, y los dueños de pequeños negocios… Todos
sufriendo ahora.
Nos enteramos de que habían llegado helicópteros a ayudar en las
operaciones de rescate… y casi al mismo tiempo, que nos sería
imposible, a Brian y a mí, regresar hoy a la ciudad. Todos los
caminos en el condado de Delaware, donde nos encontramos, están
cerrados a vehículos que no sean esenciales…
Salimos a caminar por aquí cerca: dos árboles caídos, unas ramas rotas, no más.
Acercarnos al pueblo, no podemos en coche, por la prohibión, y a pie
sería pesado: siete millas en bajada, posible, pero el regreso, en
subida? De modo que, como si estuviéramos en una isla encantadora...

Yo, habiendo hablado ya con mis hijos y dos de mis amigasn, estoy
moderadamente tranquila. Estamos en buena casa, en buena compañía,
donde, antes de tres o cuatro días, no nos faltará nada.
Pero a Brian la inactividad, y sobre todo la imposibilidad de moverse,
lo pone tétrico. Yo aparte de mi netbook, me traje mi Kindle, mi
libreta, y unos pasteles al óleo, aunque no papel suficiente (siempre
puedo utilizar el de las bolsas de estraza…).

Por acá, me cuenta Catherine, se sintió mucho el impacto de Floyd,
hace diez años, y apenas en enero hubo inundaciones después de meses
de lluvia y nieve acumulada en la montaña.
Debería añadir aquí que esta parte del Estado de Nueva York no es
próspera, lleva incluso años de depresión económica, carece de los
recursos que han permitido a la ciudad misma salir bien librada…

Ahora (lunes, 6pm) sigue el sol brillante en un cielo donde son
visibles alguna nubes blancas, pero la temperatura ha bajado; se
siente más como en septiembre, después del fin de semana de Labor Day.
Por último: también esta mañana nos enteramos de que ´Irene´ había
subido hasta el estado de Vermont, causando estragos. Y naturalmente,
estamos sin acceso al NYTimes de papel (sin el cual Brian no puede
vivir).

Para terminar, básicamente estamos varados, y no sabemos todavía a
ciencia cierta cuándo podremos regresar a casa. Lo cual no deja de
ser, para mí, una experiencia completamente nueva.



Regresamos a la ciudad el martes, sanos y salvos.

Monday, May 16, 2011

Cine

BARAN, de Majid Majidi

-La aparición (o La conversión de Latif)
Subtítulos que podrían resultar apropiados para esta extraordinaria película del director iraní...

Aparición, en el sentido que los católicos le dan a la palabra, refiriéndose a la de la Virgen, ante la mirada de un alma inocente y por lo tanto digna de tal milagro.
Latif es un adolescente kurdo, bromista y pendenciero que hace el trabajo fácil en una obra de construcción en Teherán, donde la mayoría de los obreros son refugiados afganos indocumentados.

La aparición es la de una hermosa niña, de trece o quince años, detrás de una cortina de tela floreada, que despierta en este muchacho bueno pero rudo, que poco antes había tratado a un nuevo obrero, más pequeño que él, con brutalidad y ánimo de venganza, un sentimiento profundo y hasta ese momento desconocido, de piedad mezclado con deslumbramiento.

Baran, la niña, tiene que trabajar para sostener a su familia; realizar las más duras faenas, aun a riesgo de su vida, sin proferir queja ni pedir ayuda.
Latif la sigue, la espía, impotente, en ese mundo musulmán de separación radical entre hombres y mujeres que no están emparentados y no han sido presentados.

Latif se convierte al amor de Baran, a su adoración muda, en que la mirada lo dice todo.
-Barano soy- podría decir, como el Calisto enamorado de Melibea.
Pero, sin ser divinidad ni princesa, Baran es inalcanzable.

La inevitabilidad de la separación –sin que nunca haya habido unión, más que espiritual- es desgarradora, y al mismo tiempo absolutamente verosímil .

Majid Majidi enfrenta las escenas de la terrible vida de los albañiles afganos ilegales, en una Teherán desoladora, gris, inhabitable: el gran cubo pardo del edificio, rodeado de las imponentes y áridas montañas, y las de la terrible vida de las mujeres e hijas de esos obreros en las afueras de la ciudad, igualmente inhóspitas.
Si el cementerio es gris y rechazante, las aguas turbulentas y lodosas del río de donde las mujeres tienen que extraer piedras (¿para hacer el cemento?) son un peligro mortal para la que pierde pie.

Otra obra memorable entre las de este director magistral. En “Los colores del paraíso”, “El globo blanco”, “El espejo” aparecen también otros niños y jóvenes, en calidad de inocentes protagonistas milagrosos.
...

Saturday, May 14, 2011

Mystery

I wonder where our words take us
the spoken and unspoken
in bitter arguments, in love letters
in dreams

Do they carry us, on their wings
to far-away lands
where we are bound to wake up
bruised and ignorant

Or are we their masters
Us, the hawks that carry them
hanging from our talons
skinless words
bleeding
starlit words
...
I wonder where this blue day
will take me
my body and soul
all one chilled thing
I wonder
...

Domingo en el parque...

Primer domingo de mayo (y... Primero de mayo, celebrado en el resto del mundo occidental como Día del Trabajo, pero no aquí).

Pues, en respuesta a la pregunta de Alan: ¡disfruté el día a morir!!
Claro que no con playerita veraniega, sino un poco más abrigada (sudadera con caperuza y mi saco de lana de Tlaxcala); mochila con dos artículos sobre Ghandi (reseñas de una nueva biografia), cuaderno, y cámara Kodak desechable. Me fuí al parque junto al río, después de ver que había feria en Broadway.
...
Encontré, como esperaba, las nubes rosas y blancas de los cerezos, manzanos, duraznos y almendros en flor, en su apogeo; el parque lleno de gente: solitarios, parejas, familias (había una feria en el prado al lado del parquecito infantil).

Tomé fotos (las limité a seis*... pues ¡ya he tomado tantas, primavera tras primavera!; me hice tomar una, y seguí la caminata. Ciclistas, patinistas, etc. El sol, tibio tirando a cálido, el cielo azul, con nubecillas lejanas.

* a lo prehistórico: las haré imprimir, las copiaré en la compu, las mandaré por e-mail.

Entré a comer al cafe-restorán de la 79; no en el balcon del lado del río, pues habia larga cola esperando, sino en la parte de atrás, más tranquila, aunque, claro, menos linda. Hamburguesa vegetariana, copa de Pinot Grigio, agua con rebanada de limon...

Pensaba ir al Film Forum a ver una con Michelle Williams (la primera vez que la vi fue en "Brokeback Mountain"). Pero decidí regresar por el parque, en lugar de salir a la avenida; demasiado hermoso el día, ¡PRIMERO DE LA PRIMAVERA neoyorkina!

Entonces, la maravilla: por indicación de un pequeño grupo que estaba con la vista en alto, me enteré de que en un gran nido, muy arriba de un arbol, se encontraba un gavilán de cola roja . Una de las señoras me presto amablemente sus binoculares, y me informo: "Creo que tiene ahi dos polluelos; ojalá se logren; el padre murió la semana pasada, por comer una rata envenenada... lo supe por un blog..".
Y, en efecto, ahí estaba la gavilana, muy digna, oteando el horizonte.

(Dos semanas después regreso al parque: las dos cabecitas redondas, cubiertas de un vellón blanquecino, es lo unico visible en el nido).

Pues: todo un regalo al alcance de la mano y el pie, siendo que en dos salidas de fin de semana con Brian, a parques de Nueva Jersey, lo más que vimos fueron gansos canadienses, un cardenal y ¡un pajaro sargento!!!!

Ahora sí, ya medio agotada, decidí subir hacia Bway, y tomar un café, antes de volver a casa recorriendo la feria. (Desistí del cine después de bajar a la estación y darme cuenta de que NO traía mi pase con descuento de viejita!).

Con gusto encontré y compré tres cositas: dos para regalo y para mií un chal de lindo color ladrillo seudo-pashmina (a $5.oo, la etiqueta dice: seda 40%, pashmina 60%; sí , y yo soy Marilyn Monroe pero en moreno...).

Asi, pues, este domingo tan agradable. Estoy segura (al menos así lo espero) de que, tras esa caminata (94 a 79 y de regreso: dos millas?) dormiré como lirón.
Brian volvera de Wurtsboro a tiempo para que cenemos, y nos sentemos a ver la tele, a las 9pm no se que en Masterpice Theatre, y a las 10pm la continuación de la serie The Killing, copiado de una serie danesa que está bastante bien -en su género...
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Monday, November 22, 2010

Mi otra voz (Homenaje)

La alacena de la memoria
Aquellas abuelas, aquellos abuelos
Angélica Prieto Inzunza *

Un mundo es el que conocemos por los padres: lo que es estrictamente la casa paterna y lo que ellos nos muestran del universo. Otra cosa es la escuela; no sólo el edificio, claro, sino también los libros, los globos terráqueos... Finalmente, y quizá sea éste el espacio que más nostalgia nos produce a la distancia, está el hogar de los abuelos, el papá y la mamá grandes o como quiera que se les llame.
Sin duda, los niños más afortunados tienen dos abuelos y dos abuelas; pero para muchos, es ya una suerte contar con al menos una pareja de ellos.
Si viajamos en el tiempo a nuestra infancia, posiblemente descubriremos que la casa de los abuelos constituía en sí una vuelta al pasado. Mirando los retratos de familia dábamos un salto a la infancia de nuestros propios padres. Más emocionante aún era hurgar entre reliquias de otro siglo que nos hacían exclamar: “Cómo, tata! Tu también tuviste papá?’
Era maravilloso confundir al bisabuelo, retratado el día en que estrenó sus polainas, con uno de los tíos. Y una delicia era acariciar la pluma de avestruz que había llevado la abuela al baile en el que conoció al abuelo. Así como sopesar la bolsita de malla de plata, herencia de la bisabuela. Nos daban ganas de ser retratados en aquellas sillas de bejuco, ante fondos de cortinas de terciopelo oscuro con ribetes dorados.
Otras imágenes que me vuelven a la memoria son las de los viajes en tranvía. Partiendo de la esquina de Morelia y Durango, en la colonia Roma, nos encaminabamos hacia la avenida Cuauhtemoc a esperar el lentísimo Primavera –llamado así por su terminal tacubayense, en el jardincillo del mismo nombre. Si era de noche, disfrutabamos la espera contemplando extasiadas el anuncio luminoso de Cartablanca: la botella se inclina hacia la copa, de la cual, con infinidad de lucecitas blancas, se derrama, una y otra vez, la espuma. Cuando finalmente llagaba el Primavera, iluminado en su interior, detectábamos de inmediato su olor tipico: siempre había algun viejito fumando puro.
Para ir al circo Atayde, una vez al año, era preciso esperar ese tranvía con mucha anticipación; de lo contrario, corríamos el peligro de no alcanzar entradas. En ese caso, los abuelos sugerirían compensar el circo con una excursión, el domingo siguiente, a Xochimilco.
Otra diversión sencilla, de las ofrecidas por los abuelos, era la matineé dominical. Tres películas al hilo, ¡ y con muéganos!La guerra de los mundos, Veinte mil leguas de viaje submarino, Tarzán en la selva, o Las aventuras de Rob Roy, en el cine Morelia o el México.
En la epoca navideña, lo que no podía faltar era el recorrido por los alrededores de la Alameda y el Zócalo, para admirar la iluminación, pegar la cara a las vitrinas de los grandes almacenes, y llegar a retratarse con Santa Clos.
Conocimos la televisión gracias a esos abuelos, cuando se mudaron a la hermosa casa de la colonia Narvarte.
Los sábados por la tarde, despues de la comida se despedía mi mamá, quien iba a casa a descansar, antes de emperifollarse para salir con mi papá a algun nuevo club nocturno. Nosotros nos quedábamos viendo las películas de Sara García y Joaquín Pardave, María Félix y Jorge Negrete, Pedro Infante y Marga Lopez, Libertad Lamarque, Niní Marshall, de las cuales tardamos mucho en enterarnos que eran argentinas.
A eso de las seis dejábamos el lugar frente al aparato al abuelo Fidel y al tío Hector, quienes con sendas cervezas se disponían a gozar de la función de box, mientras nosotras nos poníamos a jugar a las cebollitas en la elegante escalera de marmol que subía a las recamaras. Ya nos habíamos cambiado de ropa, guardando los vestidos de pique rosa y los zapatitos blancos, para ponernos los overoles de pana y las alpargatas bordadas con lentejuelas por la abuela María Ester.
...
Algunos sábados en la noche los tíos tenían fiesta en la casa. Nos tocaba repartir aceitunas, quesitos y cacahuates entre los invitados, mientras varios de ellos bailaban el mambo o el chachachá o se lucían con el baile del pingüino.
Sobre la mesa del comedor la abuela iba colocando charolas con rebanadas de pan untadas de paté y adornadas con rajitas de pimiento morrón, sin que faltara el platón con natilla o las mitades de duraznos en almíbar.
La casa de los abuelos no solamente nos dejó aromas y sabores: pastel de carne, pollo frito, chongos zamoranos; también nos dio texturas: terciopelo, brocado viejo, el chenille de las colchas...
Nos perfumábamos con la lavanda de “Sanborn’s” de la abuela, y nos polveábamos la nariz con sus polvos de arroz. Aunque nos gustaba más, con dos pares de calcetines de los tíos en cada pie, patinar en el piso de madera recién encerada.
Nuestros cinco sentidos se sentían vivos: además del singular perfume a pino, musgo y heno del enorme Nacimiento al que nos acercábamos, maravilladas de saber que los propios abuelos lo habían decorado con infinita paciencia y bondad, estaba el sabor inolvidable del rompope que nos permitían probar en esa solemne ocasión, la transparencia brillante del dulcísimo acitrón en cubitos, el suave crujir del linóleo de la casa de tía Licha, la esponjosa cabellera azul de la tía Altagracia, los membrillos de la huerta de la tía Esperanza, el cariñoso acento madrileño del tío Ricardo –tías y tíos postizos, hechos nuestros no por lazos de sangre sino por los, a veces más fuertes, a pesar de todo, los del afecto.
Y me refiero también a la percepción infantil, a la mirada de niña que hacía un entretenimiento de contar todos loscoches rojos o verdes vistos desde el balcóon del diminuto departamento de la otra abuela, la paterna, en la esquina de Barcelona y Bucareli, después de que nos habia ofrecido la infaltable Chaparrita de naranja.
Se antojan inagotables los detalles que se recuerdan de aquella epoca. Todavia me parece estar viendo al abuelo que nos enseña a esmerilar un vidrio frotandolo con otro sobre el que ha colocado arenilla rojiza. Y, ¿no jugábamos mis hermanas y yo a la comidita, con tallos de alcatraces como copas elegantes que despues nos dejaban las palmas de las manos ardidas? Corriamos con la abuela, quien las calmaba con agua de rosas preparada ella misma...
........
* mi hermana, alma gemela, quien aquí rememora igual que yo.

Thursday, September 30, 2010

Viajes (vispera de)

Diario de una viajera ‘experimentada’ (¡!)

La adrenalina que produce mi cuerpo en vísperas de un viaje es lo que me permite ‘ponerme las pilas’ y dos días antes de la partida tener la confirmación del vuelo, la reservación del coche que me llevará al aeropuerto, y la maleta hecha y cerrada con candado.

El agotamiento ulterior, en esas últimas veinticuatro horas en que me siento más ‘allá que acá’, es lo que me lleva a olvidos y confusiones de mayor o menor monta.

Hoy, X, estaba con la bolsa lista para salir a las 10.10am: a) a sacar dinero del cajero, b) recoger mi Synthroid de la farmacia, c) dejar la tarjeta de la cámara digital en la Kodak, y d) partir rumbo al Lower East side a dejarle al sastre baratero mis pantalones beige y una de las batas que compré para Susi, para que los bastillara (asunto éste de no mucha urgencia puesto que, como ya he dicho, la maleta estaba hecha y cerrada y esos pantalones no pensaba llevarlos).
Salia del cajero cuando me percaté de que no llevaba en la mochila mi tarjeta de metro con descuento por edad. ¡Ni pensar en comprar una ‘normal’, cuando que necesitaría hacer no menos de tres viajes en transporte publico!

El azoro, primero, luego disgusto por no tener la tarjeta, se vio pronto reemplazado por una sensación de calma. Tener que regresar una cuadra y tomar el elevador al departamento, volver a salir, me consumiría una buena parte del tiempo que tan cuidadosamente había calculado para tanto menester.

Pues bien, cancelaría la ida al sastre (después de todo, era lo menos urgente, y lo que llevaría más tiempo, pues sólo el trayecto en dos metros, una cuadra subterránea y otras tres en la superficie, duraba 40 minutos).

Decidí entonces, francamente aliviada, subir a dejar la bolsa con la ropa, recoger la tarjeta del metro, cerciorarme de tener la revista o el libro y mi libreta en mi bolsa, así como la botella de agua, el abanico (para el calor), el chal (para el frío del transporte publico) y salir de nuevo, pero esta vez para ir no más lejos de Lincoln Center, el Barnes & Noble de las 66, y el Europan en Columbus Ave.
...

Thursday, June 10, 2010

Al atardecer

1

Hongos sin color,
blanda textura en el piso del bosque
hojas secas, tierra oscura
bajo la penumbra del follaje
el agua se encharca
solo un revoloteo mínimo delata vida

Alzo la vista
y vislumbro entre el encaje verde
una luz azul, dorada

Siento llegar la tarde
y en silencio
se diluye la ira

...
2

LO que va y viene
el oleaje
la luna en su órbita
la mano sobre el papel
dedos mecánicos,
mirada que los sigue

Objetos vagos
marcados por el uso
las puertas y ventanas de una casa
que es parte ya de nuestra piel

Creemos perder
lo que en verdad nunca hemos poseído
vagas certidumbres
deseos confusos
percepciones erróneas
que nos llevan...

Una mirada
una palabra
nos revela la náusea del vacío
la inutilidad del gesto.


3

CULTIVAR en la sombra del jardín
la locura
la amistad y su contrario
cultivar tenazmente la duda
buscar, y sin buscar, hallar
orprenderse y callar

Dejar la puerta abierta
observar
no ceder
a la provocación de la luz

Cultiva, digo
la soledad, el desamparo
imaginario o real
acostúmbrate
a hablar contigo mismo
y a guardar un silencio
como moneda
(los pensamientos te atosigarán
como avispas)

Te dolerá el corazón sin remedio
se vive solo.


4

SOŇAR nuestra muerte
no nos conduce a ella

Es posible que, en el sueño
sigilosamente la muerte nos atrape
y nos arrastre a su guarida
de la que nunca más saldremos

Simulacro de muerte
será el sueño
y sueño
la vida que vivimos.

5

UN sabor en la lengua: palabras deleitosas

Un aroma, una visión inefable

Un poema al dia.